miércoles, 3 de octubre de 2012

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO (B)


“…Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis;
de los que son como ellos es el reino de Dios…, el que no acepte
el reino de Dios como un niño, no entrará en él”.
DOMINGO 7 DE OCTUBRE
DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

1ª Lectura: Génesis 2,18-24
Salmo 127: “Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida”.
2ª Lectura: Hebreos 2,9-11

PALABRA DEL DÍA
Marcos 10,2-16
“En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús, para ponerlo a prueba: -¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer? Él les replicó: -¿Qué os ha mandado Moisés? Contestaron: -Moisés permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio. Jesús les dijo: -Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios “los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: -Si uno se divorcia de su mujer, y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio. Le acercaban niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: -Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos”.
 
 
REFLEXIÓN



Jesús, no vino a juzgar y a condenar, sino a salvar, y criticó duramente la actitud de aquellos que juzgaban a los otros con ligereza, incapaces de mirar a su propio interior; a aquellos que siempre veían la mota en el ojo ajeno y no veían, o no querían ver, la viga en el suyo.
            Somos muy dados a juzgar y a condenar, incapaces de escuchar las tremendas palabras del Maestro: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”.
            Por eso en este domingo os ofrezco esta reflexión de Javier García, en la portada de la Hoja Dominical EUCARISTÍA, correspondiente a este Domingo XXVII.
            “Nunca olvidaré el funeral de Alexandra, a quien no pude conocer personalmente. Había llegado desde Ucrania huyendo de los malos tratos de su pareja y en busca de una vida un poco más feliz. Aquí, con el paso del tiempo, conoció a un hombre que también huía y que, un día sí y otro también, encontraba refugio en el alcohol. Iniciaron una relación. Él dejó de beber. Quienes le conocían decían que era otra persona; tal era el cambio que se había producido en él. Dice el dicho que la alegría dura poco en casa del pobre, y esta vez llevaba razón. Un cáncer se llevó muy pronto a Alexandra. Nunca olvidaré su funeral. El cura que oficiaba andaba tan preocupado por la salvación de aquella mujer que una y otra vez repetía “si no se ha arrepentido de sus pecados en el último momento se habrá condenado”. El pecado era vivir una situación de pareja irregular. Adúltera.
            ¿Qué pecado?, me preguntaba entonces y me pregunto ahora. ¿Huir de una relación que se había vuelto insostenible?, ¿abandonar un trabajo en su país y lanzarse a una aventura laboral muy incierta en un país extranjero?, ¿querer a un hombre que no era su marido y ayudarle a salir del infierno del alcohol? ¿Enfermar y morir prácticamente sola, sin apenas haber podido disfrutar de la vida? Me repugna la imagen de un Dios que pudiera condenar a Alexandra. Me entristece un cristianismo que se atreva a condenar en nombre de Dios. Jesús nunca lo hizo.
            La sociedad está cambiando muy deprisa. Alexandra es un ejemplo de lo que está sucediendo: migraciones, emancipación de la mujer, pluralidad y mezcla cultural; y…, que no se olvide, casi siempre el olvido, cuando también la condena, de los pobres. Todo cambio genera novedad, pero también confusión y crisis. Las respuestas que nos sabíamos para responder a las preguntas del pasado ya no sirven para los nuevos interrogantes del presente. El orden establecido es cuestionado por la realidad cambiante; visiones que parecían explicarnos la realidad quedan superadas; valores que defendíamos como inamovibles son fuertemente cuestionados. También la fe, también la idea que nos hemos hecho del cristianismo, también el modo de ser Iglesia.
            Son muchos los cristianos que se sienten incómodos en la Iglesia. No es una afirmación gratuita. Tristemente es así. Hoy, Alexandra y el Evangelio me empujan a pensar en todos los divorciados que se han vuelto a casar, en todas aquellas personas que viven alguna situación “irregular”. Al mismo tiempo que Europa olvida progresivamente sus raíces cristianas, muchos cristianos y muchas cristianas se sienten incómodos en la Iglesia y se preguntan si están dentro, si son cristianos de “segunda” o si ya están fuera.
            ¿Qué hemos de hacer? ¿Quedarnos en la letra de la ley? ¿Responder con respuestas del pasado? Dios sigue vivo en el corazón de los hombres y mujeres de hoy, aunque ellos no lo sepan. Y nos habla y nos mira de ellos. Hemos de aprender a leer en sus vidas”.
ENTRA Y ORA EN TU INTERIOR
            Las mujeres y los niños eran, en aquella cultura, considerados ciudadanos de segunda división. No contaban. Jesús se rebela contra esa realidad discriminatoria y opresora. A los discípulos les cuesta comprender su postura. ¡Qué difícil nos es sustraernos a los valores de la cultura dominante y aceptar los valores del Reino! Siempre tenemos la tentación de utilizar a Dios para justificar el “status quo” que hemos creado, sea en las relaciones de pareja, sea en el resto de relaciones sociales. “Es la voluntad de Dios”, decimos o escuchamos. No. Es nuestra voluntad y nuestra ley.
            Jesús les decía, y nos dice hoy a sus discípulos, que hemos de hacernos como niños si queremos comprender el reino y entrar en él. Es haciéndonos pequeños como podemos aceptar la grandeza de Dios y de su amor; es aceptando nuestra debilidad como nos hacemos capaces de aceptar a los pobres y débiles; es viviendo en la humildad como seremos capaces de aceptar a Jesús que es manso y humilde; es viviendo en la igualdad radical como logramos convivir con los otros y crear fraternidad.
 
 
ORA EN TU INTERIOR
Jesús ha visto la intención de los fariseos de enredarle en la ley y su casuística. No entra en su juego. Les denuncia. En el caso que le proponen, la ley ha sido escrita y es utilizada al servicio de los intereses del más fuerte. “Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto” (Mc 2,5). Jesús les propone otro escenario, el de la voluntad de Dios: ¿qué es lo que Dios quiere? ¿Qué es lo que Dios quiso desde el principio?
            ¡Y qué diferencia tan grande entre la ley y la voluntad de Dios! Jesús nos abre los ojos para descubrir la voluntad de Dios más allá de la ley. Sale al paso de la parte más débil de la pareja, la mujer, a la cual no se le permitía el divorcio. Más aún, cualquier motivo podía ser utilizado por el varón para repudiarla. El Dios que crea al hombre y a la mujer nada tiene que ver con esta práctica machista (Mc 2,6). “Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer”. Es decir, iguales, con la misma dignidad.
ORACIÓN
·         Quiero tener presente, Señor, a todas las parejas de esposos que sufren por falta de entendimiento, por ausencia de mutua comprensión, por falta de respeto, de delicadeza.
·         Quiero tener presente, Señor, a los matrimonios que se han roto definitivamente y a los hijos que han vivido y viven el problema de la separación de sus padres.
·         Quiero tener presente, Señor, a toda la Iglesia. Ante sí tiene el reto de una nueva evangelización. Le pido al Espíritu que nos ayude a descubrir y a vivir con mayor autenticidad el evangelio y de este modo podamos ser luz y sal en medio de nuestro mundo.
·         Quiero tener presente, Señor, a nuestras comunidades cristianas, que sepamos ayudarnos mutuamente a crecer en la fe y en el seguimiento de Jesús.
·         Por último, Señor, quiero tener presente a toda la humanidad, a todos los pueblos de la tierra, a los organismos internacionales que trabajan al servicio de la convivencia mundial, el diálogo, la justicia y la paz.
 
 
           
 
           
 
 

           
 

 

           

 

 

 
 



jueves, 27 de septiembre de 2012

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO B

 

“…el que no está contra nosotros está a favor nuestro”

30 DE SEPTIEMBRE

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

1ª Lectura: Números 11,25-29

Salmo 18: “Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón”

2ª Lectura: Santiago 5,1-6

PALABRA DEL DÍA

Marcos 9,38-43.45.47-48

“En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús: -Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros. Jesús respondió: -No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Y, además, el que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa. El que escandalice a uno de estos pequeños que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al infierno, al fuego que no se apaga. Y, si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al infierno. Y, si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”.

 

REFLEXIÓN


La escena es sorprendente. Los discípulos se acercan a Jesús con un problema. Esta vez, el portador del grupo no es Pedro, sino Juan, uno de los dos hermanos que andan buscando los primeros puestos. Ahora pretende que el grupo de discípulos tenga la exclusiva de Jesús y el monopolio de su acción liberadora (Mc 9, 38-43. 45. 47-48).
Vienen preocupados. Un exorcista, no integrado en el grupo, está echando demonios en nombre de Jesús. Los discípulos no se alegran de que la gente quede curada y pueda iniciar una vida más humana. Solo piensan en el prestigio de su propio grupo. Por eso, han tratado de cortar de raíz su actuación. Esta es su única razón: «no es de los nuestros».
Los discípulos dan por supuesto que, para actuar en nombre de Jesús y con su fuerza curadora, es necesario ser miembro de su grupo. Nadie puede apelar a Jesús y trabajar por un mundo más humano, sin formar parte de la Iglesia. ¿Es realmente así? ¿Qué piensa Jesús?
Sus primeras palabras son rotundas: «No se lo impidáis». El Nombre de Jesús y su fuerza humanizadora son más importantes que el pequeño grupo de sus discípulos. Es bueno que la salvación que trae Jesús se extienda más allá de la Iglesia establecida y ayude a las gentes a vivir de manera más humana. Nadie ha de verla como una competencia desleal.
Jesús rompe toda tentación sectaria en sus seguidores. No ha constituido su grupo para controlar su salvación mesiánica. No es rabino de una escuela cerrada sino Profeta de una salvación abierta a todos. Su Iglesia ha de apoyar su Nombre allí donde es invocado para hacer el bien.
No quiere Jesús que entre sus seguidores se hable de los que son nuestros y de los que no lo son, los de dentro y los de fuera, los que pueden actuar en su nombre y los que no pueden hacerlo. Su modo de ver las cosas es diferente: «El que no está contra nosotros está a favor nuestro».
En la sociedad moderna hay muchos hombres y mujeres que trabajan por un mundo más justo y humano sin pertenecer a la Iglesia. Algunos ni son creyentes, pero están abriendo caminos al reino de Dios y su justicia. Son de los nuestros. Hemos de alegrarnos en vez de mirarlos con resentimiento. Los hemos de apoyar en vez de descalificar.
Es un error vivir en la Iglesia viendo en todas partes hostilidad y maldad, creyendo ingenuamente que solo nosotros somos portadores del Espíritu de Jesús. El no nos aprobaría. Nos invitaría a colaborar con alegría con todos los que viven de manera evangélica y se preocupan de los más pobres y necesitados.
José Antonio Pagola
 




 

ENTRA EN TU INTERIOR

            Las palabras más duras del evangelio que hemos proclamado hoy se dirigen contra el enemigo que llevamos dentro de nosotros mismos, y no contra el enemigo que buscamos para salvaguardar nuestros intereses y dominio. Jesús nos invita a desprendernos de todo aquello que está contra nosotros entre nuestras propias ideas y actitudes, una vez que hemos asumido que vale más confiar en Dios y en su proyecto universal que en las certezas e intereses propios.

            El Reino de Dios, precedido por sus signos frente al sufrimiento y al mal del mundo (echa demonios), instaura una nueva forma de relacionarse, que ya no pasa por el ejercicio soberbio de poder sino por la sencillez de la fe en las personas y en uno mismo: la amistad, en definitiva. Los extraños y distintos pueden ser entonces amigos; y uno mismo, muchas veces también desconocido para sí, ha de ser espacio de reconciliación y fidelidad personal.
 

ORA EN TU INTERIOR

            Señor, tu bendita obsesión es la expansión del Reino de Dios para que los hombres se salven. Por eso, cualquier ayuda que lo haga posible, es bienvenida. Por eso, el que favorezca a los que evangelizan tendrá su premio. Por eso, el que escandaliza a un pequeño, que tan bien acoge tu mensaje, lo  tiene difícil. Por eso, todo lo que me impida serte fiel, fuera de mí. Aunque me cueste sangre. Lo primer es antes.
 
 "El que escandalice a uno de estos pequeños que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar".

           

           


martes, 18 de septiembre de 2012

23 DE SEPTIEMBRE. DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

 

“Quien quiera ser el primero, que sea el último
 de todos y el servidor de todos...”

DOMINGO 23 DE SEPTIEMBRE
XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

1ª Lectura: Sabiduría 2,12.17-20
Salmo 53: “El Señor sostiene mi vida”
2ª Lectura: Santiago 3,16-4,3

PALABRA DEL DÍA
Marcos 9,30-37 
“En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no querían que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: -El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará. Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaúm, y, una vez en casa, les preguntó: -¿De qué discutíais por el camino? Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los doce y les dijo: -Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: -El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”.
REFLEXIÓN


            Por segunda vez, Jesús explica a sus discípulos cómo, de acuerdo con lo anunciado por los profetas, conforme leemos en la primera lectura del libro de la sabiduría, tiene que ser entregado en manos de los hombres y morir y resucitar al tercer día. Quiere salir al paso, de una vez, de las falsas expectativas mesiánicas que se habían ido creando interesadamente entre el pueblo y entre sus dirigentes, incluso entre sus discípulos.
            Los discípulos no prestan atención, no escuchan; ellos a lo suyo, a lo que les preocupa más que nada. Desde el principio han ido forjándose una idea demasiado interesada del futuro de Jesús y, viendo sus milagros y escuchando sus palabras y disfrutando de la general buena aceptación del pueblo, ya se veían compartiendo el éxito popular de Jesús. Lo que les importaba era su papel en el triunfo, sacar el mejor partido posible, ocupar los primeros puestos. Algunos parecían ya estar adjudicados como el de Pedro, pero quedaban muchos más. Y de eso discutían, distraídos, cuando Jesús los vuelve a la realidad con una pregunta: ¿de qué hablabais por el camino? Y se quedaron callados, avergonzados, sin saber qué decir. Pero Jesús sí que quiere aclarar las cosas: el que quiere ser el primero de todos, que sea el último de todos, el servidor de todos.
 
            Lo malo es que, dos mil años después, los nuevos discípulos de Jesús seguimos como los, primeros: sin enterarnos, sin tomar en serio el Evangelio, enfrascados en nuestras cosas, en nuestros intereses, en nuestras pequeñas guerras  y diferencias, en un discutible forcejeo por copar los primeros puestos, títulos, dignidades, prebendas. De nada sirve que Jesús recomiende acoger a los niños, o sea, los débiles; nosotros nos dedicamos a acoger y agasajar a los grandes, a los que mandan, a las altas jerarquías eclesiásticas, civiles, políticas y militares. Ellos representan a Dios. Pero Jesús ha dicho que Él está en los niños, en los débiles, en los que tienen hambre, en los pobres, en los enfermos.
ENTRA Y ORA EN TU INTERIOR
            Porque esa es la cuestión. Aceptar de una vez que mandar, reinar, gobernar, presidir, dirigir, trabajar… todo es servir. Vivir es servir, o sea, convivir, compartir, comunicar, consensuar, hacer todo y siempre con todos, entre todos, al servicio de todos, buscando el bien de todos, sin partidismos, sin nepotismos, sin discriminaciones, sin chantajes contra nadie, ni ventajas sobre los demás. Todos iguales, todos hermanos en Cristo que dio su vida para que tengamos vida y la tengamos sobrada y feliz.
 
ORACIÓN
A veces, Señor, la pequeñez de mi ser criatura me parece inadecuada e insuficiente para contener mis grandes deseos. Y hago de todo para acabar con aquellos a quienes advierto como límites a mi necesidad de expandirme, de “sentirme grande”: ser más que los otros, recibir más que los otros, contar más que los otros.
            Tú sales al encuentro de esta prepotente necesidad de sobresalir y me propones ponerla al servicio del amor, haciéndome el último de todos, el siervo de todos, el más pacífico, el más dócil, el más misericordioso, acogedor con todos.
            Envía de lo alto tu Espíritu de sabiduría, para que haga de mi vida una obra de paz.
            No me cansaré de repetir: “El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”.
 
 

           

           

           

 

 

viernes, 14 de septiembre de 2012

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

 
 

“El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga…”

16 DE SEPTIEMBRE

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

1ª Lectura: Isaías 50,5-9

Salmo 114: “Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida”.

2ª Lectura: Santiago 2,14-18

PALABRA DEL DÍA

Marcos 8,27-35

“En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus discípulos: -¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos le contestaron: -Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas. Él les preguntó: -Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro le contestó: -Tú eres el Mesías. Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: -El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días. Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: -¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios! Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: -El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el evangelio, la salvará”.

REFLEXIÓN

            Con el texto de hoy, termina la primera parte del evangelio de Marcos que revela la auténtica identidad de Jesús.

            Marcos ha tratado en esta primera parte, hacer que la respuesta a la pregunta fundamental sobre la identidad de Jesús, cuyo nombre se había hecho famoso (Mc. 6,14), emerja. Ahora es el mismo Jesús quien explicita la pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?”.

            La pregunta de Jesús es para cada uno de nosotros. Nos inquieta y nos cautiva. Nos exige y, al mismo tiempo, nos consuela. ¿Quién soy para ti?, ¿qué pinto en tu vida?, ¿qué piensas de mí?, es la pregunta de Jesús a los discípulos y la cuestión que nos dirige hoy a quienes escuchamos este evangelio. Una pregunta que va más allá de un parecer o una opinión. La pregunta de Jesús va al centro mismo de nuestro proyecto de vida. Es una pregunta que se responde con palabras, sentimientos, con obras, con todo el ser. Nuestra respuesta se da en la vida.

            Nosotros miramos la vida de Jesús y quedamos cautivados. Él no elude la dificultad, no esquiva los problemas, no huye de las situaciones complejas. Lo vemos con los enfermos, con los extranjeros, con los pecadores, con los niños y las mujeres, con todos…, a cada cual le da lo que necesita: salud, inserción, perdón. Quien se acerca queda transformado.

            Él lo da todo por los demás, aun a riesgo de su vida. A lo largo del evangelio vemos los conflictos que tiene Jesús con las autoridades políticas y religiosas, con aquellos que no entienden su quehacer e, incluso, con sus propios discípulos. No entienden cómo puede vivir tan entregado a los demás. El secreto es que Jesús confía, absolutamente, en Dios y, por tanto, se desvive totalmente por el prójimo.
 

           La pregunta definitiva es: ¿Qué quieres de mí?. Es la pregunta que le hacemos a Dios, con la certeza de que responde. La que puede orientar definitivamente nuestra vida y lanzarnos hacia el prójimo. La que nos invita a cargar con la cruz y seguir sus pasos. La que determina nuestro hoy y nuestro mañana. La que garantiza un sentido pleno a nuestra vida. La que nos hace miembros adultos de la familia de los cristianos, la Iglesia. La que nos hace ser testimonio suyo allí donde estemos. Hoy le podeos hacer esa pregunta… Estad atentos porque siempre responde.

 
ENTRA EN TU INTERIOR

            La misión de Jesús es anunciar el plan de salvación del Padre para todos. Proclamar la vida que procede de Dios, Inaugurar su reinado. Que todos conozcan a Dios y acepten su señorío. Que todos vivan desde el amor y la entrega. Que el perdón sea una realidad. Que la compasión sea habitual y todos tiendan la mano al prójimo. Evidentemente esto solo es posible desde la experiencia de sentirse amado, elegido y enviado por el mismo Dios.

            Los discípulos continúan su misión con la certeza de la cruz y la entrega. Los cristianos seguimos los pasos de Jesucristo y sabemos que encontraremos dificultades., como las encontró Él. Pero también sabemos que, tras sus pasos, encontraremos el sentido más pleno, el amor más sincero y la vida más entregada. Es la garantía que Él nos da.
 

ORA EN TU INTERIOR

            Perdóname, Señor Jesús: también hoy he tenido miedo del rechazo y de la burla. No he conseguido seguirte en tu camino y me he rebajado a pactos con los criterios que, en este mundo, permiten estar de la parte de los vencedores. Tú elegiste el amor y fuiste escarnecido, no te creyeron y, por último, te mataron. Nunca dejaste de amar ni de demostrar amor: lo que decías lo ponías en práctica. Fuiste un derrotado para las crónicas mundanas, pero en el silencio de una aurora de primavera, resucitaste de la muerte. El amor, nos dijiste, es la única salvación, y creer en ti derrota todo abuso, todo egoísmo tiránico.

            Perdóname, señor Jesús, cuando expreso mi fe sólo de palabra, cuando me refugio en el escondite del “así hacen todos”, en vez de saborear los espacios abiertos de tus caminos, a lo largo de los cuales se experimenta la alegría de dar la vida por los hermanos.

ORACIÓN

            Señor, ¿me preguntas quién eres tú para mí? Tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero; eres mi Señor y mi Dios, mi Maestro y mi único Amigo de verdad, en quien puedo descansar sin ningún temor. Quiero seguirte a donde quiera que vayas, negándome a mí mismo, cargando con mi cruz a tu lado; así, hasta que dé el abrazo definitivo que nos una para siempre al otro lado de esta vida.

           

 

 
 

jueves, 13 de septiembre de 2012

14 de Septiembre. FIESTA DE LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ


“Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto,

así tiene que ser elevado el Hijo del hombre…”

14 DE SEPTIEMBRE

FIESTA DE LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

1ª Lectura: Números 21,4-9

Salmo 77

PALABRA DEL DÍA

Juan 3,13-17

“Dijo Jesús a Nicodemo: Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”.

REFLEXIÓN

            El cristianismo es un mensaje de amor. ¿Por qué entonces exaltar la Cruz? Además la resurrección, más que la Cruz, da sentido a nuestra vida.

            Pero ahí está la Cruz, el escándalo de la Cruz, de san Pablo. Nosotros no hubiéramos introducido la Cruz. Pero los caminos de Dios son diferentes. Los apóstoles la rechazaban. Y nosotros también.

            La Cruz es fruto de la libertad y amor de Jesús. No era necesaria. Jesús la ha querido para mostrarnos su amor y su solidaridad con el sufrimiento y el dolor humanos. Para compartir nuestro sufrimiento y nuestro dolor y hacerlo redentor y salvífico.

            Él es la nueva serpiente levantada en el desierto de la vida de los hombres, para que cuando nos muerda las serpientes del odio, del rencor, de la desesperanza, del desánimo, de las dudas, miremos a esa serpiente levantada en lo alto del monte y quedemos curados y salvados.

            Jesús no ha venido a suprimir el sufrimiento: el sufrimiento seguirá presente entre nosotros. Tampoco ha venido para explicarlo: seguirá siendo un misterio. Ha venido para acompañarlo con su presencia. En presencia del dolor y muerte de Jesús, el santo, el Inocente, el Cordero de Dios, no podemos rebelarnos  ante nuestro sufrimiento ni ante el sufrimiento de los inocentes aunque siga siendo un tremendo misterio.

            Jesús, en plena juventud, es condenado y lo acepta para abrirnos el paraíso con la fuerza de su bondad: “en plenitud de vida y de sendero dio el paso hacia la muerte porque Él quiso. Mirad de par en par, el paraíso, abierto por la fuerza de un cordero” (Himno Litúrgico).

            En toda su vida Jesús no hizo más que bajar: en la Encarnación, en belén, en el destierro. Perseguido, humillado, condenado. Sólo sube para ir a la Cruz. Y en ella está elevado, como la serpiente en el desierto, para que le veamos mejor, para atraernos e infundirnos esperanza. Pues Jesús no nos salva desde fuera, como por arte de magia, sino compartiendo nuestros problemas. Jesús no está en la cruz para adoctrinarnos, con palabras, sino para compartir nuestro dolor solidariamente.

            Pero el discípulo no es de mejor condición que el maestro, dice Jesús. Y añade: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. Es fácil seguir a Jesús en Belén, en el Tabor. ¡Qué bien se está aquí, decía Pedro.        

            “No se va al cielo hoy ni de aquí a veinte años. Se va cuando se es pobre y se está crucificado” (León Bloy). “Sube a mi cruz. Yo no he bajado de ella todavía” (El Señor a san Juan de la Cruz). No tengamos miedo. La cruz es un signo más, enriquece, no es un signo menos. El sufrir pasa, el haber sufrido –la madurez adquirida en la escuela del dolor- no pasa jamás. La cruz son dos palos que se cruzan: si acomodamos nuestra voluntad a la de Dios, pesa menos. Si besamos la cruz de Jesús, besemos la nuestra, abracemos la nuestra.

            En la ambigüedad del dolor. El que no sufre, queda inmaduro. El que lo acepta, se santifica. El que lo rechaza, se amarga y se rebela.

ORACIÓN PERSONAL.