lunes, 27 de abril de 2015

3 DE MAYO: QUINTO DOMINGO DE PASCUA.




QUINTA Y SEXTA SEMANA DE PASCUA
Para que los hombres entren en comunión con él, Dios quiere darse a conocer o, según la palabra bíblica, revelarse, desvelarse. Para lograrlo, y siguiendo el instinto de todo amor, Dios busca los medios de vivir con el ser amado. Se hace hombre: sale de sí mismo y se despoja, de alguna manera, de su trascendencia. Ese es el misterio. Su extravagancia racional provoca precisamente en nosotros lo que llamamos la fe. La fe no es consentimiento teórico a una verdad abstracta, sino participación del ser Dios, dado en comunión.
            Sobre este trasfondo hay que captar el misterio de la Iglesia. A través de los tiempos, la Iglesia es la historia de la palabra única entregada por Dios en Jesucristo. “¡El reino ha llegado a vosotros!. La Palabra de Dios no tiene más palabras para hacerse oír que palabras de hombres que balbucean el misterio revelado; pero en estas palabras que dudan se pueden ya oír la voz eterna. El amor no tiene otro lugar donde realizarse que los gestos de los hombres y mujeres que intentan amar; pero en estas vidas aún confusas se efectúa ya el gran gesto de Dios.
            El tiempo de la Iglesia se confunde con el de espera y la esperanza. La referencia de la Iglesia a lo Por-venir, al Reino, es tan decisiva como la referencia al hecho pasado de Jesús. Sin duda, la Iglesia recuerda, y su fe es memoria, herencia; pero, al mismo tiempo, está orientada a la futura consumación. Y aunque viva ya la visión del cara a cara. Dios se ha revelado de una vez por todas y, sin embargo, a la Iglesia no le bastará todo el tiempo de la Iglesia es el de la humilde invocación: “¡Venga tu Reino!”. Con la seguridad que le da Cristo, ella ofrece ya al Reino la posibilidad de llegar a los hombres, pero sin jamás poder agotarlo.
            Sois el Cuerpo de Cristo, ¡y no hay que profanar el amor!
            Sois la Viña plantada por Dios, ¡y no debéis nutriros de fuentes estériles!
            Sois el pueblo consagrado, ¡y no podéis coquetear con el mundo caduco! ¡Señor, ten piedad de nosotros!
 
“Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.”
3 DE MAYO
QUINTO DOMINGO DE PASCUA
1ª Lectura: Hechos 9,26-32
Les contó cómo había visto al Señor en el camino.
Salmo 21
El Señor es mi alabanza en la gran asamblea.
2ª Lectura: 1 Juan 3,18-24
Este es su mandamiento: que creamos y que amemos.
EVANGELIO DEL DÍA
Juan 15,1-8
“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos”.
Versión para América Latina, extraída dela Biblia del Pueblo de Dios
“Jesús dijo a sus discípulos:
«Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador.
El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía.
Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié.
Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí.
Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer.
Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde.
Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán.
La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.»”
REFLEXION
            El discípulo de Jesús no sigue de lejos a su maestro, no se limita a escucharle y aprender sus lecciones, ha de vivir unidos a él por la fe y por el amor. Tan unido como el sarmiento está unido a la cepa. No son cosas distintas, forman una unidad, la vid. El cristiano es algo más que creyente o practicante, es parte de Cristo.
            Para que el sarmiento tenga vida, ha de estar unido a la Vid. A mayor unión, más vida, más savia recibirá. Y la savia es la palabra, la savia es el amor, la savia es el Espíritu santo.
            Savia-palabra: “Mis palabras permanecen en vosotros” (Jn 19,7). “Quien guarda su palabra ciertamente en él el amor de Dios ha llegado a su plenitud” (1 Jn 2,5).
            Savia-amor: “El amor que Tú me has dado esté en ellos” (Jn 17,26). “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. Quien tiene al Hijo tiene la vida”. (1 Jn 3,14; 5,12).
            Savia-Espíritu: “Recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros” (Jn 16,14). “En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el santo. La Unción que de él habéis recibido permanece en vosotros y no necesitáis que nadie os enseñe” (1 Jn 2,20-27). “Amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Rom 5,5).
          La unión entre los sarmientos y la vid ha de ser íntima, permanente, creciente, fecunda.
            Intima. No es un colaborar, un darse la mano, un compartir. Es un comulgar. Unión de trasvase vital, común unión de pensamiento y sentimiento, un solo corazón y una sola alma. La vid y los sarmientos se alimentan de la savia, el que comulga se alimenta de Cristo. La savia de Cristo pasa a la nuestra, una transfusión de sangre y Espíritu.
Permanente. No bastan encuentros esporádicos. El sarmiento no se puede separar de la vid. Nuestro motor tiene que estar siempre enchufado a la central espiritual del corazón de Cristo. Sin su corriente nos apagamos. Hay momentos para cargar nuestras baterías, pero esa energía acumulada nos vitaliza. Cristo, energía divina, siempre en tu mente y en tu corazón.
Creciente. Se da todo un proceso de vaciamiento propio y de posesión de Cristo, de purificación y espiritualización, de comunicación y empatía, hasta llegar a la unidad consumada que Jesús pedía al Padre.
Los frutos que el Padre espera de nosotros son los del Espíritu, frutos de amor, de paz, de justicia, de solidaridad, de servicio. Cada día has de ofrecer algún fruto al Señor. Cada día una oración continuada y un amor entregado. La vida no está para guardarla, sino para darla.
Estar unido a Cristo es vivir en comunión con él; que su Espíritu nos aliente y vivifique.
Se reitera la necesidad de permanencia. No bastan encuentros esporádicos, ratos de oración, por largos que sean. Se necesita una vivencia cristiana continuada, cuando se reza y cuando se trabaja, cuando se ríe y cuando se llora, cuando se sirve o cuando se es servido, cuando hay luz o cuando hay tinieblas, cuando se agradece o cuando se espera. No puede haber dicotomía en la vida espiritual.
            Mira, para dejar que toda la savia del Espíritu penetre en ti, necesitas vaciarte del todo. Esto no es posible sin poda, sin despojo y sin muerte.
            El trabajo de poda es ingrato y doloroso, pero necesario. Tendemos a la dispersión, a las desviaciones, a la exuberancia vanidosa, a la pasividad y el conformismo. Por ahí se nos va la vida o se estanca el dinamismo vital de la savia. Hay que cortar o estimular, quitando apegos, quemando ataduras, ahuyentando miedos y temores, alentando pasividades. Así la savia, bien concentrada y orientada estallará en frutos gozosos.
ENTRA EN TU INTERIOR
NO DESVIARNOS DE JESÚS
La imagen es sencilla y de gran fuerza expresiva. Jesús es la «vid verdadera», llena de vida; los discípulos son «sarmientos» que viven de la savia que les llega de Jesús; el Padre es el «viñador» que cuida personalmente la viña para que dé fruto abundante. Lo único importante es que se vaya haciendo realidad su proyecto de un mundo más humano y feliz para todos.
La imagen pone de relieve dónde está el problema. Hay sarmientos secos por los que no circula la savia de Jesús. Discípulos que no dan frutos porque no corre por sus venas el Espíritu del Resucitado. Comunidades cristianas que languidecen desconectadas de su persona.
Por eso se hace una afirmación cargada de intensidad: «el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid»: la vida de los discípulos es estéril «si no permanecen» en Jesús. Sus palabras son categóricas: «Sin mí no podéis hacer nada». ¿No se nos está desvelando aquí la verdadera raíz de la crisis de nuestro cristianismo, el factor interno que resquebraja sus cimientos como ningún otro?
La forma en que viven su religión muchos cristianos, sin una unión vital con Jesucristo, no subsistirá por mucho tiempo: quedará reducida a «folklore» anacrónico que no aportará a nadie la Buena Noticia del Evangelio. La Iglesia no podrá llevar a cabo su misión en el mundo contemporáneo, si los que nos decimos «cristianos» no nos convertimos en discípulos de Jesús, animados por su espíritu y su pasión por un mundo más humano.
Ser cristiano exige hoy una experiencia vital de Jesucristo, un conocimiento interior de su persona y una pasión por su proyecto, que no se requerían para ser practicante dentro de una sociedad de cristiandad. Si no aprendemos a vivir de un contacto más inmediato y apasionado con Jesús, la decadencia de nuestro cristianismo se puede convertir en una enfermedad mortal.
Los cristianos vivimos hoy preocupados y distraídos por muchas cuestiones. No puede ser de otra manera. Pero no hemos de olvidar lo esencial. Todos somos «sarmientos». Sólo Jesús es «la verdadera vid». Lo decisivo en estos momentos es «permanecer en él»: aplicar toda nuestra atención al Evangelio; alimentar en nuestros grupos, redes, comunidades y parroquias el contacto vivo con él; no desviarnos de su proyecto.
José Antonio Pagola
ORA EN TU INTERIOR

El mandamiento de Dios, y Juan nos lo repite, es que creamos en Jesús y que nos amemos unos a otros.
            Creer en Jesús de manera que tengamos plena confianza en Dios. El que cree no tiene miedo. Se sabe pequeño e inútil, pero confía; no en sus capacidades, sino en la fuerza del Espíritu.
            El que cree confía incluso a pesar de su pecado, porque conoce la misericordia de Dios, sabe que su Corazón es más grande que nuestra conciencia. El pecado no es un obstáculo para la unión con Cristo si confías y si te dejas podar, si te dejas quemar.
            Creer también es amar. La fe y la caridad son hermanas que van siempre unidas y mutuamente se ayudan y enriquecen. San Juan lo expresa de muchas maneras, pero la razón última es que Dios es amor, quien cree en el amor no puede por menos que abrirse al amor. Y quien vive en el amor se llena de conocimiento y de luz, le resulta muy fácil creer.
ORACIÓN
Señor, tú me dices: “Mi mandamiento es que os améis”. Para que tu Iglesia no tenga más preocupación que la de amar cada vez con más pasión:  ¡Señor, dame tu Espíritu!
            “Os doy un mandamiento nuevo”, nos dijiste: para que todo rastro de envejecimiento dé paso al amor que no tiene fin. ¡Señor, dame tu Espíritu!
“Amaos como yo os he amado”: para que la audacia de un amor sin reservas sea la señal de que tú estás conmigo. ¡Señor, dame tu Espíritu!
Expliquemos el Evangelio a los niños
Imágenes de Fano


 
Imagen proporcionada por Catholic.net

lunes, 20 de abril de 2015

26 DE ABRIL: CUARTO DOMINGO DE PASCUA.



CUARTA SEMANA DE PASCUA
            La resurrección es el mundo al revés, aunque habría que decir que es el mundo al derecho si no tuviéramos necesidad de efectuar un continuo cambio de nuestras perspectivas. Cristo va delante y nos precede en el camino, conduciendo la historia de los hombres hasta la tierra de Dios. Nadie tiene acceso al Padre si no pasa por la Puerta del reino que su Palabra construye. Los que le siguen han de aprender a reorientar su vida. Si la resurrección canta nuestra victoria, también expresa la nueva Ley de nuestra existencia.
            Y es que no tenemos que hacer ni más ni menos que imitar al Pastor que nos guía. San Pablo resume todo el dinamismo de la resurrección cuando escribe a las primeras comunidades: “Sois hijos de la luz; convertíos en hijos de la luz”.
            La “moral” de la resurrección es, antes que nada, afirmación de la salvación: pertenecéis a Cristo, y nadie puede arrancar de sus manos a aquellos que el Padre le ha entregado. La luz vino al mundo para que quien crea en ella no siga en las tinieblas: la Ley nueva es iluminación y gracia.
            Pero es también aprendizaje en la escuela de aquel que no reivindicó para sí el rango que le hacía igual a Dios. No hay más que un cristiano: Cristo. Sólo él vivió la exigencia del amor hasta el extremo, porque él es el amor. Sólo él puede pretender ser el Camino, porque él trazó, en la sangre y en la confianza, el camino que, a través del Gólgota, asciende hasta el jardín de la Pascua.
            “Seréis como dioses”, había susurrado la serpiente en el jardín del edén. Y el hombre, presa del vértigo, creyó semejante mentira y se vio arrastrado al polvo. El que, en la paciencia y en la oración, trate de conformar su vida de acuerdo con la Palabra de Dios, el que trate de imitar los rasgos del divino Rostro, ése oirá cómo se le dice: “Hace mucho tiempo que yo estoy contigo; desde siempre eres como Dios”. He ahí el cambio total del mundo y la nueva Ley.

 



“Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da la vida por las ovejas..."

26 DE ABRIL
CUARTO DOMINGO DE PASCUA
JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES
JORNADA Y COLECTA DE VOCACIONES NATIVAS
1ª Lectura: Hechos 4,8-12
Ningún otro puede salvar.
Salmo 117
La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.
2ª Lectura: 1 Juan 3,1-2
Veremos a Dios tal cual es.
EVANGELIO DEL DÍA
Juan 10,11-18
“En aquel tiempo, dijo Jesús: “Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son  de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor. Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre”.
Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios
“Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas.
El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa.
Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas.
Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí
-como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre- y doy mi vida por las ovejas.
Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo Rebaño y un solo Pastor.
El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla.
Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre".
REFLEXIÓN
La vida necesita ser pastoreada. Se encuentra con muchos peligros, recibe muchas heridas y escoge caminos equivocados. Necesita un pastor que la defienda y oriente, que la cure y la cultive. Para eso ha venido Cristo, amigo y Señor de la vida.
           Vino para defenderla. Jesús es la vida y la defiende. Trae medicinas para curar sus heridas. La vida se defiende con el amor. Sus medicinas tienen componentes de amor. Por eso el que no ama está muerto. El que se alimenta de amor vive no muere.
            Vino para aumentarla. Vino para que tengamos más vida. Nos aporta un plus de vida. Pero la vida aumenta cuando se entrega –el que la guarda, la pierde-, la vida crece en la medida en que la damos.
            Vino para eternizarla. Que la vida no muera. Él trajo una medicina de inmortalidad. Para eso había que vencer la muerte. Y para vencer la muerte había que morir. Por eso entregó su vida Jesús, para quitar a la muerte su veneno y convertirla en aliada de la vida. Entregó su vida para que viviéramos en plenitud y para siempre, haciéndonos partícipes de su vida divina.
            Estas medicinas de amor y de vida se concentran en la Eucaristía. Jesús nos invita a comer el pan de la vida. El que come su pan vivirá para siempre. La Eucaristía resulta ser defensa y alimento. Pero la Eucaristía es también entrega hasta la muerte. Y es precisamente esa muerte por amor la que nos salva de la muerte.
El evangelio de este cuarto domingo de Pascua insiste en que Jesús, buen pastor, da la vida por las ovejas, que la entrega libremente. Si queremos imitar a Cristo, tener las actitudes de Cristo pastor, tenemos que ser capaces de amar hasta la muerte. No pensemos en una nueva crucifixión, sino en no vivir para nosotros, en gastar nuestra vida por los demás, en que amemos a las ovejas más que a nosotros mismos. Como Jesús, que se daba todo. ”Recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñaba en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia. Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ellas, porque estaban extraviadas y abatidas, como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9,35-36). He aquí un buen resumen de la actividad pastoral de Jesús.
ENTRA EN TU INTERIOR
ACERCARNOS Y CONOCERNOS
Cuando entre los primeros cristianos comenzaron los conflictos y disensiones entre grupos y líderes diferentes, alguien sintió la necesidad de recordar que, en la comunidad de Jesús, sólo él es el Pastor bueno. No un pastor más, sino el auténtico, el verdadero, el modelo a seguir por todos.
Esta bella imagen de Jesús, Pastor bueno, es una llamada a la conversión, dirigida a quienes pueden reivindicar el título de «pastores» en la comunidad cristiana. El pastor que se parece a Jesús, sólo piensa en sus ovejas, no «huye» ante los problemas, no las «abandona». Al contrario, está junto a ellas, las defiende, se desvive por ellas, «expone su vida» buscando su bien.
Al mismo tiempo, esta imagen es una llamada a la comunión fraterna entre todos. El Buen Pastor «conoce» a sus ovejas y las ovejas le «conocen» a él. Sólo desde esta cercanía estrecha, desde este conocimiento mutuo y esta comunión de corazón, el Buen Pastor comparte su vida con las ovejas. Hacia esta comunión y mutuo conocimiento hemos de caminar también hoy en la Iglesia.
En estos momentos no fáciles para la fe, necesitamos como nunca aunar fuerzas, buscar juntos criterios evangélicos y líneas maestras de actuación para saber en qué dirección hemos de caminar de manera creativa hacia el futuro.
Sin embargo, no es esto lo que está sucediendo. Se hacen algunas llamadas convencionales a vivir en comunión, pero no estamos dando pasos para crear un clima de escucha mutua y diálogo. Al contrario, crecen las descalificaciones y disensiones entre obispos y teólogos; entre teólogos de diferentes tendencias; entre movimientos y comunidades de diverso signo; entre grupos y «blogs» de todo género…
Pero, tal vez, lo más triste es ver cómo sigue creciendo el distanciamiento entre la jerarquía y el pueblo cristiano. Se diría que viven dos mundos diferentes. En muchos lugares los «pastores» y las «ovejas» apenas se conocen. A muchos obispos no les resulta fácil sintonizar con las necesidades reales de los creyentes, para ofrecerles la orientación y el aliento que necesitan. A muchos fieles les resulta difícil sentir afecto e interés hacia unos pastores a los que ven alejados de sus problemas.
Sólo creyentes, llenos del Espíritu del Buen Pastor, pueden ayudarnos a crear el clima de acercamiento, mutua escucha, respeto recíproco y diálogo humilde que tanto necesitamos.
                                     José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR
Mirad qué amor. A través de estos rasgos que nos ofrece el evangelio de Jesús podemos descubrir la profundidad y grandeza de su amor. Es un amor responsable y delicado, que conoce a las ovejas por su nombre, se preocupa de ellas y las cuida según sus necesidades. Es un amor valiente y poderoso, que defiende a las ovejas de los lobos, aun poniendo en riesgo su vida. Es un amor abierto y universal, no un grupo selecto de ovejas, sino que desea hacer de su redil casa de comunión para todos. Es un amor amistoso y fiel, que busca la empatía, la intimidad, que sabe comprender y perdonar. Es un amor generoso y entregado, hasta darlo todo, hasta darse del todo, hasta hacerse alimento para su rebaño. Y es un amor misterioso, que libra de la muerte.
            El rebaño de Cristo no se reduce a un pueblo, por muy escogido que sea. Todos los pueblos son escogidos y amados de Dios. El verdadero pueblo escogido, llamado a formar parte del rebaño amado, son los que se abren a la fe, sean de la nación que sean.
            Las ovejas preferidas son las que se encuentran más vejadas y abatidas, las más pobres y más necesitadas, las más débiles y pequeñas, las que más sufren, todo ese mundo doliente. ¡Son tantas las ovejas que se encuentran solas, que no tienen pastor, que están a merced de los lobos!.
            Puedes hacer una lista de las ovejas más necesitadas, quizá puedas ponerles hasta rostro a muchas de ellas:
          Los niños: Son tantos los niños sin familia ni protección…
          Los ancianos: Cada vez más numerosos en el mundo rico, pero menos valorados y más solos…
          Los enfermos: El mundo del dolor, en el cuerpo o en el alma. No tiene medida. ¡Cuánto miedo, cuanta agonía, cuanta cruz!…
          Los jóvenes: Desorientados, descarriados muchos, desatendidos…
          Los inmigrantes: Un éxodo dramático, se les cierran las puertas y se le alzan las vallas…
Podríamos hablar de muchas más ovejas que no son de este redil y que hay que atraer, ¡buena reflexión para este domingo!.
 
ORACIÓN FINAL
            Pero también, Señor, hacen falta más pastores, más pastores conforme a tu corazón. Tú te vales de muchas maneras para llamar. Puede ser una palabra, una mirada, una seducción: puede ser una luz o un sentimiento interior, algo que no se pasa, algo que te empuja; puede ser un ejemplo, una experiencia de vida. Basta con que sepa verla, sentirla.
            Señor, sé que sigues llamando, sé que me llamas porque me quieres y me valoras, tu Reino, tu Iglesia es grande, hay muchos servicios que realizar. Señor, si me llamas, haz que no dude. Si me llamas, pon en mi boca y en mi corazón una palabra de agradecimiento, no una queja, o una carga, sino un don. Amén.
Expliquemos el Evangelio a los niños.
Imágenes de Fano
 


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lunes, 13 de abril de 2015

19 DE ABRIL: TERCER DOMINGO DE PASCUA.



 
 
TERCERA SEMANA DE PASCUA
“Yo soy el pan de vida… Quien come mi carne y bebe mi sangre…” El discurso de Jesús que sigue al relato de la multiplicación de los panes, en Juan 6, remite inevitablemente a la última cena y a la eucaristía, aun cuando la exégesis señale diferentes momentos más o menos marcados por esta referencia. Este tema del pan de vida, nos llevará desde el viernes de la segunda semana al sábado de la tercera semana de Pascua, por lo que nos conviene comprenderlo bien.
            “Les dio un pan del cielo” este versículo del salmo 89 está en el centro mismo del discurso. Nos hallamos en el desierto, y la reflexión se remite espontáneamente al maná y al Éxodo. Jesús ha multiplicado el pan para la muchedumbre, y algunos se equivocan en torno al sentido de este signo: hay que elevar el tono del debate. Jesús no es un hacedor de milagros; no da el pan a los hombres sin  que éstos tengan que “colaborar en las obras de Dios” La fe es el lugar del encuentro. Pero ¿quién es exactamente este Jesús? ¿El profeta? ¿El Rey? Toda interpretación excesivamente fácil es peligrosa; es preciso superar laboriosamente las etapas de la fe, Jesús, que se revela en la noche contra viento y marera, llama al hombre a comprometerse en su seguimiento. Por otra parte, el acontecimiento se sitúa poco antes de la Pascua, con lo cual se nos remite a la gran Pascua, donde la realeza del Hijo del Hombre será revelada a través del don que hará de sí mismo hasta la muerte.
            ¡La muerte y la vida! “Vuestros padres comieron del maná en el desierto y murieron”. ¿De qué serviría multiplicar el pan si no fuera pan de vida eterna? ¿Cómo vamos a tener siempre al alcance de la mano a un hombre que nos dé el alimento de la inmortalidad? ¡Pues lo tenemos! Pero el encontrarnos con él supone la fe y el sacramento.
            Primero la fe. Jesús es el pan de vida.”Quien permanece en mí, permanece en Dios”. Se trata de permanecer en él, no de frecuentarlo cuando la necesidad se hace sentir.
            El alimento de vida eterna supone, pues, la fe. Pero la fe se expresa en el sacramento. ¡Hay que “comer” –en el sentido más radical- “la carne del Hijo del Hombre” y beber su sangre! “El, pan que yo daré, dice Jesús, es mi carne para la vida del mundo”; las palabras de la última cena resuenan aquí como un eco. Pero ¿en qué consiste ese sacramento inaugurado en la última comida de Cristo?
            ¡Qué lejos estamos de la distribución gratuita de un alimento de inmortalidad! ¡No basta, verdaderamente, comulgar  para ser salvado! Jesús ha entregado su carne y su sangre, se ha entregado todo él… Comerlo, como lo hace la fe, es seguirle Hasta ahí: hacerse uno con su carne entregada y su sangre derramada. Acceder a la resurrección es aceptar el mismo camino que el de la Pascua. Si a los judíos les costó tanto creer que hay que “comer la carne de ese hombre”, no es porque les repugnase un acto tan extraño. Sino más bien, porque percibían implícitamente que esta invitación pone a Cristo en el centro de todo: ¿con qué derecho pretende él ser el Camino y la Vida, siendo así que al poco tiempo va a ser crucificado? Por lo demás, algunos discípulos van a comenzar a murmurar contra él por el mismo motivo: “¡Duras palabras son ésas! ¿Quién puede hacerle caso?”. Sí, la palabra sacramental es dura, ¡tan dura como el camino de la cruz! Pero no hay otra que pueda salvar al hombre y “resucitarlo”… ¿A quién iremos, Señor?.
            Es la tradición evangélica, el relato de la multiplicación de los panes se inserta en un conjunto que culmina en el reconocimiento de Cristo por Pedro y por la Iglesia. También aquí va el apóstol a proclamar su fe: “Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”. Pero la fe nunca será reposo absoluto. ¡Tampoco lo es en el sacramento! No se puede comer la carne del Hijo del Hombre sin sentarse con él a la mesa de la Cena y de la Pasión. De lo contrario, la vida no podrá surgir de la muerte, como tampoco fue posible la resurrección más que a través de la prueba del Calvario. Por eso la misa es un “sacrificio”. El pan partido para un mundo nuevo supera absolutamente todos los esfuerzos humanos por compartir mejor el pan: es el sacramento de la muerte necesaria para que florezca la vida. Y, en el Evangelio, el relato de la multiplicación de los panes es algo completamente distinto de una llamada a la generosidad, que siempre resulta decepcionante si no se inserta en la fe en Jesús. Pan de vida para quienes le siguen hasta el final.


 
 
“Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse”.

19 DE ABRIL
TERCER DOMINGO DE PASCUA
1ª Lectura: Hechos 3,13-15.17-19
Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos.
Salmo 4
Haz brillar sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor.
Segunda Lectura: 1Juan 2,1-5
Él es víctima de propiciación por nuestros pecados y también por los del mundo entero.
EVANGELIO DEL DÍA
Lucas 24,35-48
“En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. –Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: “Paz a vosotros”. Llenos de miedo por la sorpresa, creían  ver un fantasma. Él les dijo: “¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo”. Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: “¿Tenéis ahí algo de comer?”. Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: “esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse”. Y añadió: “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto”.
Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios
“Los discípulos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes".
Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu,
pero Jesús les preguntó: "¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas?
Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo".
Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies.
Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: "¿Tienen aquí algo para comer?".
Ellos le presentaron un trozo de pescado asado;
él lo tomó y lo comió delante de todos.
Después les dijo: "Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos".
Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras,
y añadió: "Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día,
y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados.
Ustedes son testigos de todo esto."
REFLEXIÓN
            Cuando se habla de la humanidad de Cristo Resucitado, se habla de la humildad, de la amistad, de la cercanía, de la responsabilidad. Jesús resucitado aparece en gloria, pero humanizada. Aparece como más humano, más amigo, más bueno. No va a vengarse o a reírse de los enemigos que lo condenaron. No reúne a la gente para decirles que se equivocaron. Se manifiesta tan sólo a los que realmente le aman y desean.
            Jesús se hizo presente en medio de sus discípulos. Y en adelante siempre se hará presente en medio de sus discípulos. Cuando se reúnen para orar y reflexionar, para compartir y servir, él estará en medio de ellos.
            Los discípulos no acababan de reconocer a Jesús. En el fondo es que no acababan de creer. Les parecía demasiado bonito. Como a nosotros. No acabamos de creer que Jesús se ha quedado con nosotros. Pero Jesús es comprensivo y paciente, enseña, estimula y espera.
            Primero les saluda con la paz. ¡Qué falta les hacía y qué falta nos hace! Los discípulos vivían en el miedo y en la duda, estaban agitados y nerviosos. Nosotros estamos marcados por las prisas y la superficialidad. Todos necesitamos la paz de Jesús. Es una paz que se ha fraguado en la lucha, que ha pasado por el sufrimiento y la angustia, que ha vencido al miedo y a la muerte. Es un fruto de la Pascua. Si vivimos la Pascua recibiremos la paz, y con la paz,  la alegría y la confianza.
            Después les enseña las manos y los pies. Conservaba las heridas de los clavos, pero se habían convertido en memorial de su amor. Manos benditas y pies gastados. Manos que se significaban por el partir y el bendecir. Pies cansados de recorrer caminos de evangelización y salvación. Así tienen que ser las manos y los pies de los discípulos de Jesús. Que todos vean en ellos las heridas de la caridad y la misericordia, de la paciencia y el perdón, de la generosidad y el servicio.
            Y cuando veamos manos y pies gastados o cansados o heridos o encallecidos, no dejemos de ver en ellos las manos y los pies de Jesús prolongados. Cristo se hace presente no sólo en la santidad de los templos y los sacramentos, sino en lo cotidiano de la vida, en esa alegría o en ese dolor: en el trabajo conseguido o en el cáncer que dio la cara, en el hijo que nace o en la muerte de un ser querido.
            “¿Tenéis algo que comer?” Una palabra más de su verdad y de su humanidad. Les pide algo para comer. Los fantasmas no comen. Él es como nosotros y se adapta a nuestros usos y costumbres. No hay un menú especial. Casi todas las apariciones de Jesús van acompañadas de comida. Es prueba de humanidad y amistad, pero es también referencia eucarística. Las comidas pascuales son sacramentales.
            El encuentro termina con una meditación de los hechos vividos a la luz de la Escritura. Es una catequesis como la que dio a los discípulos de Emaús. Falta les hacía a estos hombres mentalizados en la espera de un Mesías triunfante y glorioso. ¿Cómo podían asimilar los tormentos y la derrota humillante de Jesús? ¡Qué difícil hacerles entender que el Mesías tenía que padecer!
            Los hombres pascuales, no se presentarán como salvadores, sino como testigos del único Salvador. ¿Por qué nos miráis como si hubiésemos hecho andar a éste por nuestro propio poder o virtud? ¡Sólo hay un nombre que puede salvar a los hombres, el de Jesús! Así se expresaba Pedro después de la curación del paralítico.
ENTRA EN TU INTERIOR
            Los apóstoles, llenos del Aliento de Jesús, empezaron a dar testimonio de la Resurrección con mucha pasión y fuerza. Daban testimonio con signos y palabras.
            El primer signo era, sin duda, su misma vida transformada. Ellos también habían resucitado, se sentían hombres nuevos, alegres, fraternos, valientes, esperanzados. Imposible el brillo de estas vidas sin la Resurrección. ¿De dónde iban a sacar estos hombres incultos, temerosos, fugitivos, encerrados por miedo, el poder de la palabra y la fuerza del amor? Sólo se explica por la experiencia de una fuerza creadora superior, por el contacto con la vida resucitada del Señor.
            Signo fue también la virtud curativa que emanaba de los apóstoles. Como en la persona de Jesús, bastaba a veces tocar sus vestidos para recibir una gracia salvadora. Pedro y Juan curaron a un paralítico. No tenían plata ni oro, pero tenían la fuerza sanadora de Jesús resucitado. “En nombre de Jesús nazareno ponte a andar. Y tomándole de la mano derecha lo levantó” (Hch 3,6-7). Todo un gesto liberador.
            Al gesto se une la palabra: ¿Por qué nos miráis como si hubiéramos hecho andar a éste por nuestro propio poder o virtud? La causa de esta curación y la fuente de toda salvación es Jesús.
ORA EN TU INTERIOR
            Jesús se sigue apareciendo hoy:
            Se aparece al que lo desea y lo busca apasionadamente, como María Magdalena.
            Se aparece al que se siente pobre y está vacío de sí mismo, como las mujeres que iban al sepulcro con sus aromas.
            Se aparece al que cree en él, o quisiera creer, como Juan, Pedro y Tomás…
            Se aparece al que lo espera o, por lo menos, lo añora, como los discípulos de Emaús.
            Jesús se aparece al que no vive para sí, sino para el hermano, y va  tejiendo día a día el manto comunitario, como los discípulos cuando se reunían.
            Se aparece a los que, guardando su memoria, celebran la palabra y parten el pan, como las primeras comunidades cristianas.
            Jesús se aparece a todo el que lo ama más que a sí mismo, como el mártir.
            Se aparece a todo el que ama al hermano más que a sí mismo, y ve en él a Cristo, y son capaces de hacer suyos sus sufrimientos, sus dolores, sus alegrías, sus esperanzas.
            El modelo completo de toda esta preparación lo encontramos en María, la hija y la madre, la esclava y la señora, la orante y la donante, siempre abierta a Jesús, siempre unida a Jesús, siempre llena de Jesús.
ORACIÓN FINAL
            Jesús de Nazaret. Tú eres el que centra toda la predicación apostólica, y al que tengo que mirar para salvarme. Eres el santo, el justo, el que pasó haciendo el bien, el Mesías esperado.
            Te rechazaron y te mataron. ¡Qué ceguera y qué crueldad! No cabe un error más perverso: “Rechazasteis al santo, al justo… matasteis al autor de la vida… y pedisteis el indulto de un asesino”
            Sí, Señor, muchas veces preferimos la maldad a la santidad, la injusticia a la justicia, la crueldad a la misericordia, la muerte a la vida, todo con mayúscula, cuando no te vemos en el hermano que sufre, en el triste, en el solo, en el abandonado, en la mujer maltratada, en el emigrante no aceptado, en el padre de familia sin trabajo. Dame un corazón grande para amar, para acoger, para compartir, aunque tenga que meter mi dedo en el agujero de los clavos y mi mano en la herida del costado, hay muchas manos agujereadas y muchos costados abiertos por la injusticia y el desamor. Amén.
Expliquemos el Evangelio a los niños.
Imágenes de Fano


“Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto”.


 
 

Imagen proporcionada por Catholic.net