lunes, 23 de marzo de 2015

29 DE MARZO: DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR.




“Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David. ¡Hosanna en el cielo!”

SEMANA SANTA

Antes de morir, Jesús quiere celebrar la Pascua con sus discípulos: sabe que la Hora ha llegado, y sus palabras están impregnadas de esta certeza. Todo está cumplido, y María puede verter el perfume sobre el cuerpo del condenado.
 Por el comportamiento de Judas, Jesús comprenderá que el fin está próximo. ¿No es el momento de instaurar el Reino? El discípulo provocará al Maestro y le pondrá en trance de manifestarse.
            Mientras sigue siendo dueño de sus gestos, Jesús da sentido a la muerte que le va a ser impuesta. En la cena de la Pascua entrega él mismo su cuerpo y su sangre, bajo el signo de compartir el pan y el vino, así, sabiendo que va a ser ofrecido a la muerte para que el Reino de Dios llegue, anticipa la hora en la que él mismo va a ser lo que se ventile en el proceso de los hombres.
 Gesto profético que contiene ya una eficacia real, para aquellos que lo acogen en la fe. “esto es mi cuerpo”. El cuerpo de Jesús es ese trozo de pan compartido y distribuido; el cuerpo de Jesús no es entregado sino una vez que ha sido prometido a la muerte, como signo de la palabra mantenida hasta el final: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”.
            Desde entonces se puede sopesar la importancia del encuentro, a la misma mesa, entre el que entrega y el que es entregado. Ahí está el sentido del relato de los acontecimientos que se le imponen a Jesús. La palabra y el gesto son proféticos: anuncian lo que debe cumplirse, mañana, sobre la cruz, la palabra dada en la Cena se cumplirá.
Y después de esa tarde del Viernes Santo, sigue siendo efectiva. Cuando dos o tres, reunidos en nombre de Cristo, comparten el pan en la alabanza, esperando el día en que el Señor vuelva, pasan con él de la muerte a la vida.

29 DE MARZO
DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR
PALABRA PARA LA BENDICIÓN Y PROCESIÓN DE LOS RAMOS
Marcos: 11,1-10

“Se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, junto al monte de los Olivos, y Jesús mandó a dos de sus discípulos, diciéndoles: -“Id a la aldea de enfrente y, en cuanto entréis, encontraréis un borrico atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta porqué lo hacéis, contestadle: “El Señor lo necesita y lo devolverá pronto.” Fueron y encontraron el borrico en la calle, atado a una puerta, y lo soltaron. Algunos de los presentes les preguntaron: -“¿Por qué tenéis que desatar al borrico?” Ellos les contestaron como había dicho Jesús; y se lo permitieron. Llevaron el borrico, le echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo. Los que iban delante y detrás gritaban: -“Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David. ¡Hosanna en el cielo!”

MISA DEL DÍA
1ª Lectura: Isaías 50,4-7
No me tapé el rostro ante los ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado.
Salmo 21
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
2ª Lectura: Filipenses 2,6-11
Se rebajó a sí mismo, por eso Dios lo levantó sobre todo.
EVANGELIO DEL DÍA
Pasión según San Marcos 14,1-15,47
Faltaban dos días  para la Pascua y los Ázimos. Los sumos sacerdotes y los escribas pretendían prender a Jesús a traición y darle muerte. Pero decían: -“No durante las fiestas; podría amotinarse el pueblo”. Estando Jesús en Betania, en casa de Simón, el leproso, sentado a la mesa, llegó una mujer con un frasco de perfume muy caro, de nardo puro; quebró el frasco y lo derramó en la cabeza de Jesús. Algunos comentaban indignados: -“¿A qué viene este derroche de perfume? Se podía haber vendido por más de trescientos denarios para dárselo a los pobres”. Y regañaban a la mujer. Pero Jesús replicó: “-“Dejadla, ¿por qué la molestáis? Lo que ha hecho conmigo está bien. Porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros y podéis socorrerlos cuando queráis; pero a mí no me tenéis siempre. Ella ha hecho lo que podía: se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura. Os aseguro que, en cualquier parte del mundo donde se proclame el Evangelio, se recordará también lo que ha hecho ésta”. Judas Iscariote, uno de los Doce, se presentó a los sumos sacerdotes para entregarle a Jesús. Al oírlo, se alegraron y le prometieron dinero. Él andaba buscando ocasión propicia para entregarlo. El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: -“¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?”. Él envió a dos discípulos, diciéndoles: -“Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?” Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena”. Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Al atardecer fue él con los Doce. Estando a la mesa comiendo, dijo Jesús: -“Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar: uno que está comiendo conmigo”. Ellos, consternados empezaron a preguntarle uno tras otro: “¿Seré yo?” Respondió: “Uno de los Doce, el que está mojando en la misma fuente que yo. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; ¡más le valdría no haber nacido!”. Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: -“Tomad, esto es mi cuerpo”. Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo: -“Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios”. Después de cantar el salmo,. Salieron para el monte de los Olivos. Jesús les dijo: -“Todos vais a caer, como está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas”. Pero, cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea”. Pedro replicó -“Aunque todos caigan, yo no”. Jesús le contestó: -“Te aseguro que tú hoy, esta tarde, antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres”. Pero él insistía: -“Aunque tenga que morir contigo, no te negaré”. Y los demás decían lo mismo. Fueron a un huerto, que llaman Getsemaní, y dijo a sus discípulos: -“Sentaos aquí mientras voy a orar”. Se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, empezó a sentir terror y angustia, y les dijo: -“Me muero de tristeza; quedaos aquí velando”. Y, adelantándose un poco, se postró en tierra pidiendo que, si era posible, se alejase de él aquella hora; y dijo: -“¡Abba! (Padre), tú lo puedes todo; aparta de mí este cáliz. Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú quieres”. Volvió y, al encontrarlos dormidos, dijo a Pedro: -“Simón, ¿duermes?; ¿no has podido velar ni una hora? Velad y orad, para no caer en la tentación; el espíritu es decidido, pero la carne es débil”. De nuevo se apartó y oraba repitiendo las mismas palabras. Volvió, y los encontró otra vez dormidos, porque tenían los ojos cargados. Y no sabían qué contestarle. Volvió por tercera vez y les dijo: -“Ya podéis dormir y descansar. ¡Basta! Ha llegado la hora; mirad que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega”. Todavía estaba hablando, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, y con él gente con espadas y palos,  mandada por los    sumos Sacerdotes, los escribas y los ancianos. El traidor les había dado una contraseña, diciéndoles: -“Al que yo bese, ése es; pretendedlo y conducidlo bien sujeto”. Y en cuanto llegó, se acercó y le dijo: -“¡Maestro!”. Y lo besó. Ellos le echaron mano y lo prendieron. Pero uno de los presentes, desenvainando la espada, de un golpe le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús tomó la palabra y les dijo: -¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario os estaba enseñando en el templo, y no me detuvisteis. Pero, que se cumplan las Escrituras”. Y todos lo abandonaron y huyeron. Lo iba siguiendo un muchacho, envuelto sólo en una sábana, y le echaron mano; pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo. Condujeron a Jesús a casa del sumo sacerdote, y se reunieron todos los sumos sacerdotes y los ancianos y los escribas. Pedro lo fue siguiendo de lejos, hasta el interior del palacio del sumo sacerdote; y se sentó con los criados a la lumbre para calentarse. Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un testimonio contra Jesús, para condenarlo a muerte; y no lo encontraban. Pues, aunque muchos daban falso testimonio contra él, los testimonios no concordaban. Y algunos, poniéndose en pie, daban testimonios contra él, diciendo: -“Nosotros le hemos oído decir: “Yo destruiré este templo, edificado por hombres, y en tres días construiré otro no edificado por hombres”. Pero ni en esto concordaban los testimonios. El sumo sacerdote se puso en pie en medio e interrogó a Jesús: -“¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?. Pero él callaba, sin dar respuesta. El sumo sacerdote lo interrogó de nuevo, preguntándole: -“¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?...” Jesús contestó: -“Sí, lo soy. Y veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo”. El sumo sacerdote se rasgó las vestiduras, diciendo: -“¿Qué falta hacen más testigos? Habéis oído la blasfemia. ¿Qué decís?”. Y todos lo declararon reo de muerte. Algunos se pusieron a escupirle y, tapándole la cara, lo abofeteaban y le decían: -“Haz de profeta”. Y los criados le daban bofetadas. Mientras Pedro estaba abajo en el patio, llegó una criada del sumo sacerdote y, al ver a Pedro calentándose, le miró y dijo: -“También tú andabas con Jesús, el Nazareno”. Él lo negó, diciendo: -•Ni sé ni entiendo lo que quieres decir”.  Salió fuera al zaguán, y un gallo cantó”. Al poco rato, también los, presentes dijeron a Pedro: -“Seguro que eres uno de ellos, pues eres Galileo”. Pero él se puso a echar maldiciones y a jurar: -“No conozco a ese hombre que decís”. Y en seguida, por segunda vez, cantó un gallo. Pedro se acordó de las palabras que le había dicho Jesús: “Antes de que cante el gallo dos veces, me habrás negado tres”, y rompió a llorar. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, atando a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Pilato le preguntó: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Él respondió: “Tú lo dices”. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo: “¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra ti”. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado. Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les contestó: “¿Queréis que os suelte as rey de los judíos?”. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó: ¿”Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?”. Ellos gritaron de nuevo: “¡Crucifícalo!”. Pilato les dijo: “Pues, ¿qué mal ha hecho?”. Ellos gritaron más fuerte: “¡Crucifícalo!”. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio -.al pretorio- y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo: “¡Salve, rey de los judíos!”. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz. Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de “la Calavera”), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: “El rey de los judíos”. Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda, Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo: “¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz. Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo: “A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar: que el Mesías, el rey de Israel, baje de la cruz, para que lo veamos y creamos”. También los que estaban crucificados con él lo insultaban. Al llegar el mediodía,  toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde Jesús clamó con voz potente: “Eloí, Eloí, lamá sabaktaní”. Que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Algunos de los presentes, al oírlo, decían: “Mira, está llamando a Elías”. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo: “Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo”. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: “Realmente este hombre era Hijo de Dios”.

Versión para América Latina extraída de la Biblia del Pueblo de Dios.
“Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los panes Acimos. Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban la manera de arrestar a Jesús con astucia, para darle muerte.
Porque decían: "No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo".
Mientras Jesús estaba en Betania, comiendo en casa de Simón el leproso, llegó una mujer con un frasco lleno de un valioso perfume de nardo puro, y rompiendo el frasco, derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús.
Entonces algunos de los que estaban allí se indignaron y comentaban entre sí: "¿Para qué este derroche de perfume?
Se hubiera podido vender por más de trescientos denarios para repartir el dinero entre los pobres". Y la criticaban.
Pero Jesús dijo: "Déjenla, ¿por qué la molestan? Ha hecho una buena obra conmigo.
A los pobres los tendrán siempre con ustedes y podrán hacerles bien cuando quieran, pero a mí no me tendrán siempre.
Ella hizo lo que podía; ungió mi cuerpo anticipadamente para la sepultura.
Les aseguro que allí donde se proclame la Buena Noticia, en todo el mundo, se contará también en su memoria lo que ella hizo".
Judas Iscariote, uno de los Doce, fue a ver a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús.
Al oírlo, ellos se alegraron y prometieron darle dinero. Y Judas buscaba una ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de la fiesta de los panes Acimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: "¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?".
El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: "Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo,
y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: '¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?'.
El les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario".
Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.
Al atardecer, Jesús llegó con los Doce.
Y mientras estaban comiendo, dijo: "Les aseguro que uno de ustedes me entregará, uno que come conmigo".
Ellos se entristecieron y comenzaron a preguntarle, uno tras otro: "¿Seré yo?".
El les respondió: "Es uno de los Doce, uno que se sirve de la misma fuente que yo.
El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!".
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomen, esto es mi Cuerpo".
Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella.
Y les dijo: "Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos.
Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios".
Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos.
Y Jesús les dijo: "Todos ustedes se van a escandalizar, porque dice la Escritura: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas.
Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea".
Pedro le dijo: "Aunque todos se escandalicen, yo no me escandalizaré".
Jesús le respondió: "Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes que cante el gallo por segunda vez, me habrás negado tres veces".
Pero él insistía: "Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré". Y todos decían lo mismo.
Llegaron a una propiedad llamada Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos: "Quédense aquí, mientras yo voy a orar".
Después llevó con él a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir temor y a angustiarse.
Entonces les dijo: "Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí velando".
Y adelantándose un poco, se postró en tierra y rogaba que, de ser posible, no tuviera que pasar por esa hora.
Y decía: "Abba -Padre- todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya".
Después volvió y encontró a sus discípulos dormidos. Y Jesús dijo a Pedro: "Simón, ¿duermes? ¿No has podido quedarte despierto ni siquiera una hora?
Permanezcan despiertos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil".
Luego se alejó nuevamente y oró, repitiendo las mismas palabras.
Al regresar, los encontró otra vez dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño, y no sabían qué responderle.
Volvió por tercera vez y les dijo: "Ahora pueden dormir y descansar. Esto se acabó. Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.
¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar".
Jesús estaba hablando todavía, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos.
El traidor les había dado esta señal: "Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo y llévenlo bien custodiado".
Apenas llegó, se le acercó y le dijo: "Maestro", y lo besó.
Los otros se abalanzaron sobre él y lo arrestaron.
Uno de los que estaban allí sacó la espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja.
Jesús les dijo: "Como si fuera un bandido, han salido a arrestarme con espadas y palos.
Todos los días estaba entre ustedes enseñando en el Templo y no me arrestaron. Pero esto sucede para que se cumplan las Escrituras".
Entonces todos lo abandonaron y huyeron.
Lo seguía un joven, envuelto solamente con una sábana, y lo sujetaron;
pero él, dejando la sábana, se escapó desnudo.
Llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote, y allí se reunieron todos los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas.
Pedro lo había seguido de lejos hasta el interior del palacio del Sumo Sacerdote y estaba sentado con los servidores, calentándose junto al fuego.
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un testimonio contra Jesús, para poder condenarlo a muerte, pero no lo encontraban.
Porque se presentaron muchos con falsas acusaciones contra él, pero sus testimonios no concordaban.
Algunos declaraban falsamente contra Jesús:
"Nosotros lo hemos oído decir: 'Yo destruiré este Templo hecho por la mano del hombre, y en tres días volveré a construir otro que no será hecho por la mano del hombre'".
Pero tampoco en esto concordaban sus declaraciones.
El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie ante la asamblea, interrogó a Jesús: "¿No respondes nada a lo que estos atestiguan contra ti?".
El permanecía en silencio y no respondía nada. El Sumo Sacerdote lo interrogó nuevamente: "¿Eres el Mesías, el Hijo de Dios bendito?".
Jesús respondió: "Sí, yo lo soy: y ustedes verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir entre las nubes del cielo".
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó: "¿Qué necesidad tenemos ya de testigos?
Ustedes acaban de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?". Y todos sentenciaron que merecía la muerte.
Después algunos comenzaron a escupirlo y, tapándole el rostro, lo golpeaban, mientras le decían: "¡Profetiza!". Y también los servidores le daban bofetadas.
Mientras Pedro estaba abajo, en el patio, llegó una de las sirvientas del Sumo Sacerdote
y, al ver a Pedro junto al fuego, lo miró fijamente y le dijo: "Tú también estabas con Jesús, el Nazareno".
El lo negó, diciendo: "No sé nada; no entiendo de qué estás hablando". Luego salió al vestíbulo.
La sirvienta, al verlo, volvió a decir a los presentes: "Este es uno de ellos".
Pero él lo negó nuevamente. Un poco más tarde, los que estaban allí dijeron a Pedro: "Seguro que eres uno de ellos, porque tú también eres galileo".
Entonces él se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre del que estaban hablando.
En seguida cantó el gallo por segunda vez. Pedro recordó las palabras que Jesús le había dicho: "Antes que cante el gallo por segunda vez, tú me habrás negado tres veces". Y se puso a llorar.
En cuanto amaneció, los sumos sacerdotes se reunieron en Consejo con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín. Y después de atar a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato.
Este lo interrogó: "¿Tú eres el rey de los judíos?". Jesús le respondió: "Tú lo dices".
Los sumos sacerdotes multiplicaban las acusaciones contra él.
Pilato lo interrogó nuevamente: "¿No respondes nada? ¡Mira de todo lo que te acusan!".
Pero Jesús ya no respondió a nada más, y esto dejó muy admirado a Pilato.
En cada Fiesta, Pilato ponía en libertad a un preso, a elección del pueblo.
Había en la cárcel uno llamado Barrabás, arrestado con otros revoltosos que habían cometido un homicidio durante la sedición.
La multitud subió y comenzó a pedir el indulto acostumbrado.
Pilato les dijo: "¿Quieren que les ponga en libertad al rey de los judíos?".
El sabía, en efecto, que los sumos sacerdotes lo habían entregado por envidia.
Pero los sumos sacerdotes incitaron a la multitud a pedir la libertad de Barrabás.
Pilato continuó diciendo: "¿Qué debo hacer, entonces, con el que ustedes llaman rey de los judíos?".
Ellos gritaron de nuevo: "¡Crucifícalo!".
Pilato les dijo: "¿Qué mal ha hecho?". Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: "¡Crucifícalo!".
Pilato, para contentar a la multitud, les puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
Los soldados lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia.
Lo vistieron con un manto de púrpura, hicieron una corona de espinas y se la colocaron.
Y comenzaron a saludarlo: "¡Salud, rey de los judíos!".
Y le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando la rodilla, le rendían homenaje.
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron de nuevo sus vestiduras. Luego lo hicieron salir para crucificarlo.
Como pasaba por allí Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que regresaba del campo, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús.
Y condujeron a Jesús a un lugar llamado Gólgota, que significa: "lugar del Cráneo".
Le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero él no lo tomó.
Después lo crucificaron. Los soldados se repartieron sus vestiduras, sorteándolas para ver qué le tocaba a cada uno.
Ya mediaba la mañana cuando lo crucificaron.
La inscripción que indicaba la causa de su condena decía: "El rey de los judíos".
Con él crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Los que pasaban lo insultaban, movían la cabeza y decían: "¡Eh, tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar,
sálvate a ti mismo y baja de la cruz!".
De la misma manera, los sumos sacerdotes y los escribas se burlaban y decían entre sí: "¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo!
Es el Mesías, el rey de Israel, ¡que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos!". También lo insultaban los que habían sido crucificados con él.
Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde;
y a esa hora, Jesús exclamó en alta voz: "Eloi, Eloi, lamá sabactani", que significa: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?".
Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: "Está llamando a Elías".
Uno corrió a mojar una esponja en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña le dio de beber, diciendo: "Vamos a ver si Elías viene a bajarlo".
Entonces Jesús, dando un gran grito, expiró.
El velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
Al verlo expirar así, el centurión que estaba frente a él, exclamó: "¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!".
Había también allí algunas mujeres que miraban de lejos. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé,
que seguían a Jesús y lo habían servido cuando estaba en Galilea; y muchas otras que habían subido con él a Jerusalén.
Era día de Preparación, es decir, víspera de sábado. Por eso, al atardecer,
José de Arimatea -miembro notable del Sanedrín, que también esperaba el Reino de Dios- tuvo la audacia de presentarse ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús.
Pilato se asombró de que ya hubiera muerto; hizo llamar al centurión y le preguntó si hacía mucho que había muerto.
Informado por el centurión, entregó el cadáver a José.
Este compró una sábana, bajó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en ella y lo depositó en un sepulcro cavado en la roca. Después, hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro.
María Magdalena y María, la madre de José, miraban dónde lo habían puesto.”


REFLEXIÓN
UNCIÓN Y TRAICIÓN: Se abre el capítulo de la Pasión con una escena llena de belleza y de fuerza significativa, pero en contraste. Una mujer, quizá María, la hermana de Lázaro, expresa su devoción y su amor a Cristo rompiendo para él un frasco de alabastro y ungiendo su cabeza con nardo auténtico. Llama la atención la generosidad de este gesto. Si se midiera el valor por el precio, sería grande.  No siempre es así, claro. Dos reales también pueden significar muchísimo amor. Dos mil millones pueden estar vacíos de amor.
            Cristo interpreta la unción como un anticipo de su muerte, La  mujer, intuitiva, se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura. Es un  homenaje a mi muerte y un agradecimiento a mi vida. Todos la aplaudirán por los siglos.
SACRAMENTO Y PROFECÍA: En la Cena Jesús instituye el sacramento del amor. Es signo de comunión y de entrega. El pan partido y el vino ofrecido sirven para realizar la mayor unión entre Cristo y sus discípulos; sirven asimismo para significar su muerte, el cuerpo roto y la sangre derramada. Nadie tiene amor más grande.
            Pero la Eucaristía anuncia el banquete del Reino de Dios. Es  una profecía o anticipo del día en que podamos comer con Dios y comer enteramente a Dios, la comunión de la gloria.
            Pedro significa roca, que habla de fortaleza. Pedro era fuerte en su fe y su entusiasmo por Cristo, lo que pasaba era que se le iba la fuerza por la boca. Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca… Aunque tenga que morir contigo, yo no te negaré… “Estoy dispuesto a ir contigo hasta a la cárcel y la muerte”. Y era sincero en sus manifestaciones. Realmente Pedro creía y amaba con todas sus fuerzas a Jesús. Y no sólo eran sentimientos y palabras, sino que en ocasión echó mano de la espada para defender a su maestro. Huye con todos, poco después lo va siguiendo y se mezcla con sus enemigos.
EN UN HUERTO COMENZÓ EL DRAMA: Getsemaní es lucha del alma. El Hijo lucha con el Padre, como antiguamente Jacob. Lucha hasta dejarse vencer. Pero ¡qué duro! Es noche cerrada. Todas las luces se apagan. Agitado por los vientos fríos de la duda, del miedo y la tristeza. ¿Por qué y para qué? El tentador jugaba todas sus bazas. Y los discípulos no pueden ayudar, duermen, incapaces de sintonizar con el Maestro. ¡Qué distancia!. Y aunque el Padre parece estar sordo, Jesús grita.
PASIÓN. SILENCIO: Llueven sobre Jesús los golpes y las condenas. Golpes en la cara, en la cabeza, en todo su cuerpo. Bofetadas, escupitajos, azotes, espinas, clavos. Condenas: el sanedrín, Pilato y Herodes, el pueblo.
          Pero él callaba, sin dar respuesta.
          Jesús no contestó más.
ENTRA EN TU INTERIOR
EL GESTO SUPREMO
Jesús contó con la posibilidad de un final violento. No era un ingenuo. Sabía a qué se exponía si seguía insistiendo en el proyecto del reino de Dios. Era imposible buscar con tanta radicalidad una vida digna para los «pobres» y los «pecadores», sin provocar la reacción de aquellos a los que no interesaba cambio alguno.
Ciertamente, Jesús no es un suicida. No busca la crucifixión. Nunca quiso el sufrimiento ni para los demás ni para él. Toda su vida se había dedicado a combatirlo allí donde lo encontraba: en la enfermedad, en las injusticias, en el pecado o en la desesperanza. Por eso no corre ahora tras la muerte, pero tampoco se echa atrás.
Seguirá acogiendo a pecadores y excluidos aunque su actuación irrite en el templo. Si terminan condenándolo, morirá también él como un delincuente y excluido, pero su muerte confirmará lo que ha sido su vida entera: confianza total en un Dios que no excluye a nadie de su perdón.
Seguirá anunciando el amor de Dios a los últimos, identificándose con los más pobres y despreciados del imperio, por mucho que moleste en los ambientes cercanos al gobernador romano. Si un día lo ejecutan en el suplicio de la cruz, reservado para esclavos, morirá también él como un despreciable esclavo, pero su muerte sellará para siempre su fidelidad al Dios defensor de las víctimas
Lleno del amor de Dios, seguirá ofreciendo «salvación» a quienes sufren el mal y la enfermedad: dará «acogida» a quienes son excluidos por la sociedad y la religión; regalará el «perdón» gratuito de Dios a pecadores y gentes perdidas, incapaces de volver a su amistad. Ésta actitud salvadora que inspira su vida entera, inspirará también su muerte.
Por eso a los cristianos nos atrae tanto la cruz. Besamos el rostro del Crucificado, levantamos los ojos hacia él, escuchamos sus últimas palabras… porque en su crucifixión vemos el servicio último de Jesús al proyecto del Padre, y el gesto supremo de Dios entregando a su Hijo por amor a la humanidad entera.
Es indigno convertir la semana santa en folclore o reclamo turístico. Para los seguidores de Jesús celebrar la pasión y muerte del Señor es agradecimiento emocionado, adoración gozosa al amor «increíble» de Dios y llamada a vivir como Jesús solidarizándonos con los crucificados.
José Antonio Pagola
ORA EN TU INTERIOR
Estas realidades no son cosa del pasado. La Pasión y la Pascua se prolongan. Miramos al Cristo del siglo I y al Cristo del siglo XXI. La historia se repite, pero multiplicada por millones. “Masas dolientes y hambrientas a causa de la injusticia humana reclaman la victoria de la vida, la resurrección, la exaltación en el Reino de Dios, que está en marcha”.
            Está en marcha. El triunfo se ha anticipado en Jesucristo, pero no se ha completado. Seguimos, no recordando, sino celebrando y viviendo el drama. Porque sí, “en esperanza fuimos salvados” (Rom 8,24).
ORACIÓN
            Cristo Jesús, comienzan los misterios. Y entre los misterios, el gran misterio de la sin razón de la masa, que hoy te vitorea como rey y el viernes pedirá a gritos tu crucifixión. Pero el misterio principal es tu obediencia hasta la muerte, tu aceptación de ser un rey crucificado por el amor infinito que me tienes. Al pensar en las gentes que te aclaman hoy, quiero estar entre ellas, pero no seguirlas el viernes ante Pilato. Te doy gracias de corazón y te adoro como mi único Señor y Dios: esta Semana Santa te acompañaré en el Cenáculo, Getsemaní y el Calvario, y contigo espero celebrar tu triunfo sobre el pecado y la muerte, la Pascua definitiva que no pasa nunca.
Expliquemos el evangelio a los niños.
Imagen de Fano.
 
 

 

martes, 17 de marzo de 2015

22 DE MARZO: V DOMINGO DE CUARESMA.



“Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.”

22 DE MARZO

V DOMINGO DE CUARESMA

1ª Lectura: Jeremías 31,31-34

Haré una alianza nueva y no recordaré sus pecados.

Salmo 50

Oh Dios, crea en mí un corazón puro.

2ª Lectura: Hebreos 5,7-9

Aprendió a obedecer y se ha convertido en autor de salvación eterna.

EVANGELIO DEL DÍA

Juan 12,20-33

“En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; estos, acercándose A Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: “Señor, quisiéramos ver a Jesús”. Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará. Ahora mi alma está agitada, y, ¿qué diré? Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre”. Entonces vino una voz del cielo: “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”. La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: “esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí”. Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.”

Versión para América Latina,extraída de la biblia del Pueblo de Dios

“Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta, había unos griegos
que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: "Señor, queremos ver a Jesús".
Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús.
El les respondió: "Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado.
Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.
El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna.
El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre.
Mi alma ahora está turbada, ¿Y qué diré: 'Padre, líbrame de esta hora'? ¡Si para eso he llegado a esta hora!
¡Padre, glorifica tu Nombre!". Entonces se oyó una voz del cielo: "Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar".
La multitud que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: "Le ha hablado un ángel".
Jesús respondió: "Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes.
Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera;
y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí".
Jesús decía esto para indicar cómo iba a morir.”

REFLEXIÓN

            En este pórtico de la Pasión, destaca la estampa de Jesús suplicando al Padre con gritos y con lágrimas. Es otra versión de la noche de Getsemaní. Impresiona ver a Jesús agitado por la angustia y por el miedo. Nos impresiona este Jesús que llora y que grita al cielo.          
            Estamos acostumbrados a fijarnos más en la realidad divina de Cristo, que casi oscurece y debilita su dimensión humana. Nos parecía que Jesús sufría menos, porque estaba asistido e iluminado por su divinidad. Sería superhombre, sobrevolaría las debilidades humanas.
          Los gritos y las lágrimas de Jesús nos prueban la verdad de su Encarnación. Asume todo lo humano, como un hombre más. Asume nuestro peso y nuestro barro, nuestras pasiones y nuestras emociones, nuestras dudas y nuestros miedos. Por eso llora, grita y suplica. Que sí, que Cristo descendió hasta nuestros más oscuros infiernos.

          Nos prueban la verdad de la solidaridad. Cristo aprendió a sufrir, se identificó con todos los que han sufrido y sufrirán, con todos los que han llorado y han gritado, desde el justo Abel hasta el último caído, víctima del odio o del fanatismo.
          Nos prueban la verdad de la redención. Si el Hijo de Dios llora, no es sólo para compartir las lágrimas, sino para quitarles su amargor, convertidas así en aguas de purificación y en riego fecundo.

Unos griegos, que habían ido a la fiesta, pidieron ver a Jesús. Eran gentiles, y querían ver a Jesús. No era simple curiosidad, era interés. Querían escuchar sus palabras. Querían creer en él. Eso ya es un principio de fe. Vendrán muchos de Oriente y Occidente...
            Podría ser motivo de satisfacción para Jesús. Pero en ese momento Jesús se sintió nervioso. Vio con claridad que todo se cumplía, que lo suyo tocaba a su fin, que había llegado la hora. Hora de glorificación, sí, pero hora también de sufrimiento y de muerte. Será exaltado, sí, pero será también crucificado.
           Y Jesús se rompe, se viene abajo. Mi alma está agitada. Es sacudida por vientos contrarios. Las luces y las sombras luchan entre sí en su propio campo. El desencanto y la esperanza; la muerte y la vida, cuerpo a cuerpo, luchando en él.
           Entonces Jesús acude al Padre, como el niño que se siente indefenso. Padre, líbrame de esta hora, Padre, aparta de mí este cáliz. Es una lucha del hombre con Dios, como aquella de Jacob en Penuel a lo largo de la noche. Muchas veces la oración es una lucha con Dios, que mide sus fuerzas con nosotros. Si vence Dios, venceremos también nosotros. Pero si vencemos nosotros, perderemos todos. Al final, no debe ser Dios el que haga nuestra voluntad, sino nosotros la suya. No es lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú.
         La hora amarga es pasajera y el Padre hace sentir al Hijo su experiencia de gloria. Esta gloria es su amor, es el Espíritu Santo. El Espíritu llena a Jesús, lo consuela y conforta, lo llena de vida y de fruto. Como si le dijera: eres mi Hijo, estoy contigo, tus sufrimientos tienen sentido, tu sangre será redentora, tu muerte será principio de nueva vida, será la muerte de toda muerte. Te convertirás en la Pascua que no pasa, en la luz que no se apaga, en espiga de primavera, en meta de toda vía, en Resurrección.
        Serás elevado sobre la tierra, pero desde lo alto atraerás a todas las miradas y todos los corazones, serás señal luminosa y estandarte de salvación, serás fuente abierta de la gracia y arco iris amistoso; serás medicina de dolores y hoguera de amores, serás esperanza segura de salvación.
        Como sucedió en otras manifestaciones, los discípulos necesitaban un argumento de fe y una razón para la esperanza. Cuando lleguen los días oscuros, esta palabra les servirá de luz.
       Esto vale para nosotros cuando nos lleguen las horas difíciles. La Gloria de Cristo, su luz amorosa, se expande de manera permanente. Llega a todos los que creen en él.
       Puede que pasemos mucho tiempo en la noche y no veamos ni sintamos ni oigamos nada. Las lámparas se nos apagan, las tinieblas nos penetran y los vientos se vuelven contrarios. Es el momento de gritar y de rezar. Hasta que desde muy dentro Dios te haga sentir su presencia y te glorifique. Participarás así de la Pascua de Cristo.

ENTRA EN TU INTERIOR

ATRAIDOS POR EL CRUCIFICADO

Un grupo de «griegos», probablemente paganos, se acercan a los discípulos con una petición admirable: «Queremos ver a Jesús». Cuando se lo comunican, Jesús responde con un discurso vibrante en el que resume el sentido profundo de su vida. Ha llegado la hora. Todos, judíos y griegos, podrán captar muy pronto el misterio que se encierra en su vida y en su muerte: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».
Cuando Jesús sea alzado a una cruz y aparezca crucificado sobre el Gólgota, todos podrán conocer el amor insondable de Dios, se darán cuenta de que Dios es amor y sólo amor para todo ser humano. Se sentirán atraídos por el Crucificado. En él descubrirán la manifestación suprema del Misterio de Dios.
Para ello se necesita, desde luego, algo más que haber oído hablar de la doctrina de la redención. Algo más que asistir a algún acto religioso de la semana santa. Hemos de centrar nuestra mirada interior en Jesús y dejarnos conmover, al descubrir en esa crucifixión el gesto final de una vida entregada día a día por un mundo más humano para todos. Un mundo que encuentre su salvación en Dios.
Pero, probablemente a Jesús empezamos a conocerlo de verdad cuando, atraídos por su entrega total al Padre y su pasión por una vida más feliz para todos sus hijos, escuchamos aunque sea débilmente su llamada: «El que quiera servirme que me siga, y dónde esté yo, allí estará también mi servidor».
Todo arranca de un deseo de «servir» a Jesús, de colaborar en su tarea, de vivir sólo para su proyecto, de seguir sus pasos para manifestar, de múltiples maneras y con gestos casi siempre pobres, cómo nos ama Dios a todos. Entonces empezamos a convertirnos en sus seguidores.
Esto significa compartir su vida y su destino: «donde esté yo, allí estará mi servidor». Esto es ser cristiano: estar donde estaba Jesús, ocuparnos de lo que se ocupaba él, tener las metas que él tenía, estar en la cruz como estuvo él, estar un día a la derecha del Padre donde está él.
¿Cómo sería una Iglesia «atraída» por el Crucificado, impulsada por el deseo de «servirle» sólo a él y ocupada en las cosas en que se ocupaba él? ¿Cómo sería una Iglesia que atrajera a la gente hacia Jesús?

José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

La gloria de Cristo consiste en su amor entregado hasta el fin. La obediencia del Hijo hasta la muerte es lo que da gloria al Padre. El Nombre del Padre es glorificado cuando es amado. Y a la vez el Hijo se cubre de gloria subiendo amorosamente a la cruz. Es la victoria del amor a Dios y a los hombres, es donde más se ha amado; y no hay más gloria que la que viene del amor. Por eso, “lejos de gloriarme, sino es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gal 6,14). En pura teología decimos que la verdadera Gloria de Cristo es el Espíritu Santo.

ORACIÓN

Rezamos con el Evangelio (Rev. Orar, nº 155)
Queremos verte, Jesús.

          Es sólo un deseo, pero cuando los deseos son hermosos nos llevan a ti.
          El Espíritu es quien hace nacer los deseos en el corazón.
          A ti, Jesús, te gustan los deseos de quien quiere verte.
          Estás en las encrucijadas de los caminos por si alguien desvía sus pasos para hablar contigo.
          Cuando te encuentras con alguien que te busca, detienes tu camino y lo miras.
          Queremos verte, Jesús. Queremos conocerte.
          Queremos tener experiencia de tu amistad y participar de tu vida. Amén

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Fano.
 
 

 

martes, 10 de marzo de 2015

15 DE MARZO: CUARTO DOMINGO DE CUARESMA



“Dios mandó su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él.”
15 DE MARZO
CUARTO DOMINGO DE CUARESMA
DOMINGO “LAETARE”
1ª Lectura: 2 Crónicas 36,14-16.19-23
“La ira y la misericordia del Señor se manifiestan en la deportación y en la liberación del pueblo.”
Salmo: 136
Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti.
2ª Lectura: Efesios 2,4-10
Estando muertos por los pecados, nos has hecho vivir con Cristo.
EVANGELIO DEL DÍA
Juan 3,14-21
“Dijo Jesús a Nicodemo: Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.”
Versión para América Latina, Extraída de la Biblia del Pueblo de Dios
“Dijo Jesús:
De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto,
para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.
Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»
El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas.
Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas.
En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios. “
REFLEXIÓN
            A menudo vemos a personas que nos provocan admiración porque sus vidas son entregadas y comprometidas: aquellos padres jóvenes con hijos, que trabajan y tienen tiempo para estar con ellos, para jugar, para ayudarles a hacer los deberes, para enseñarlos a rezar; aquellos que cuidan a sus padres ancianos en casa o tantos voluntarios y personas que cuidan enfermos en centros diversos; aquellos que enseñan quién es Jesús, que enseñan a rezar y a vivir en cristiano, como los catequistas; aquellos que dan la vida en el sacerdocio o en la vida consagrada; aquellos que organizan actividades culturales, de ocio para bien de los niños y jóvenes; aquellos voluntarios que ayudan a los que no pueden avanzar en la vida, como se hace desde Cáritas.
            Todos ellos dan vida. Como lo vemos en Ciro, rey de Persia, que quiere edificar el templo de Jerusalén, después de la destrucción que la ciudad sufrió por parte de los caldeos. Quiere volver a dar esplendor allí donde ha habido violencia.
            Y es que sabemos suficientemente que el mal engendra más mal. Nos dice la primera lectura que los sacerdotes y el pueblo imitaban las abominables costumbres de las otras naciones. Y que acabaron mal.

            Si el mal se contagia también lo puede hacer el bien. Por esto todo el bien que podamos hacer ayudarán a dar vida a nuestro alrededor, a crear un ambiente favorable a la paz, al servicio, a la alegría, a la fe. Aunque parezca que no estén de moda, la sencillez, la bondad, la acogida, el servicio son admirados por la gente de hoy y provocan atracción.
            La verdad es que nos sería necesario destacar en el amor, ya que ésta es la gran característica de Dios. Esta realidad es la que engendra vida: “Por el gran amor que nos amó, estando nosotros muertos por nuestros pecados, nos ha hecho vivir con Cristo…”. Es muy cierto, el egoísmo y el orgullo provocan la muerte espiritual y la destrucción de nuestras vidas y relaciones.
            En cambio, la generosidad de Dios nos ha salvado. Él nos ha concedido el don de la fe y la salvación ha llegado a nuestras vidas, sencillamente por su gracia, no por ningún mérito nuestro.
            Dios no envió su Hijo para condenar al mundo, sino para salvarlo. Basta con aceptar esta salvación, esta propuesta de felicidad desde la fe. Dios no quiere que nadie se pierda, no quiere la tristeza ni el sinsentido en la vida. Por eso hoy debemos recordar que ya estamos salvados gracias a Cristo crucificado y Resucitado. La salvación ya ha llegado al mundo, pero nuestro esfuerzo está en abrir nuestro corazón y dejar que Cristo habite permanentemente en nosotros, y así vivir en la luz y la verdad.

ENTRA EN TU INTERIOR

DIOS AMA AL MUNDO
No es una frase más. Palabras que se pudieran eliminar del Evangelio, sin que nada importante cambiara. Es la afirmación que recoge el núcleo esencial de la fe cristiana. «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único». Este amor de Dios es el origen y el fundamento de nuestra esperanza.
«Dios ama al mundo». Lo ama tal como es. Inacabado e incierto. Lleno de conflictos y contradicciones. Capaz de lo mejor y de lo peor. Este mundo no recorre su camino solo, perdido y desamparado. Dios lo envuelve con su amor por los cuatro costados. Esto tiene consecuencias de la máxima importancia.
Primero, Jesús es, antes que nada, el «regalo» que Dios ha hecho al mundo, no sólo a los cristianos. Los investigadores pueden discutir sin fin sobre muchos aspectos de su figura histórica. Los teólogos pueden seguir desarrollando sus teorías más ingeniosas. Sólo quien se acerca a Jesucristo como el gran regalo de Dios, puede ir descubriendo en todos sus gestos, con emoción y gozo, la cercanía de Dios a todo ser humano.
Segundo. La razón de ser de la Iglesia, lo único que justifica su presencia en el mundo es recordar el amor de Dios. Lo ha subrayado muchas veces el Vaticano II: la Iglesia «es enviada por Cristo a manifestar y comunicar el amor de Dios a todos los hombres». Nada hay más importante. Lo primero es comunicar ese amor de Dios a todo ser humano.

Tercero. Según el evangelista, Dios hace al mundo ese gran regalo que es Jesús, «no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». Es muy peligroso hacer de la denuncia y la condena del mundo moderno todo un programa pastoral. Sólo con el corazón lleno de amor a todos, nos podemos llamar unos a otros a la conversión. Si las personas se sienten condenadas por Dios, no les estamos transmitiendo el mensaje de Jesús sino otra cosa: tal vez, nuestro resentimiento y enojo.
Cuarto. En estos momentos en que todo parece confuso, incierto y desalentador, nada nos impide a cada uno introducir un poco de amor en el mundo. Es lo que hizo Jesús. No hay que esperar a nada. ¿Por qué no va a haber en estos momentos hombres y mujeres buenos, que introducen entre nosotros amor, amistad, compasión, sensibilidad, justicia y ayuda a los que sufren…? Estos construyen la Iglesia de Jesús, la Iglesia del amor.
José Antonio Pagola
ORA EN TU INTERIOR
            A veces puede haber personas o actitudes que nos desorienten y nos lleven por caminos que no conduzcan a la felicidad. Nosotros tenemos una brújula, una persona, Jesucristo, con el que mantenemos una relación de amistad. Son luminosas unas palabras del Cardenal Ratzinger, poco antes de ser elegido Papa, referente a la fe: “Adulta y madura nos da el criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad. Hemos de madurar esta fe adulta. Y es esta fe, sólo la fe, la que crea unidad y se realiza en la caridad”.
            En Jesús encontramos, pues, la verdadera medida para caminar por la vida, la fusión entre la verdad y la caridad. Somos hijos de la luz cuando vivimos en la verdad. “En la medida en que nos acercamos a Cristo –decía el cardenal- también en nuestra vida verdad y caridad se funden. La caridad sin la verdad sería ciega, la verdad sin la caridad sería como un tambor estridente”. Es necesario encontrar este equilibrio y unir siempre la verdad y el amor.
ORACIÓN
            Señor, Jesús, tú eres la serpiente levantada en el desierto, a ti tengo que mirar para tener vida, para sanarme de las mordeduras de las serpientes abrasadoras que son mis pecados y mis miserias.
            Dame fuerzas para mirarte en la cruz, sin miedo. Dame fuerzas para no huir de ella, para no mirar desde lejos temiendo correr la misma suerte que tú, porque no es el discípulo más que su maestro.
            Quiero abrazarla y asumirla, fundirme con ella, como tú te fundiste para darme la vida y la alegría.
Expliquemos el Evangelio a los niños.
Imágenes de Fano.

 



martes, 3 de marzo de 2015

8 DE MARZO: III DOMINGO DE CUARESMA.




“Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”

8 DE MARZO

III DOMINGO DE CUARESMA

1ª Lectura: Éxodo 20,1-17

La Ley se dio por medio de Moisés.

Salmo 18

Señor, tú tienes palabras de vida eterna.

2ª Lectura: 1 Corintios 1,22-25

Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los hombres, pero, para los llamados, sabiduría de Dios.

EVANGELIO DE DÍA

Juan 2,13-25

“Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, les echó a todos del tempo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: “Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”. Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: “El celo de tu casa me devora”. Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: “¿Qué signos nos muestras para obrar así?”. Jesús contestó: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”. Los judíos replicaron: “Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días? Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la Palabra que había dicho Jesús. Mientras estaba en Jerusalén por la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos  y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro dé cada hombre”.

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios.

“Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén
y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas.
Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas
y dijo a los vendedores de palomas: "Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio".
Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá.
Entonces los judíos le preguntaron: "¿Qué signo nos das para obrar así?".
Jesús les respondió: "Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar".
Los judíos le dijeron: "Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?".
Pero él se refería al templo de su cuerpo.
Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.
Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba.
Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos
y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: él sabía lo que hay en el interior del hombre.”

REFLEXIÓN

            En esta Cuaresma podemos aprovechar este tiempo de gracia y de reconciliación para echar de nuestra vida todo aquello que no se aviene a la condición de hijos amados de Dios templos del Espíritu, y será preciso emplear para ello las herramientas de la Cuaresma: la plegaria, la limosna y el ayudo. Los medios más importantes: la eucaristía, el sacramento de la reconciliación, la Palabra de Dios, la vivencia de la caridad. Y por qué no recordar aquellas ayudas más humanas pero que con la gracia de Dios adquieren mucha fuerza: son las virtudes, actitudes firmes y estables que dan facilidad a nuestra vida, dominio y júbilo por llevar una vida buena, son las cardinales: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.
            Y aún están las virtudes teologales que fundamentan todas las virtudes y las arraigan en Dios: la esperanza y la caridad. Todas ellas mezcladas, bien empleadas y combinadas nos ayudan a vencer al mal y a hacer el bien, a amar de verdad a Dios y a los hermanos, siempre con ayuda de la gracia. En el fondo podemos decir que nos permiten vivir los diez mandamientos que nos recordaba la primera lectura de hoy.
            Los mandamientos ponen al descubierto nuestros errores, hacen que no nos acostumbremos al mal, que no nos acostumbremos a hacer nuestra voluntad sino la de Dios. Esta voluntad de Dios arraiga en nuestra humanidad: cumplir los mandamientos son consejos básicos, fundamentales. Si no, pensamos si hoy en día conviene respetar a los pobres, sobre todo cuando son ancianos, respetar la vida antes de nacer, o en las últimas etapas de una persona, dar a los demás lo que les corresponde, no robarlos, ser capaces de vivir en paz, sin querer tener más de lo que uno puede o querer aparentar aquello que uno no es…, y otras tantas realidades bien actuales.
            Los mandamientos nos conducirán a vivir las bienaventuranzas, que son realmente el camino que Jesús nos indica para llegar a la felicidad.
            La vivencia de la vida cristiana, y el cumplimiento de los diez mandamientos, están marcada por el amor a Dios. Si no, nos quedaríamos sólo en un plano moral frío y sin sentido. Por esto nos conviene ir adquiriendo el estilo de vida de aquel a quien seguimos: Jesucristo. Él lo hizo todo por amor a Dios y a la humanidad entera. Su estilo fue sencillez, de abajamiento, de obediencia al Padre, de entrega total, de pobreza. No podemos olvidar que este estilo marcó toda la existencia terrenal de Jesús, como recordamos en los dos grandes acontecimientos de su vida: en el nacimiento en Belén puesto en un pesebre y en su muerte en el Gólgota en una cruz.
            Seguimos a un Mesías crucificado, como nos decía la primera carta a los Corintios, que es un escándalo para los judíos y una necedad para los gentiles. Aún hoy, en mucha gente y a veces también en nosotros, se repite o bien el absurdo y la indiferencia hacia Jesús, o bien se sigue a un Cristo no crucificado, sino hecho a medida, utilizado para justificar las propias ideas. Cristo crucificado nos pide sencillez, obediencia, pobreza espiritual, ternura, perdón, fortaleza, renuncia, cariño…
            Ahora que celebramos la eucaristía no podemos más que admirarnos de nuevo al ver cómo Jesucristo se hace presente en la sencillez y la humildad de los signos del pan y el vino, y volvemos a contemplar el abajamiento de Dios por amor a todos.   

ENTRA EN TU INTERIOR
UN TEMPLO NUEVO

 Los cuatro evangelistas se hacen eco del gesto provocativo de Jesús expulsando del templo a «vendedores» de animales y «cambistas» de dinero. No puede soportar ver la casa de su Padre llena de gentes que viven del culto. A Dios no se le compra con «sacrificios».
Pero Juan, el último evangelista, añade un diálogo con los judíos en el que Jesús afirma de manera solemne que, tras la destrucción del templo, él «lo levantará en tres días». Nadie puede entender lo que dice. Por eso, el evangelista añade: «Jesús hablaba del templo de su cuerpo».
No olvidemos que Juan está escribiendo su evangelio cuando el templo de Jerusalén lleva veinte o treinta años destruido. Muchos judíos se sienten huérfanos. El templo era el corazón de su religión. ¿Cómo podrán sobrevivir sin la presencia de Dios en medio del pueblo?
 El evangelista recuerda a los seguidores de Jesús que ellos no han de sentir nostalgia del viejo templo. Jesús, «destruido» por las autoridades religiosas, pero «resucitado» por el Padre, es el «nuevo templo». No es una metáfora atrevida. Es una realidad que ha de marcar para siempre la relación de los cristianos con Dios.
 Para quienes ven en Jesús el nuevo templo donde habita Dios, todo es diferente. Para encontrarse con Dios, no basta entrar en una iglesia. Es necesario acercarse a Jesús, entrar en su proyecto, seguir sus pasos, vivir con su espíritu.
 En este nuevo templo que es Jesús, para adorar a Dios no basta el incienso, las aclamaciones ni las liturgias solemnes. Los verdaderos adoradores son aquellos que viven ante Dios «en espíritu y en verdad». La verdadera adoración consiste en vivir con el «Espíritu» de Jesús en la «Verdad» del Evangelio. Sin esto, el culto es «adoración vacía».
Las puertas de este nuevo templo que es Jesús están abiertas a todos. Nadie está excluido. Pueden entrar en él los pecadores, los impuros e, incluso, los paganos. El Dios que habita en Jesús es de todos y para todos. En este templo no se hace discriminación alguna. No hay espacios diferentes para hombres y para mujeres. En Cristo ya «no hay varón y mujer». No hay razas elegidas ni pueblos excluidos. Los únicos preferidos son los necesitados de amor y de vida. Necesitamos iglesias y templos para celebrar a Jesús como Señor, pero él es nuestro verdadero templo.
 José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

            Está muy claro que hacer el bien cuesta más que hacer el mal. Parece como si hacer el mal nos fuera más beneficioso, pero ya sabemos sus consecuencias. Las situaciones de mal están muy cercanas. Justamente hoy podemos tomar conciencia de que tenemos que ser valientes para luchar contra el mal y el egoísmo.
            Lo vemos en Jesús, en el evangelio de hoy. Expulsa del templo a los vendedores y cambistas que habían convertido el templo en un mercado. Aquello no podía ser, pero era. Se habían acostumbrado a que no pasara nada, y además era una fuente de riqueza para el templo. Y como ya se rezaba, no era necesario modificar nada. Jesús no admite el mal y la mentira introducidos en el templo porque no acepta que el mal se haya introducido en el interior de la persona humana, templo del Espíritu Santo.
            De ahí su reacción, que aún hoy nos sorprende. Pero, ante el mal, no podemos permanecer parados. Expresiones como: siempre lo hemos hecho, todo el mundo lo hace…, nos perjudica y no dejan avanzar nuestra vivencia cristiana, nos hacen caer en la mediocridad y son un retroceso.

ORACIÓN

            Señor, Padre de misericordia y origen de todo bien, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio a nuestros pecados, mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundido bajo el peso de las culpas.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Fano.