martes, 17 de marzo de 2015

22 DE MARZO: V DOMINGO DE CUARESMA.



“Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.”

22 DE MARZO

V DOMINGO DE CUARESMA

1ª Lectura: Jeremías 31,31-34

Haré una alianza nueva y no recordaré sus pecados.

Salmo 50

Oh Dios, crea en mí un corazón puro.

2ª Lectura: Hebreos 5,7-9

Aprendió a obedecer y se ha convertido en autor de salvación eterna.

EVANGELIO DEL DÍA

Juan 12,20-33

“En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; estos, acercándose A Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: “Señor, quisiéramos ver a Jesús”. Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará. Ahora mi alma está agitada, y, ¿qué diré? Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre”. Entonces vino una voz del cielo: “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”. La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: “esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí”. Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.”

Versión para América Latina,extraída de la biblia del Pueblo de Dios

“Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta, había unos griegos
que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: "Señor, queremos ver a Jesús".
Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús.
El les respondió: "Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado.
Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.
El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna.
El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre.
Mi alma ahora está turbada, ¿Y qué diré: 'Padre, líbrame de esta hora'? ¡Si para eso he llegado a esta hora!
¡Padre, glorifica tu Nombre!". Entonces se oyó una voz del cielo: "Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar".
La multitud que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: "Le ha hablado un ángel".
Jesús respondió: "Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes.
Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera;
y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí".
Jesús decía esto para indicar cómo iba a morir.”

REFLEXIÓN

            En este pórtico de la Pasión, destaca la estampa de Jesús suplicando al Padre con gritos y con lágrimas. Es otra versión de la noche de Getsemaní. Impresiona ver a Jesús agitado por la angustia y por el miedo. Nos impresiona este Jesús que llora y que grita al cielo.          
            Estamos acostumbrados a fijarnos más en la realidad divina de Cristo, que casi oscurece y debilita su dimensión humana. Nos parecía que Jesús sufría menos, porque estaba asistido e iluminado por su divinidad. Sería superhombre, sobrevolaría las debilidades humanas.
          Los gritos y las lágrimas de Jesús nos prueban la verdad de su Encarnación. Asume todo lo humano, como un hombre más. Asume nuestro peso y nuestro barro, nuestras pasiones y nuestras emociones, nuestras dudas y nuestros miedos. Por eso llora, grita y suplica. Que sí, que Cristo descendió hasta nuestros más oscuros infiernos.

          Nos prueban la verdad de la solidaridad. Cristo aprendió a sufrir, se identificó con todos los que han sufrido y sufrirán, con todos los que han llorado y han gritado, desde el justo Abel hasta el último caído, víctima del odio o del fanatismo.
          Nos prueban la verdad de la redención. Si el Hijo de Dios llora, no es sólo para compartir las lágrimas, sino para quitarles su amargor, convertidas así en aguas de purificación y en riego fecundo.

Unos griegos, que habían ido a la fiesta, pidieron ver a Jesús. Eran gentiles, y querían ver a Jesús. No era simple curiosidad, era interés. Querían escuchar sus palabras. Querían creer en él. Eso ya es un principio de fe. Vendrán muchos de Oriente y Occidente...
            Podría ser motivo de satisfacción para Jesús. Pero en ese momento Jesús se sintió nervioso. Vio con claridad que todo se cumplía, que lo suyo tocaba a su fin, que había llegado la hora. Hora de glorificación, sí, pero hora también de sufrimiento y de muerte. Será exaltado, sí, pero será también crucificado.
           Y Jesús se rompe, se viene abajo. Mi alma está agitada. Es sacudida por vientos contrarios. Las luces y las sombras luchan entre sí en su propio campo. El desencanto y la esperanza; la muerte y la vida, cuerpo a cuerpo, luchando en él.
           Entonces Jesús acude al Padre, como el niño que se siente indefenso. Padre, líbrame de esta hora, Padre, aparta de mí este cáliz. Es una lucha del hombre con Dios, como aquella de Jacob en Penuel a lo largo de la noche. Muchas veces la oración es una lucha con Dios, que mide sus fuerzas con nosotros. Si vence Dios, venceremos también nosotros. Pero si vencemos nosotros, perderemos todos. Al final, no debe ser Dios el que haga nuestra voluntad, sino nosotros la suya. No es lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú.
         La hora amarga es pasajera y el Padre hace sentir al Hijo su experiencia de gloria. Esta gloria es su amor, es el Espíritu Santo. El Espíritu llena a Jesús, lo consuela y conforta, lo llena de vida y de fruto. Como si le dijera: eres mi Hijo, estoy contigo, tus sufrimientos tienen sentido, tu sangre será redentora, tu muerte será principio de nueva vida, será la muerte de toda muerte. Te convertirás en la Pascua que no pasa, en la luz que no se apaga, en espiga de primavera, en meta de toda vía, en Resurrección.
        Serás elevado sobre la tierra, pero desde lo alto atraerás a todas las miradas y todos los corazones, serás señal luminosa y estandarte de salvación, serás fuente abierta de la gracia y arco iris amistoso; serás medicina de dolores y hoguera de amores, serás esperanza segura de salvación.
        Como sucedió en otras manifestaciones, los discípulos necesitaban un argumento de fe y una razón para la esperanza. Cuando lleguen los días oscuros, esta palabra les servirá de luz.
       Esto vale para nosotros cuando nos lleguen las horas difíciles. La Gloria de Cristo, su luz amorosa, se expande de manera permanente. Llega a todos los que creen en él.
       Puede que pasemos mucho tiempo en la noche y no veamos ni sintamos ni oigamos nada. Las lámparas se nos apagan, las tinieblas nos penetran y los vientos se vuelven contrarios. Es el momento de gritar y de rezar. Hasta que desde muy dentro Dios te haga sentir su presencia y te glorifique. Participarás así de la Pascua de Cristo.

ENTRA EN TU INTERIOR

ATRAIDOS POR EL CRUCIFICADO

Un grupo de «griegos», probablemente paganos, se acercan a los discípulos con una petición admirable: «Queremos ver a Jesús». Cuando se lo comunican, Jesús responde con un discurso vibrante en el que resume el sentido profundo de su vida. Ha llegado la hora. Todos, judíos y griegos, podrán captar muy pronto el misterio que se encierra en su vida y en su muerte: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».
Cuando Jesús sea alzado a una cruz y aparezca crucificado sobre el Gólgota, todos podrán conocer el amor insondable de Dios, se darán cuenta de que Dios es amor y sólo amor para todo ser humano. Se sentirán atraídos por el Crucificado. En él descubrirán la manifestación suprema del Misterio de Dios.
Para ello se necesita, desde luego, algo más que haber oído hablar de la doctrina de la redención. Algo más que asistir a algún acto religioso de la semana santa. Hemos de centrar nuestra mirada interior en Jesús y dejarnos conmover, al descubrir en esa crucifixión el gesto final de una vida entregada día a día por un mundo más humano para todos. Un mundo que encuentre su salvación en Dios.
Pero, probablemente a Jesús empezamos a conocerlo de verdad cuando, atraídos por su entrega total al Padre y su pasión por una vida más feliz para todos sus hijos, escuchamos aunque sea débilmente su llamada: «El que quiera servirme que me siga, y dónde esté yo, allí estará también mi servidor».
Todo arranca de un deseo de «servir» a Jesús, de colaborar en su tarea, de vivir sólo para su proyecto, de seguir sus pasos para manifestar, de múltiples maneras y con gestos casi siempre pobres, cómo nos ama Dios a todos. Entonces empezamos a convertirnos en sus seguidores.
Esto significa compartir su vida y su destino: «donde esté yo, allí estará mi servidor». Esto es ser cristiano: estar donde estaba Jesús, ocuparnos de lo que se ocupaba él, tener las metas que él tenía, estar en la cruz como estuvo él, estar un día a la derecha del Padre donde está él.
¿Cómo sería una Iglesia «atraída» por el Crucificado, impulsada por el deseo de «servirle» sólo a él y ocupada en las cosas en que se ocupaba él? ¿Cómo sería una Iglesia que atrajera a la gente hacia Jesús?

José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

La gloria de Cristo consiste en su amor entregado hasta el fin. La obediencia del Hijo hasta la muerte es lo que da gloria al Padre. El Nombre del Padre es glorificado cuando es amado. Y a la vez el Hijo se cubre de gloria subiendo amorosamente a la cruz. Es la victoria del amor a Dios y a los hombres, es donde más se ha amado; y no hay más gloria que la que viene del amor. Por eso, “lejos de gloriarme, sino es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gal 6,14). En pura teología decimos que la verdadera Gloria de Cristo es el Espíritu Santo.

ORACIÓN

Rezamos con el Evangelio (Rev. Orar, nº 155)
Queremos verte, Jesús.

          Es sólo un deseo, pero cuando los deseos son hermosos nos llevan a ti.
          El Espíritu es quien hace nacer los deseos en el corazón.
          A ti, Jesús, te gustan los deseos de quien quiere verte.
          Estás en las encrucijadas de los caminos por si alguien desvía sus pasos para hablar contigo.
          Cuando te encuentras con alguien que te busca, detienes tu camino y lo miras.
          Queremos verte, Jesús. Queremos conocerte.
          Queremos tener experiencia de tu amistad y participar de tu vida. Amén

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Fano.
 
 

 

martes, 10 de marzo de 2015

15 DE MARZO: CUARTO DOMINGO DE CUARESMA



“Dios mandó su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él.”
15 DE MARZO
CUARTO DOMINGO DE CUARESMA
DOMINGO “LAETARE”
1ª Lectura: 2 Crónicas 36,14-16.19-23
“La ira y la misericordia del Señor se manifiestan en la deportación y en la liberación del pueblo.”
Salmo: 136
Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti.
2ª Lectura: Efesios 2,4-10
Estando muertos por los pecados, nos has hecho vivir con Cristo.
EVANGELIO DEL DÍA
Juan 3,14-21
“Dijo Jesús a Nicodemo: Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.”
Versión para América Latina, Extraída de la Biblia del Pueblo de Dios
“Dijo Jesús:
De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto,
para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.
Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»
El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas.
Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas.
En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios. “
REFLEXIÓN
            A menudo vemos a personas que nos provocan admiración porque sus vidas son entregadas y comprometidas: aquellos padres jóvenes con hijos, que trabajan y tienen tiempo para estar con ellos, para jugar, para ayudarles a hacer los deberes, para enseñarlos a rezar; aquellos que cuidan a sus padres ancianos en casa o tantos voluntarios y personas que cuidan enfermos en centros diversos; aquellos que enseñan quién es Jesús, que enseñan a rezar y a vivir en cristiano, como los catequistas; aquellos que dan la vida en el sacerdocio o en la vida consagrada; aquellos que organizan actividades culturales, de ocio para bien de los niños y jóvenes; aquellos voluntarios que ayudan a los que no pueden avanzar en la vida, como se hace desde Cáritas.
            Todos ellos dan vida. Como lo vemos en Ciro, rey de Persia, que quiere edificar el templo de Jerusalén, después de la destrucción que la ciudad sufrió por parte de los caldeos. Quiere volver a dar esplendor allí donde ha habido violencia.
            Y es que sabemos suficientemente que el mal engendra más mal. Nos dice la primera lectura que los sacerdotes y el pueblo imitaban las abominables costumbres de las otras naciones. Y que acabaron mal.

            Si el mal se contagia también lo puede hacer el bien. Por esto todo el bien que podamos hacer ayudarán a dar vida a nuestro alrededor, a crear un ambiente favorable a la paz, al servicio, a la alegría, a la fe. Aunque parezca que no estén de moda, la sencillez, la bondad, la acogida, el servicio son admirados por la gente de hoy y provocan atracción.
            La verdad es que nos sería necesario destacar en el amor, ya que ésta es la gran característica de Dios. Esta realidad es la que engendra vida: “Por el gran amor que nos amó, estando nosotros muertos por nuestros pecados, nos ha hecho vivir con Cristo…”. Es muy cierto, el egoísmo y el orgullo provocan la muerte espiritual y la destrucción de nuestras vidas y relaciones.
            En cambio, la generosidad de Dios nos ha salvado. Él nos ha concedido el don de la fe y la salvación ha llegado a nuestras vidas, sencillamente por su gracia, no por ningún mérito nuestro.
            Dios no envió su Hijo para condenar al mundo, sino para salvarlo. Basta con aceptar esta salvación, esta propuesta de felicidad desde la fe. Dios no quiere que nadie se pierda, no quiere la tristeza ni el sinsentido en la vida. Por eso hoy debemos recordar que ya estamos salvados gracias a Cristo crucificado y Resucitado. La salvación ya ha llegado al mundo, pero nuestro esfuerzo está en abrir nuestro corazón y dejar que Cristo habite permanentemente en nosotros, y así vivir en la luz y la verdad.

ENTRA EN TU INTERIOR

DIOS AMA AL MUNDO
No es una frase más. Palabras que se pudieran eliminar del Evangelio, sin que nada importante cambiara. Es la afirmación que recoge el núcleo esencial de la fe cristiana. «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único». Este amor de Dios es el origen y el fundamento de nuestra esperanza.
«Dios ama al mundo». Lo ama tal como es. Inacabado e incierto. Lleno de conflictos y contradicciones. Capaz de lo mejor y de lo peor. Este mundo no recorre su camino solo, perdido y desamparado. Dios lo envuelve con su amor por los cuatro costados. Esto tiene consecuencias de la máxima importancia.
Primero, Jesús es, antes que nada, el «regalo» que Dios ha hecho al mundo, no sólo a los cristianos. Los investigadores pueden discutir sin fin sobre muchos aspectos de su figura histórica. Los teólogos pueden seguir desarrollando sus teorías más ingeniosas. Sólo quien se acerca a Jesucristo como el gran regalo de Dios, puede ir descubriendo en todos sus gestos, con emoción y gozo, la cercanía de Dios a todo ser humano.
Segundo. La razón de ser de la Iglesia, lo único que justifica su presencia en el mundo es recordar el amor de Dios. Lo ha subrayado muchas veces el Vaticano II: la Iglesia «es enviada por Cristo a manifestar y comunicar el amor de Dios a todos los hombres». Nada hay más importante. Lo primero es comunicar ese amor de Dios a todo ser humano.

Tercero. Según el evangelista, Dios hace al mundo ese gran regalo que es Jesús, «no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». Es muy peligroso hacer de la denuncia y la condena del mundo moderno todo un programa pastoral. Sólo con el corazón lleno de amor a todos, nos podemos llamar unos a otros a la conversión. Si las personas se sienten condenadas por Dios, no les estamos transmitiendo el mensaje de Jesús sino otra cosa: tal vez, nuestro resentimiento y enojo.
Cuarto. En estos momentos en que todo parece confuso, incierto y desalentador, nada nos impide a cada uno introducir un poco de amor en el mundo. Es lo que hizo Jesús. No hay que esperar a nada. ¿Por qué no va a haber en estos momentos hombres y mujeres buenos, que introducen entre nosotros amor, amistad, compasión, sensibilidad, justicia y ayuda a los que sufren…? Estos construyen la Iglesia de Jesús, la Iglesia del amor.
José Antonio Pagola
ORA EN TU INTERIOR
            A veces puede haber personas o actitudes que nos desorienten y nos lleven por caminos que no conduzcan a la felicidad. Nosotros tenemos una brújula, una persona, Jesucristo, con el que mantenemos una relación de amistad. Son luminosas unas palabras del Cardenal Ratzinger, poco antes de ser elegido Papa, referente a la fe: “Adulta y madura nos da el criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad. Hemos de madurar esta fe adulta. Y es esta fe, sólo la fe, la que crea unidad y se realiza en la caridad”.
            En Jesús encontramos, pues, la verdadera medida para caminar por la vida, la fusión entre la verdad y la caridad. Somos hijos de la luz cuando vivimos en la verdad. “En la medida en que nos acercamos a Cristo –decía el cardenal- también en nuestra vida verdad y caridad se funden. La caridad sin la verdad sería ciega, la verdad sin la caridad sería como un tambor estridente”. Es necesario encontrar este equilibrio y unir siempre la verdad y el amor.
ORACIÓN
            Señor, Jesús, tú eres la serpiente levantada en el desierto, a ti tengo que mirar para tener vida, para sanarme de las mordeduras de las serpientes abrasadoras que son mis pecados y mis miserias.
            Dame fuerzas para mirarte en la cruz, sin miedo. Dame fuerzas para no huir de ella, para no mirar desde lejos temiendo correr la misma suerte que tú, porque no es el discípulo más que su maestro.
            Quiero abrazarla y asumirla, fundirme con ella, como tú te fundiste para darme la vida y la alegría.
Expliquemos el Evangelio a los niños.
Imágenes de Fano.

 



martes, 3 de marzo de 2015

8 DE MARZO: III DOMINGO DE CUARESMA.




“Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”

8 DE MARZO

III DOMINGO DE CUARESMA

1ª Lectura: Éxodo 20,1-17

La Ley se dio por medio de Moisés.

Salmo 18

Señor, tú tienes palabras de vida eterna.

2ª Lectura: 1 Corintios 1,22-25

Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los hombres, pero, para los llamados, sabiduría de Dios.

EVANGELIO DE DÍA

Juan 2,13-25

“Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, les echó a todos del tempo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: “Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”. Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: “El celo de tu casa me devora”. Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: “¿Qué signos nos muestras para obrar así?”. Jesús contestó: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”. Los judíos replicaron: “Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días? Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la Palabra que había dicho Jesús. Mientras estaba en Jerusalén por la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos  y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro dé cada hombre”.

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios.

“Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén
y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas.
Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas
y dijo a los vendedores de palomas: "Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio".
Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá.
Entonces los judíos le preguntaron: "¿Qué signo nos das para obrar así?".
Jesús les respondió: "Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar".
Los judíos le dijeron: "Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?".
Pero él se refería al templo de su cuerpo.
Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.
Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba.
Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos
y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: él sabía lo que hay en el interior del hombre.”

REFLEXIÓN

            En esta Cuaresma podemos aprovechar este tiempo de gracia y de reconciliación para echar de nuestra vida todo aquello que no se aviene a la condición de hijos amados de Dios templos del Espíritu, y será preciso emplear para ello las herramientas de la Cuaresma: la plegaria, la limosna y el ayudo. Los medios más importantes: la eucaristía, el sacramento de la reconciliación, la Palabra de Dios, la vivencia de la caridad. Y por qué no recordar aquellas ayudas más humanas pero que con la gracia de Dios adquieren mucha fuerza: son las virtudes, actitudes firmes y estables que dan facilidad a nuestra vida, dominio y júbilo por llevar una vida buena, son las cardinales: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.
            Y aún están las virtudes teologales que fundamentan todas las virtudes y las arraigan en Dios: la esperanza y la caridad. Todas ellas mezcladas, bien empleadas y combinadas nos ayudan a vencer al mal y a hacer el bien, a amar de verdad a Dios y a los hermanos, siempre con ayuda de la gracia. En el fondo podemos decir que nos permiten vivir los diez mandamientos que nos recordaba la primera lectura de hoy.
            Los mandamientos ponen al descubierto nuestros errores, hacen que no nos acostumbremos al mal, que no nos acostumbremos a hacer nuestra voluntad sino la de Dios. Esta voluntad de Dios arraiga en nuestra humanidad: cumplir los mandamientos son consejos básicos, fundamentales. Si no, pensamos si hoy en día conviene respetar a los pobres, sobre todo cuando son ancianos, respetar la vida antes de nacer, o en las últimas etapas de una persona, dar a los demás lo que les corresponde, no robarlos, ser capaces de vivir en paz, sin querer tener más de lo que uno puede o querer aparentar aquello que uno no es…, y otras tantas realidades bien actuales.
            Los mandamientos nos conducirán a vivir las bienaventuranzas, que son realmente el camino que Jesús nos indica para llegar a la felicidad.
            La vivencia de la vida cristiana, y el cumplimiento de los diez mandamientos, están marcada por el amor a Dios. Si no, nos quedaríamos sólo en un plano moral frío y sin sentido. Por esto nos conviene ir adquiriendo el estilo de vida de aquel a quien seguimos: Jesucristo. Él lo hizo todo por amor a Dios y a la humanidad entera. Su estilo fue sencillez, de abajamiento, de obediencia al Padre, de entrega total, de pobreza. No podemos olvidar que este estilo marcó toda la existencia terrenal de Jesús, como recordamos en los dos grandes acontecimientos de su vida: en el nacimiento en Belén puesto en un pesebre y en su muerte en el Gólgota en una cruz.
            Seguimos a un Mesías crucificado, como nos decía la primera carta a los Corintios, que es un escándalo para los judíos y una necedad para los gentiles. Aún hoy, en mucha gente y a veces también en nosotros, se repite o bien el absurdo y la indiferencia hacia Jesús, o bien se sigue a un Cristo no crucificado, sino hecho a medida, utilizado para justificar las propias ideas. Cristo crucificado nos pide sencillez, obediencia, pobreza espiritual, ternura, perdón, fortaleza, renuncia, cariño…
            Ahora que celebramos la eucaristía no podemos más que admirarnos de nuevo al ver cómo Jesucristo se hace presente en la sencillez y la humildad de los signos del pan y el vino, y volvemos a contemplar el abajamiento de Dios por amor a todos.   

ENTRA EN TU INTERIOR
UN TEMPLO NUEVO

 Los cuatro evangelistas se hacen eco del gesto provocativo de Jesús expulsando del templo a «vendedores» de animales y «cambistas» de dinero. No puede soportar ver la casa de su Padre llena de gentes que viven del culto. A Dios no se le compra con «sacrificios».
Pero Juan, el último evangelista, añade un diálogo con los judíos en el que Jesús afirma de manera solemne que, tras la destrucción del templo, él «lo levantará en tres días». Nadie puede entender lo que dice. Por eso, el evangelista añade: «Jesús hablaba del templo de su cuerpo».
No olvidemos que Juan está escribiendo su evangelio cuando el templo de Jerusalén lleva veinte o treinta años destruido. Muchos judíos se sienten huérfanos. El templo era el corazón de su religión. ¿Cómo podrán sobrevivir sin la presencia de Dios en medio del pueblo?
 El evangelista recuerda a los seguidores de Jesús que ellos no han de sentir nostalgia del viejo templo. Jesús, «destruido» por las autoridades religiosas, pero «resucitado» por el Padre, es el «nuevo templo». No es una metáfora atrevida. Es una realidad que ha de marcar para siempre la relación de los cristianos con Dios.
 Para quienes ven en Jesús el nuevo templo donde habita Dios, todo es diferente. Para encontrarse con Dios, no basta entrar en una iglesia. Es necesario acercarse a Jesús, entrar en su proyecto, seguir sus pasos, vivir con su espíritu.
 En este nuevo templo que es Jesús, para adorar a Dios no basta el incienso, las aclamaciones ni las liturgias solemnes. Los verdaderos adoradores son aquellos que viven ante Dios «en espíritu y en verdad». La verdadera adoración consiste en vivir con el «Espíritu» de Jesús en la «Verdad» del Evangelio. Sin esto, el culto es «adoración vacía».
Las puertas de este nuevo templo que es Jesús están abiertas a todos. Nadie está excluido. Pueden entrar en él los pecadores, los impuros e, incluso, los paganos. El Dios que habita en Jesús es de todos y para todos. En este templo no se hace discriminación alguna. No hay espacios diferentes para hombres y para mujeres. En Cristo ya «no hay varón y mujer». No hay razas elegidas ni pueblos excluidos. Los únicos preferidos son los necesitados de amor y de vida. Necesitamos iglesias y templos para celebrar a Jesús como Señor, pero él es nuestro verdadero templo.
 José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

            Está muy claro que hacer el bien cuesta más que hacer el mal. Parece como si hacer el mal nos fuera más beneficioso, pero ya sabemos sus consecuencias. Las situaciones de mal están muy cercanas. Justamente hoy podemos tomar conciencia de que tenemos que ser valientes para luchar contra el mal y el egoísmo.
            Lo vemos en Jesús, en el evangelio de hoy. Expulsa del templo a los vendedores y cambistas que habían convertido el templo en un mercado. Aquello no podía ser, pero era. Se habían acostumbrado a que no pasara nada, y además era una fuente de riqueza para el templo. Y como ya se rezaba, no era necesario modificar nada. Jesús no admite el mal y la mentira introducidos en el templo porque no acepta que el mal se haya introducido en el interior de la persona humana, templo del Espíritu Santo.
            De ahí su reacción, que aún hoy nos sorprende. Pero, ante el mal, no podemos permanecer parados. Expresiones como: siempre lo hemos hecho, todo el mundo lo hace…, nos perjudica y no dejan avanzar nuestra vivencia cristiana, nos hacen caer en la mediocridad y son un retroceso.

ORACIÓN

            Señor, Padre de misericordia y origen de todo bien, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio a nuestros pecados, mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundido bajo el peso de las culpas.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes de Fano.



lunes, 23 de febrero de 2015

1 DE MARZO: II DOMINGO DE CUARESMA.



 
 
“Este es mi Hijo amado; escuchadlo.”

1 DE MARZO

II DOMINGO DE CUARESMA

1ª Lectura: Génesis 22,1-2.9-13.15-18

El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe.

Salmo 115

Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.

2ª Lectura: Romanos 8,31b-34

Dios no perdonó a su propio Hijo.

EVANGELIO DEL DÍA

Marcos 9,2-10

“Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Estaban asustados y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube: “Este es mi Hijo amado; escuchadlo”. De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: “No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”. Esto se les quedó grabado y discutían qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos”.

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios.

“Seis días después, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos.
Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas.
Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: "Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías".
Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor.
Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: "Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo".
De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos.
Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.
Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría "resucitar de entre los muertos".
REFLEXIÓN

            En nuestros días no es sencillo escuchar cómo Dios nos habla a cada uno, no es fácil prestarle atención. Pero la verdad es que Dios habla hoy con la misma fuerza que ayer. Pero para escucharlo tenemos que estar atentos y dejar de lado los ruidos internos y externos, esos ruidos que nos distraen, sobre todo ese ruido que llevamos dentro. Se trata, en este tiempo de Cuaresma, de disponernos a escuchar la voz de Dios y a seguir su llamada. Hoy, las lecturas, nos hablan de subir a la montaña, como Abrahán y Moisés, allí donde está la zarza ardiendo o donde está la nube, la presencia de Dios, donde se escucha la voz del Padre. Es un subir espiritual, dejar lo llano, lo seguro, la comodidad, y esforzarnos por acercarnos allí donde Dios está, en la paz, en el silencio, en la belleza.
            Disponer nuestra vida a la escucha de la Palabra de Dios será un excelente ejercicio cuaresmal, recomendable, sin embargo, para todo el año. Y es que Dios habla a cada uno, y seguramente nos sorprenderá aunque, de entrada, no lo atendamos o no lo aceptemos.
            Así lo vemos en Abrahán. Modelo de creyente, padre en la fe, él confía en Dios a pesar de no entender la petición que le hace: ante la dificultad de aceptar su voluntad no se echa para atrás, se deja llevar. Y en la montaña descubre cómo es Dios, no quiere sacrificios humanos porque Dios ama a la humanidad. Dios quiere el corazón del hombre. Un corazón que sepa entregarse, un corazón obediente, un corazón que deposite su esperanza en el Señor. Así la fe de Abrahán lleva a descubrir que Dios bendice a los creyentes, que Dios quiere lo mejor para los que aman y en él confían.

 
            Es verdad que nos dice san Pablo: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”. Aquel que descubre que Dios está en él, a su lado, que lo acompaña en el camino de la vida, va adquiriendo paz y serenidad incluso ante los problemas. Estos ya no son vistos como amenazas, sino como oportunidades para los que le aman y en él confían.
            Así no tenemos nada que temer. Los ojos del creyente ven ante todo lo bueno de los demás, de la vida, de la sociedad. Los ojos del creyente destacan mas lo que los acerca a Dios que no lo que les enturbia la vista. Las personas más creyentes que conozco son también personas que han tenido muchas dificultades, pero su confianza en Dios es más grande que sus problemas y por esto,  pesar de todo, se mantienen en una paz serena que maravilla.
            Vale la pena decirnos entre nosotros que el tener fe en Dios es una gran suerte, un don inmerecido de Dios. La fe da paz y coraje. No somos mejores que los que no la tienen o no la practican. Justamente sabemos que somos pecadores y que necesitamos la misericordia del Padre. En este tiempo cuaresmal lo recordamos especialmente y lo vivimos en el sacramento del perdón. Pero sin embargo, tener fe, nos hace decir a veces, como Pedro: “¡Qué bien se está aquí!”. Sí, sobre todo cuando experimentamos el amor de Dios en la oración y los sacramentos. Y está bien gozar de nuestra fe, gustarla, saborearla, agradecerla.
            Pedro, Santiago y Juan, en el monte Tabor estaban maravillados ante Jesús transfigurado. Se dan cuenta de que Jesús es el Hijo de Dios, ya que lo escuchan de la voz que sale de la nube: “Éste es mi Hijo amado, escuchadlo”.
            Quizá nuestro Tabor, el lugar donde decir “¡qué bien se está aquí!” y donde reconocemos al Hijo de Dios es la Eucaristía. En ella se nos dice: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor”. Sí, dichosos los que celebramos la Eucaristía, los que comulgamos, los que la gozamos, los que necesitamos celebrarla cada domingo con toda la comunidad. Es necesario subir a menudo a “la montaña”, es necesario celebrar la Eucaristía, es necesario escuchar la Palabra de Dios en el silencio y la paz de lao ración.
ENTRA EN TU INTERIOR
NO CONFUNDIR A JESÚS CON NADIE
 Según el evangelista, Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, los lleva aparte a una montaña, y allí «se transfigura delante de ellos». Son los tres discípulos que, al parecer, ofrecen mayor resistencia a Jesús cuando les habla de su destino doloroso de crucifixión.
 Pedro ha intentado incluso quitarle de la cabeza esas ideas absurdas. Los hermanos Santiago y Juan le andan pidiendo los primeros puestos en el reino del Mesías. Ante ellos precisamente se transfigurará Jesús. Lo necesitan más que nadie.
 La escena, recreada con diversos recursos simbólicos, es grandiosa. Jesús se les presenta «revestido» de la gloria del mismo Dios. Al mismo tiempo, Elías y Moisés, que según la tradición, han sido arrebatados a la muerte y viven junto a Dios, aparecen conversando con él. Todo invita a intuir la condición divina de Jesús, crucificado por sus adversarios, pero resucitado por Dios.
 Pedro reacciona con toda espontaneidad: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» No ha entendido nada. Por una parte, pone a Jesús en el mismo plano y al mismo nivel que a Elías y Moisés: a cada uno su tienda. Por otra parte, se sigue resistiendo a la dureza del camino de Jesús; lo quiere retener en la gloria del Tabor, lejos de la pasión y la cruz del Calvario.
 Dios mismo le va a corregir de manera solemne: «Éste es mi Hijo amado». No hay que confundirlo con nadie. «Escuchadle a él», incluso cuando os habla de un camino de cruz, que termina en resurrección.
 Sólo Jesús irradia luz. Todos los demás, profetas y maestros, teólogos y jerarcas, doctores y predicadores, tenemos el rostro apagado. No hemos de confundir a nadie con Jesús. Sólo él es el Hijo amado. Su Palabra es la única que hemos de escuchar. Las demás nos han de llevar a él.
 Y hemos de escucharla también hoy, cuando nos habla de «cargar la cruz» de estos tiempos. El éxito nos hace daño a los cristianos. Nos ha llevado incluso a pensar que era posible una Iglesia fiel a Jesús y a su proyecto del reino, sin conflictos, sin rechazo y sin cruz. Hoy se nos ofrecen más posibilidades de vivir como cristianos «crucificados». Nos hará bien. Nos ayudará a recuperar nuestra identidad cristiana.

José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

            Pero los apóstoles bajan de nuevo al llano. Vuelven a la realidad, al mundo. Aún tiene que llegar la pasión en Jerusalén. Mientras tanto descubren, ya que no acaban de comprender lo que Jesús le dice sobre la resurrección de los muertos.
            A nosotros, cuando acabamos la misa, se nos dice: “Podéis ir en paz”. Para decirnos que lo que hemos celebrado, lo que hemos escuchado, vivido y creído lo tenemos que compartir en nuestra vida cotidiana, lo tenemos que comunicar con sencillez, lo tenemos que testimoniar con nuestra vida. Y también nos tocarán momentos de cruz y de pasión, de incomprensión y de duda, pero ya sabemos de quien fiarnos, y esto nos ayudará a no desfallecer, a no echarnos atrás en el camino de la fe.

ORACIÓN

            Señor, da gusto ver a tus tres amigos en el tabor. ¡Qué pena verlos dormidos en Getsemaní! Pedro te había prometido que jamás te dejaría, que daría su vida por ti. Y ahí lo tienes dormido. Tú das en el clavo, porque conoces de qué barro nos hiciste: El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil. ¿Me das valor para estar siempre a tu lado? Así seré testigo de las maravillas que hay en tu vida, y oiré la voz del Padre. Este es mi Hijo amado, escuchadlo. Yo no soy muy diferente a Pedro a Santiago o a Juan, prometo muchas cosas y cumplo pocas, me quedo dormido en los mejores momentos y me entra miedo, mucho miedo cuando llega la tribulación o la persecución.
            Con tu Palabra como guía, y con tu Espíritu como fuerza y motor de mi vida, mi transfiguración en fiel discípulo tuyo está asegurada: es la salvación que tú ofreces por amor y yo acepto con gratitud.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imagen de Fano.

 

viernes, 30 de enero de 2015

MENSAJE DELPAPA FRANCISCO PARA LA CUARESMA 2015.




MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO

PARA LA CUARESMA 2015

Fortalezcan sus corazones (St 5,8)

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un «tiempo de gracia» (2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: «Nosotros amemos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Él no es indiferente a nosotros. Está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos. Cada uno de nosotros le interesa; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.

Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia.

La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.

Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre. En la encarnación, en la vida terrena, en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra. Y la Iglesia es como la mano que tiene abierta esta puerta mediante la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, el testimonio de la fe que actúa por la caridad (cf. Ga 5,6). Sin embargo, el mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él. Así, la mano, que es la Iglesia, nunca debe sorprenderse si es rechazada, aplastada o herida.

El pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo. Querría proponerles tres pasajes para meditar acerca de esta renovación.

1. «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26) – La Iglesia

La caridad de Dios que rompe esa cerrazón mortal en sí mismos de la indiferencia, nos la ofrece la Iglesia con sus enseñanzas y, sobre todo, con su testimonio. Sin embargo, sólo se puede testimoniar lo que antes se ha experimentado. El cristiano es aquel que permite que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él, siervo de Dios y de los hombres. Nos lo recuerda la liturgia del Jueves Santo con el rito del lavatorio de los pies. Pedro no quería que Jesús le lavase los pies, pero después entendió que Jesús no quería ser sólo un ejemplo de cómo debemos lavarnos los pies unos a otros. Este servicio sólo lo puede hacer quien antes se ha dejado lavar los pies por Cristo. Sólo éstos tienen “parte” con Él (Jn 13,8) y así pueden servir al hombre.

La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando recibimos los sacramentos, en particular la Eucaristía. En ella nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo. En él no hay lugar para la indiferencia, que tan a menudo parece tener tanto poder en nuestros corazones. Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás. «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).

La Iglesia es communio sanctorum porque en ella participan los santos, pero a su vez porque es comunión de cosas santas: el amor de Dios que se nos reveló en Cristo y todos sus dones. Entre éstos está también la respuesta de cuantos se dejan tocar por ese amor. En esta comunión de los santos y en esta participación en las cosas santas, nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos. Y puesto que estamos unidos en Dios, podemos hacer algo también por quienes están lejos, por aquellos a quienes nunca podríamos llegar sólo con nuestras fuerzas, porque con ellos y por ellos rezamos a Dios para que todos nos abramos a su obra de salvación.

2. «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9) – Las parroquias y las comunidades

Lo que hemos dicho para la Iglesia universal es necesario traducirlo en la vida de las parroquias y comunidades. En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada? (cf. Lc 16,19-31).

Para recibir y hacer fructificar plenamente lo que Dios nos da es preciso superar los confines de la Iglesia visible en dos direcciones.

En primer lugar, uniéndonos a la Iglesia del cielo en la oración. Cuando la Iglesia terrenal ora, se instaura una comunión de servicio y de bien mutuos que llega ante Dios. Junto con los santos, que encontraron su plenitud en Dios, formamos parte de la comunión en la cual el amor vence la indiferencia. La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en solitario. Los santos ya contemplan y gozan, gracias a que, con la muerte y la resurrección de Jesús, vencieron definitivamente la indiferencia, la dureza de corazón y el odio. Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos. Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia, escribía convencida de que la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima: «Cuento mucho con no permanecer inactiva en el cielo, mi deseo es seguir trabajando para la Iglesia y para las almas» (Carta 254,14 julio 1897).

 También nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos, así como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación. Su alegría por la victoria de Cristo resucitado es para nosotros motivo de fuerza para superar tantas formas de indiferencia y de dureza de corazón.

Por otra parte, toda comunidad cristiana está llamada a cruzar el umbral que la pone en relación con la sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados. La Iglesia por naturaleza es misionera, no debe quedarse replegada en sí misma, sino que es enviada a todos los hombres.

Esta misión es el testimonio paciente de Aquel que quiere llevar toda la realidad y cada hombre al Padre. La misión es lo que el amor no puede callar. La Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). Así podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo murió y resucitó. Lo que hemos recibido, lo hemos recibido también para ellos. E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad.

Queridos hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.

3. «Fortalezcan sus corazones» (St 5,8) – La persona creyente

También como individuos tenemos la tentación de la indiferencia. Estamos saturados de noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir. ¿Qué podemos hacer para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia?

En primer lugar, podemos orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial. No olvidemos la fuerza de la oración de tantas personas. La iniciativa 24 horas para el Señor, que deseo que se celebre en toda la Iglesia —también a nivel diocesano—, en los días 13 y 14 de marzo, es expresión de esta necesidad de la oración.

En segundo lugar, podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas, gracias a los numerosos organismos de caridad de la Iglesia. La Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro, con un signo concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma humanidad.

Y, en tercer lugar, el sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión, porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos. Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos.

Para superar la indiferencia y nuestras pretensiones de omnipotencia, quiero pedir a todos que este tiempo de Cuaresma se viva como un camino de formación del corazón, como dijo Benedicto XVI (Ct. enc. Deus caritas est, 31). Tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva, un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.

Por esto, queridos hermanos y hermanas, deseo orar con ustedes a Cristo en esta Cuaresma: “Fac cor nostrum secundum Cor tuum”: “Haz nuestro corazón semejante al tuyo” (Súplica de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús). De ese modo tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia.

Con este deseo, aseguro mi oración para que todo creyente y toda comunidad eclesial recorra provechosamente el itinerario cuaresmal, y les pido que recen por mí. Que el Señor los bendiga y la Virgen los guarde.

Vaticano, 4 de octubre de 2014

 Fiesta de san Francisco de Asís

 

Franciscus