martes, 24 de septiembre de 2013

29 DE SEPTIEMBRE: XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (C)





“Si no escuchan a Moisés y a los profetas,
no harán caso ni aunque resucite un muerto
29 DE SEPTIEMBRE
XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO ©
1ª Lectura: Amós 6,1ª.4-7
Se acabará la orgía de los disolutos
Salmo 145
Alaba, alma mía, al Señor
2ª Lectura: 1 Timoteo 6,11-31
Guarda el mandamiento hasta la manifestación del Señor
PALABRA DEL DÍA
Lc 16,19-31
“En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.” Pero Abrahán le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentras aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.” El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evite que vengan también ellos a este lugar de tormento.” Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.” El rico contestó: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.” Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.”
Versión para América Latina extraída de la Biblia del Pueblo de Dios
“Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes.
A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro,
que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas.
El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado.
En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él.
Entonces exclamó: 'Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan'.
'Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento.
Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí'.
El rico contestó: 'Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre,
porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento'.
Abraham respondió: 'Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen'.
'No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán'.
Pero Abraham respondió: 'Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán'".
REFLEXIÓN
                Jesús contrapone la suerte desigual, entre el rico Epulón y el pobre Lázaro. Jesús desarrolla la parábola en tres escenas: situación de los dos en vida, cambio de escena después de su muerte y diálogo de Epulón con Abrahán. En las dos primeras escenas Jesús  contrasta las dos situaciones, felicidad de uno y pobreza extrema del otro; en la tercera escena está la enseñanza de la parábola.
                El desigual destino de Epulón y Lázaro no se debe sólo a su condición sociológica, sino, sobre todo, a sus actitudes personales. El rico no se condena por el mero hecho de serlo, sino porque no teme a Dios, y porque egoístamente se niega a compartir lo suyo con el pobre que muere de hambre a su puerta. Tampoco el pobre se salva exclusivamente por serlo, sino porque está abierto a Dios y espera la salvación de él, que hace justicia a los oprimidos.
A nuestro alrededor tenemos ancianos abandonados y solos, familias rotas que necesitan nuestra ayuda, marginados que necesitan una mano amiga. Si les cerramos las entrañas, ¿cómo creernos a bien con Dios? Los cristianos no podemos ser espectadores neutrales de la pobreza y miseria ajenas, porque “los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (GS 1).
Si no somos solidarios compartiendo nuestros bienes y dinero, tiempo y talentos, con los que son más pobres que nosotros, nuestras eucaristías no serán auténticas. Según venía a decir Pablo a los cristianos de Corinto (1 Cor 11,17s).
                Escuchar la Palabra de Dios, convertirnos a la ley de su Reino de justicia y amor, abandonar la falsa seguridad de los bienes materiales y compartir con los hermanos lo que tenemos son las consignas que se desprenden de la enseñanza de Jesús en esta parábola.
                Para un cristiano, que quiere vivir su fe con autenticidad, nadie le es indiferente, el cristiano auténtico es el que sabe llorar con el que llora, sufrir con el que sufre, es el que sabe hacer suyos los sufrimientos y las angustias de los demás, es el que sabe dar una palmada en el hombro, el que ofrece una sonrisa, el que tiene entrañas de misericordia.

 
ENTRA EN TU INTERIOR
NO IGNORAR AL QUE SUFRE
 El contraste entre los dos protagonistas de la parábola es trágico. El rico se viste de púrpura y de lino. Toda su vida es lujo y ostentación. Sólo piensa en «banquetear espléndidamente cada día». Este rico no tiene nombre pues no tiene identidad. No es nadie. Su vida vacía de compasión es un fracaso. No se puede vivir sólo para banquetear.
 Echado en el portal de su mansión yace un mendigo hambriento, cubierto de llagas. Nadie le ayuda. Sólo unos perros se le acercan a lamer sus heridas. No posee nada, pero tiene un nombre portador de esperanza. Se llama «Lázaro» o «Eliezer», que significa «Mi Dios es ayuda».
Su suerte cambia radicalmente en el momento de la muerte. El rico es enterrado, seguramente con toda solemnidad, pero es llevado al «Hades» o «reino de los muertos». También muere Lázaro. Nada se dice de rito funerario alguno, pero «los ángeles lo llevan al seno de Abrahán». Con imágenes populares de su tiempo, Jesús recuerda que Dios tiene la última palabra sobre ricos y pobres.
 Al rico no se le juzga por explotador. No se dice que es un impío alejado de la Alianza. Simplemente, ha disfrutado de su riqueza ignorando al pobre. Lo tenía allí mismo, pero no lo ha visto. Estaba en el portal de su mansión, pero no se ha acercado a él. Lo ha excluido de su vida. Su pecado es la indiferencia.
 Según los observadores, está creciendo en nuestra sociedad la apatía o falta de sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Evitamos de mil formas el contacto directo con las personas que sufren. Poco a poco, nos vamos haciendo cada vez más incapaces para percibir su aflicción.
 La presencia de un niño mendigo en nuestro camino nos molesta. El encuentro con un amigo, enfermo terminal, nos turba. No sabemos qué hacer ni qué decir. Es mejor tomar distancia. Volver cuanto antes a nuestras ocupaciones. No dejarnos afectar.
 Si el sufrimiento se produce lejos es más fácil. Hemos aprendido a reducir el hambre, la miseria o la enfermedad a datos, números y estadísticas que nos informan de la realidad sin apenas tocar nuestro corazón. También sabemos contemplar sufrimientos horribles en el televisor, pero, través de la pantalla, el sufrimiento siempre es más irreal y menos terrible. Cuando el sufrimiento afecta a alguien más próximo a nosotros, no esforzamos de mil maneras por anestesiar nuestro corazón.
 Quien sigue a Jesús se va haciendo más sensible al sufrimiento de quienes encuentra en su camino. Se acerca al necesitado y, si está en sus manos, trata de aliviar su situación.
 José Antonio Pagola
 
ORA EN TU INTERIOR
            Te alabamos, Señor, porque oyes el clamor del pobre, liberas al oprimido y sustentas al huérfano y a la viuda. Tú derribas del trono a los poderosos y enalteces a los humildes; al hambriento colmas de bienes y a los ricos los despide sin nada.
                Cuando nuestro corazón se cierra ignorando al pobre, al enfermo, al anciano, al que sufre, abre, Señor, nuestros ojos para que te veamos a ti en ellos; cuando el pobre, el enfermo, el anciano, el que sufre tiende su mano hacia nosotros, abre nuestro corazón al gozo de compartir lo nuestro.
                Bienes, tiempo… Para dar, porque hay más alegría en dar que en recibir, para acompañar, porque estuve enfermo y me visitaste, para denunciar proféticamente las injusticias que vemos a nuestro alrededor.
ORACIÓN FINAL
                Ayúdanos a romper la soga del egoísmo consumista y acaparador, liberándonos del afán de poseer, gastar y consumir, para que no nos habituemos nunca a las desigualdades ni nos cerremos a ti y a los hermanos.
                Haz que nos convirtamos radicalmente de la codicia, al amor que comparte, para que así podamos cambiar las estructuras injustas, que crean desigualdades  entre los hombres nuestros hermanos. Amén.
Expliquemos el Evangelio a los niños.
Imágenes proporcionadas por Catholic.net
 


martes, 17 de septiembre de 2013

22 DE SEPTIEMBRE: XXV DOMINGO ORDINARIO (C)




“No podéis servir a Dios y al dinero”

22 DE SEPTIEMBRE

XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO ©

1ª Lectura: Amós 8,4-7

Contra los que “compran por dinero” al pobre

Salmo 112: Alabad al Señor, que alza al pobre.

2ª Lectura: 1ª Timoteo 2,1-8

Que se hagan oraciones por todos los hombres a Dios,

Que quiere que todos los hombres se salven.

PALABRA DEL DÍA

Lucas 16,1-13

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: -¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido. El administrador se puso a echar sus cálculos: -¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar, me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa. Fue llamando uno a uno a los deudores de su amor, y dijo al primero: -¿Cuándo debes a mi amo? Este respondió: -Cien barriles de aceite. Él le dijo: -Aquí está tu recibo: aprisa, siéntate y escribe “cincuenta”. Luego dijo a otro: -Y tú, ¿cuánto debes? Él contestó: -Cien fanegas de trigo. Le dijo: -Aquí está tu recibo: escribe “ochenta”. Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. Y yo os digo: ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas. El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro quién os lo dará? Ningún siervo puede servir a dos amos: porque o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero”.

Versión para Latinoamérica, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Decía también a los discípulos: "Había un hombre rico que tenía un administrador, al cual acusaron de malgastar sus bienes.

Lo llamó y le dijo: '¿Qué es lo que me han contado de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no ocuparás más ese puesto'.

El administrador pensó entonces: '¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el cargo? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza.

¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar el puesto, haya quienes me reciban en su casa!'.

Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: '¿Cuánto debes a mi señor?'.

'Veinte barriles de aceite', le respondió. El administrador le dijo: 'Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez'.

Después preguntó a otro: 'Y tú, ¿cuánto debes?'. 'Cuatrocientos quintales de trigo', le respondió. El administrador le dijo: 'Toma tu recibo y anota trescientos'.

Y el señor alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente. Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz.

Pero yo les digo: Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas.

El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho.

Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien?

Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes?

Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero".

REFLEXIÓN

El evangelista Lucas no parece cansarse cuando una y otra vez vuelve al tema de  las riquezas, ese obstáculo que el creyente debe saber sortear si pretende entrar en el Reino de Dios.

            Pero hoy nos sorprende con una parábola cuyo injusto y astuto protagonista es presentado por Jesús como modelo digno de imitarse para los asuntos del Reino.

            Hoy, es conveniente que comencemos por la frase final, verdadera clave de todos los textos relacionados con el Reino y las riquezas: “No podéis servir a Dios y al dinero”.

            Si nadie puede tener dos amos al mismo tiempo porque terminará por cumplir con uno solo o no cumplir con ninguno, solo queda, por tanto, elegir entre uno y otro: o el Reino de Dios y su justicia, o el reino del dinero y sus injusticias.

            Jesús, que penetra lo más íntimo del corazón del hombre, sabe que su corazón está llamado a amar y entregarse; y siempre amará algo o a alguien, siempre buscará en el encuentro con las cosas o las personas esa corriente de dar y recibir, de vaciarse y de llenarse.

            Mirad, hermanas y hermanos, la vida del cristiano se mueve entre el esfuerzo y la esperanza. Por eso la liturgia de estos domingos ordinarios nos va dando una de cal y otra de arena.

            Si el pasado domingo nos habló del corazón grande de Dios con las tres parábolas de la misericordia. Éste vuelve a ponernos alerta contra el peligro de las riquezas.

            ¿Por qué esta insistencia?. Durante mucho tiempo, parece que el único pecado que ha interesado ha sido el relacionado con el sexto mandamiento. La experiencia de muchos años de confesionario así me lo ha hecho ver, el pecado contra el sexto mandamiento siempre está presente, sin embargo nadie se confiesa de su actitud ante el dinero, nadie se confiesa por tener una empleada de hogar inmigrante y no pagarle lo justo.

            Jesús trató los pecados contra el sexto mandamiento con tacto y con clemencia. Pensemos, por ejemplo, en el caso de la mujer pecadora. Nadie se atrevió a tirarle la primera piedra.

            En cambio, el gran pecado para Jesús era el apego a las riquezas, que corrompen y envilece.

            Las riquezas, sin ser malas en sí, constituyen un serio peligro para vivir el ideal evangélico cuando se pone el corazón en ellas y exclusivamente en ellas sin pensar en el mal que puede generar. ¿Piensan los que trafican con drogas en el mal que hacen? ¿En las familias y las vidas que destrozan?. No, solo en la cantidad de dinero que ganan a costa de la tragedia de muchos.

            Y este pecado no era algo nuevo para Jesús, recordemos la primera lectura tomada hoy de la profecía de Amós situada ochocientos años antes del nacimiento de Jesús:

            “Escuchad esto los que exprimís al pobre, despojáis a los miserables, diciendo: ¿Cuándo pasará la luna nueva para vender el trigo, y el sábado para ofrecer el grano? Disminuís la medida, aumentáis el precio, usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo”.

            La primera parte de este texto de Amós es la acusación dura contra estos avaros. La segunda, el último versículo, es un juramento de Dios contra ellos: “Jura el Señor por la gloria de Jacob que no olvidará vuestras acciones.”

            ¿Por qué será que parece que este texto se escribiera ayer?

            Para entender la parábola que hoy Jesús nos propone, hay que saber que, en aquellos tiempos, los administradores no necesariamente cobraban su salario directamente del amo, sino de los deudores. Una parte del importe de la deuda pasaba al administrador en concepto de sueldo por su gestión. Aquel administrador ha recibido una orden de despido y se ve en la calle. La única forma de asegurar su futuro es renunciando a lo que los deudores tenían que pagarle. Se gana amigos renunciando a sus ingresos. Esta es la lección de la parábola. Del administrador se alaba y resalta su capacidad previsora de ganarse amigos con el dinero propio.

            Y, a continuación, Jesús nos dice: “Ganaos amigos con el dinero injusto”. El dinero injusto es todo el dinero. Si el mundo es de Dios y ha puesto riquezas en él para todos sus hijos, toda abundancia a costa de la pobreza de tantos hace injusto todo dinero. No dice Jesús que renunciemos al dinero, sino que demos prioridad a Dios sobre el dinero, porque el amigo que tenemos que ganar es Dios.

            Lo mismo que el administrador astuto de la parábola devolvió a los deudores parte de los intereses abusivos perdonándoles lo suyo, así también se debe devolver a las víctimas de una injusta  situación social, que hace radicalmente injusto el dinero, parte de lo que se ha acaparado.

            Hermanas y hermanos, no hay culto válido sin solidaridad con el necesitado, lo mismo que no hay eucaristía sin caridad.

            Los cristianos debemos ponernos junto a las esperanzas y angustias de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, particularmente de los pobres. Nada de lo auténticamente humano debe dejarnos indiferentes.

            Todos tenemos a nuestro lado o encontramos a nuestro paso alguien que es más pobre que nosotros: familias humildes que pasan apuros, gente sin trabajo, enfermos y ancianos abandonados, marginados que necesitan una mano amiga.

            El cristiano, hermanas y hermanos, es el que siente como suyas las alegrías, las tristezas, los sufrimientos, los dolores de los demás.

            El cristiano es el que sabe llorar con el que llora, reír con el que ríe, sufrir con el que sufre.

            Por eso, poner el corazón en Dios y no en el dinero, es compartir con los demás, y eso no sólo como un gesto solidario, sino también como expresión del amor fraterno que, como gracia y favor de Dios, se ha recibido. Es una forma de manifestar la gratitud a Dios, que nos ha dado los bienes de este mundo y la gracia de tener el corazón abierto al amor de los demás.

            El amor fraterno, en sentir más alegría en dar que en recibir, es la señal luminosa del amor de Dios. Si con Dios se vive, con su amor se ama, se sirve y se comparte con los demás.

ENTRA EN TU INTERIOR

DINERO

 La sociedad que conoció Jesús era muy diferente a la nuestra. Sólo las familias poderosas de Jerusalén y los grandes terratenientes de Tiberíades podían acumular monedas de oro y plata. Los campesinos apenas podían hacerse con alguna moneda de bronce o cobre, de escaso valor. Muchos vivían sin dinero, intercambiándose productos en un régimen de pura subsistencia.

 En esta sociedad, Jesús habla del dinero con una frecuencia sorprendente. Sin tierras ni trabajo fijo, su vida itinerante de Profeta dedicado a la causa de Dios le permite hablar con total libertad. Por otra parte, su amor a los pobres y su pasión por la justicia de Dios lo urgen a defender siempre a los más excluidos.

 Habla del dinero con un lenguaje muy personal. Lo llama espontáneamente «dinero injusto» o «riquezas injustas». Al parecer, no conoce "dinero limpio". La riqueza de aquellos poderosos es injusta porque ha sido amasada de manera injusta y porque la disfrutan sin compartirla con los pobres y hambrientos.

 ¿Qué pueden hacer quienes poseen estas riquezas injustas? Lucas ha conservado unas palabras curiosas de Jesús. Aunque la frase puede resultar algo oscura por su concisión, su contenido no ha de caer en el olvido. «Yo os digo: Ganaos amigos con el dinero injusto para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas».

Jesús viene a decir así a los ricos: "Emplead vuestra riqueza injusta en ayudar a los pobres; ganaos su amistad compartiendo con ellos vuestros bienes. Ellos serán vuestros amigos y, cuando en la hora de la muerte el dinero no os sirva ya de nada, ellos os acogerán en la casa del Padre". Dicho con otras palabras: la mejor forma de "blanquear" el dinero injusto ante Dios es compartirlo con sus hijos más pobres.

 Sus palabras no fueron bien acogidas. Lucas nos dice que «estaban oyendo estas cosas unos fariseos, amantes de las riquezas, y se burlaban de él». No entienden el mensaje de Jesús. No les interesa oírle hablar de dinero. A ellos sólo les preocupa conocer y cumplir fielmente la ley. La riqueza la consideran como un signo de que Dios bendice su vida.

 Aunque venga reforzada por una larga tradición bíblica, esta visión de la riqueza como signo de bendición no es evangélica. Hay que decirlo en voz alta porque hay personas ricas que de manera casi espontánea  piensan que su éxito económico y su prosperidad es el mejor signo de que Dios aprueba su vida.

 Un seguidor de Jesús no puede hacer cualquier cosa con el dinero: hay un modo de ganar dinero, de gastarlo y de disfrutarlo que es injusto pues olvida a los más pobres.

 José Antonio Pagola


ORA EN TU INTERIOR


 
           Señor, necesito cambiar, necesito me concedas el don de la conversión, tengo que dejar los apegos a las cosas materiales, el afán de tener y tener.

            Hazme dócil a tu palabra liberadora y haz que cambie el valor de atesorar por el valor de compartir bienes, tiempo y talentos con mis hermanas y mis hermanos más necesitados.

            Revélame la presencia de tu reino, la gratuidad de la acción de Dios en mí y hazme ir descubriendo lo que tú quieres de mí.

ORACIÓN

            Ven Señor, en ayuda de tus hijos; derrama tu bondad inagotable sobre los que te suplican, y renueva y protege la obra de tus manos a favor de los que te alaban como creador y como guía.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes proporcionadas por Catholic.net




 

 

           

martes, 10 de septiembre de 2013

15 DE SEPTIEMBRE: XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (C)




“Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte”

 

15 DE SEPTIEMBRE

 

XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO ©

Primera Lectura: Éxodo 32,7-11.13-14

Salmo 50: Me pondré en camino a donde está mi padre.

2ª Lectura: Primera carta de Pablo a Timoteo 1,12-17

 
PALABRA DEL DÍA 

Lucas 15,1-32

“En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: “Ese acoge a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo esta parábola: -Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y. cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido”. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a sus amigas y a las vecinas para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido“. Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte. Jesús, dijo también: Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El Padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo hubo gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de saciarse de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Se puso en camino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio  y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”.


Versión para América Latina extraída de la Biblia del Pueblo de Dios


“Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo.
Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: "Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos".
Jesús les dijo entonces esta parábola:
"Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla?
Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría,
y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: "Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido".
Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse".
Y les dijo también: "Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla?
Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: "Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido".
Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte".
Jesús dijo también: "Un hombre tenía dos hijos.
El menor de ellos dijo a su padre: 'Padre, dame la parte de herencia que me corresponde'. Y el padre les repartió sus bienes.
Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.
Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones.
Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos.
El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.
Entonces recapacitó y dijo: '¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!
Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti;
ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros'.
Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.
El joven le dijo: 'Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo'.
Pero el padre dijo a sus servidores: 'Traigan en seguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies.
Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos,
porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado'. Y comenzó la fiesta.
El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza.
Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó que significaba eso.
El le respondió: 'Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo'.
El se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara,
pero el le respondió: 'Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos.
¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!'.
Pero el padre le dijo: 'Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.
Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”.


REFLEXIÓN

 
            Con esta introducción, Lucas nos sitúa en el contexto de todo este capítulo 15 que comenzamos hoy. Jesús escandaliza a la gente piadosa, solamente por manifestar en sus actos y palabras a un Dios que se complace en estar con los pecadores y gente de mala reputación, porque no tienen necesidad de médicos los sanos sino los enfermos.

            Es el gran escándalo del Reino de Dios, y también su gran secreto; es una auténtica revolución en la mentalidad religiosa de ayer y de hoy; aquí está la gran señal para distinguir entre una religión farisaica, hipócrita y mercantilista de otra religión menos vistosa y puritana, pero más profundamente humana y mejor reveladora de lo divino.

            Para que todos entremos en este misterio del Reino de Dios, aceptándolo o escandalizándonos, Jesús nos revela el misericordioso rostro de Dios a través de tres maravillosas parábolas que de una manera o de otra, expresan el mismo mensaje.

            Las dos primeras parábolas expresan una fina ironía dirigida a los fariseos y maestros de la ley. Los que se consideraban justos, pero que no eran tales, por eso no sienten la necesidad de cambiar de vida. Y porque no conocen la conversión, tampoco pueden conocer el más maravilloso aspecto de Dios: su gozo y su alegría:

            “Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”.

            Este es el nuevo mensaje: Dios se alegra por la conversión del hombre. El cambio de vida se hace gozo en el cielo y en la tierra.

            Este mensaje central se desarrolla con detalle en la más famosa parábola del evangelista Lucas, la llamada parábola del hijo pródigo, pero que en realidad, deberíamos titular “del Padre misericordioso”.

            Jesús nos presenta una típica familia de campo; todos trabajan para lo mismo, ya que la tierra es el patrimonio familiar, por lo que es un pecado grave pretender dividirla o enajenarla. Sin embargo para aquel padre lo importante no era todo eso, sino la relación con sus hijos. Respeta su libertad, sabe callar y esperar.

            Ante la petición del hijo menor, accede, pues sabe que su hijo ya no es un niño; quiere ahora hacer su vida; el padre lo comprende, no sin gran dolor.

            Él conoce a fondo el corazón de su hijo; sabe de su debilidad, pero también de las posibilidades que hay en él. Sabe que tiene que hacerse hombre en la escuela de la vida, sabe que tiene que aprender a caerse y a levantarse, que tiene que aprender de sus errores, y acepta el derroche de sus bienes a cambio de la madurez de su hijo.

            Así ve Jesús a Dios, el Padre por excelencia. No impone su voluntad ni mendiga el cariño de nadie. Es un Dios que cree en el amor, y que el amor es más fuerte que el pecado más tremendo. Cree que el amor puede transformar al hombre, por eso espera. Es un amor que se adelanta a todo gesto de arrepentimiento; un amor que hace vivir al pecador.

            El nuestro es un Dios que no tiene más ley que el amor ni más justicia que el perdón. Un Dios que no castiga ni aplasta, sino que espera en silencio el proceso de liberación interior de cada hombre: Un duro y doloroso proceso hacia la luz.

            Otro concepto que se clarifica mucho desde esta parábola es el pecado. El pecado aparece como una decisión personal, como algo que define a uno mismo.

            El hijo menor quiso hacer su vida y tener un nombre e identidad propios. Acostumbrado al solícito amor protector del padre, creyó que la vida era cosa fácil. Nunca había reparado en el sacrificio que le había costado al padre levantar su casa y su hacienda; por eso no le dio importancia y se marchó.

            Por tanto, el pecado aparece como la fuga de la condición humana, como un evadirse de la responsabilidad de todos los días, como un negarse a construir algo en un proceso lento y un tanto duro. El pecado es el camino ancho y fácil, pero que no lleva a la vida.

            Y el pecado llega, llama y golpea a la puerta con fuerza. Y así el hijo menor parte de la casa, abandona el hogar y da la espalda al padre y a toda su familia. El pecado es incomprensible si antes no comprendemos que formamos parte de una comunidad, la familia de los hombres. Y el pecado nos vuelve contra la comunidad.

            Por eso pecar no es un simple asunto personal, porque atenta al bien de todo. Así, quien odia deja de aportar amor, quien miente, deja de aportar verdad, quien avasalla y aplasta al otro, deja de aportar libertad.

            Y por primera vez en su vida comprende que ha perdido su dignidad de hombre y de hijo y comienza a envidiar las algarrobas que comían los cerdos.

            Sin embargo esto es lo maravilloso de la vida, esa amarga y humillante experiencia puede ser el punto de partida de un nuevo y largo camino: la conversión. En el fondo de uno mismo hay una fuerza irresistible, una llama que nunca se apaga, una fuerza que no viene de nosotros.

            La parábola describe tres momentos en la conversión del hombre:

  • Recapacitar.
  • Ponerse en camino.
  • Volver al Padre.

            Y después el momento crítico levantarse y partir.


ENTRA EN TU INTERIOR

EL GESTO MÁS ESCANDALOSO

 
El gesto más provocativo y escandaloso de Jesús fue, sin duda, su forma de acoger con simpatía especial a pecadoras y pecadores, excluidos por los dirigentes religiosos y marcados socialmente por su conducta al margen de la Ley. Lo que más irritaba era su costumbre de comer amistosamente con ellos.

De ordinario, olvidamos que Jesús creó una situación sorprendente en la sociedad de su tiempo. Los pecadores no huyen de él. Al contrario, se sienten atraídos por su persona y su mensaje. Lucas nos dice que “los pecadores y publicanos solían acercarse a Jesús para escucharle”. Al parecer, encuentran en él una acogida y comprensión que no encuentran en ninguna otra parte.

Mientras tanto, los sectores fariseos y los doctores de la Ley, los hombres de mayor prestigio moral y religioso ante el pueblo, solo saben criticar escandalizados el comportamiento de Jesús: “Ese acoge a los pecadores y come con ellos”. ¿Cómo puede un hombre de Dios comer en la misma mesa con aquella gente pecadora e indeseable?

Jesús nunca hizo caso de sus críticas. Sabía que Dios no es el Juez severo y riguroso del que hablaban con tanta seguridad aquellos maestros que ocupaban los primeros asientos en las sinagogas. El conoce bien el corazón del Padre. Dios entiende a los pecadores; ofrece su perdón a todos; no excluye a nadie; lo perdona todo. Nadie ha de oscurecer y desfigurar su perdón insondable y gratuito.

Por eso, Jesús les ofrece su comprensión y su amistad. Aquellas prostitutas y recaudadores han de sentirse acogidos por Dios. Es lo primero. Nada tienen que temer. Pueden sentarse a su mesa, pueden beber vino y cantar cánticos junto a Jesús. Su acogida los va curando por dentro. Los libera de la vergüenza y la humillación. Les devuelve la alegría de vivir.

Jesús los acoge tal como son, sin exigirles previamente nada. Les va contagiando su paz y su confianza en Dios, sin estar seguro de que responderán cambiando de conducta. Lo hace confiando totalmente en la misericordia de Dios que ya los está esperando con los brazos abiertos, como un padre bueno que corre al encuentro de su hijo perdido.

La primera tarea de una Iglesia fiel a Jesús no es condenar a los pecadores sino comprenderlos y acogerlos amistosamente. En Roma pude comprobar hace unos meses que, siempre que el Papa Francisco insistía en que Dios perdona siempre, perdona todo, perdona a todos..., la gente aplaudía con entusiasmo. Seguramente es lo que mucha gente de fe pequeña y vacilante necesita escuchar hoy con claridad de la Iglesia.

José Antonio Pagola

 
ORA EN TU INTERIOR

Padre Santo, tú eres misericordioso y compasivo y perdonas nuestras culpas.

            No nos tratas como merecen nuestros pecados, sino que corres a nuestro encuentro y, como al hijo pródigo, nos colmas de ternura. En las parábolas de la misericordia Cristo nos dejó una radiografía exacta de tu corazón de padre. A ti te importan esa oveja y moneda que se pierden, ese hijo que se va de la casa, porque también son posesión tuya

            Hoy queremos desandar nuestro camino equivocado para descansar al fin en tus brazos abiertos, dejándonos querer por ti. Así, rehabilitados por tu amor, podremos sentarnos a tu mesa con todos los hermanos.

            Bendito seas por la mesa que le preparaste al hijo pródigo, bendito seas por la fiesta. Bendito seas por la mesa que preparas para nosotros en la que tu Hijo entrega su cuerpo y su sangre para unir a tus hijos dispersos en una fiesta que lo renueva todo. Dios de bondad, Padre de misericordia, te damos gracias y proclamamos sin fin tu fidelidad.

ORACIÓN


¡Oh Dios!, creador y dueño de todas las cosas, míranos; y, para que sintamos el efecto de tu amor, concédenos servirte de todo corazón.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes proporcionadas por Catholic,net