miércoles, 21 de agosto de 2013

25 DE AGOSTO: XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (C)




“Esforzaos  en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos

Intentarán entrar y no podrán”


25 DE AGOSTO

 
XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO ©

 

1ª Lectura: Isaías 66,18-21

 
Salmo 116: Id al mundo entero y proclamad el evangelio.


2ª Lectura: Hebreos 12,5-7.11-13

 
PALABRA DEL DÍA

Lucas 12,22-30
 

“En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó: -Señor, ¿serán muchos los que se salven? Jesús les dijo: -Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: “Señor, ábrenos”, y él os replicará: “No sé quiénes sois.” Entonces comenzaréis a decir: “Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas.” Pero él os replicará: “No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados.” Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.”

Versión para América Latina extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras se dirigía a Jerusalén.

Una persona le preguntó: "Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?". El respondió:

"Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán.

En cuanto el dueño de casa se levante y cierre la puerta, ustedes, desde afuera, se pondrán a golpear la puerta, diciendo: 'Señor, ábrenos'. Y él les responderá: 'No sé de dónde son ustedes'.

Entonces comenzarán a decir: 'Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas'.

Pero él les dirá: 'No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!'.

Allí habrá llantos y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes sean arrojados afuera.

Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios.

Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos".

REFLEXIÓN

            A medida que Jesús avanzaba hacia Jerusalén, el tema de la entrada al Reino de Dios se iba agudizando. Para Jesús, se reducía el tiempo disponible para llamar a la conversión a su propio pueblo, conversión, que junto con el anuncio del Reino de Dios, no olvidemos, fue el núcleo fundamental de su predicación:

            “El Reino de Dios se acerca, convertíos y creed en el Evangelio...”

            También para los discípulos, se acercaba la hora del gran escándalo de la cruz.

            En este contexto no nos puede extrañar la pregunta que alguien le hizo: “¿Serán pocos los que se salven?”. Una pregunta pesimista, porque un optimista habría preguntado: “¿Serán muchos los que se salven?”.

            El tema de la salvación ha sido un tema recurrente dentro de la Iglesia, ha estado presente en nuestras catequesis, en nuestras predicaciones y en nuestros cultos, era como si durante nuestro peregrinar por este mundo tuviéramos que ir acumulando méritos.

            De ahí las exigencias de oír misa entera todos los domingos y fiestas de guardar, comulgar por Pascua florida y la creencia de que con esto, los nueve primeros viernes al Corazón de Jesús, los siete domingos de San José o recurrir a este o aquel santo, nos asegura la salvación.

            Contra esta forma de pensar va Jesucristo en el Evangelio de hoy.

            La respuesta que dio Jesús a aquel típico representante de la religión establecida, está, en primer lugar, dirigida al pueblo judío como tal, a quien Jesús le exige que entre, si quiere, por la puerta estrecha, la única que conduce al Reino.

            En efecto, es inútil pertenecer a la misma raza de Abraham y de Jesús, inútil practicar el culto y escuchar la Biblia si no se quiere aceptar la conversión del corazón y el cambio hacia una religión que toque la misma raíz del hombre.

            Y a la inversa: serán los paganos, los extraños, los que se sentarán a la mesa con los grandes profetas y patriarcas, conforme a los oráculos de los profetas del exilio, como nos recuerda la primera lectura de hoy: “Yo vendré, dice el Señor, para reunir a las naciones de toda lengua..., los que nunca oyeron mi fama ni vieron mi gloria; y anunciarán mi gloria a las naciones...”

            En segundo lugar, es evidente que al menos el espíritu de la respuesta de Jesús tiene mucho que ver con los que hoy somos cristianos y nos sentimos parte de la Iglesia.

            Por algo hoy se nos anuncia esta palabra en una celebración litúrgica que actualiza aquí y ahora la obra evangelizadora de Jesús.

            “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán.”.

            Hermanas y hermanos, sin el cambio de vida es todo inútil, podemos decir cómo le decían las gentes que lo escuchaban y lo seguían: “Hemos comido y bebido contigo y tú has predicado en nuestras plazas” y la respuesta será dura: “No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados”.

            Ya no hace falta discutir quién se salva y quién se condena, o si serán muchos o pocos los llamados al Reino.

            A quien hoy camina sobre la tierra se le deja su única y máxima preocupación: abandonar el esquema viejo del pecado y renovar su mente y su corazón.

            Es evidente que Dios tiene múltiples aminos para llegar a cada hombre, esté donde esté, y llamarlo a una vida más pura y digna. El reino de Dios no tiene fronteras ni prejuicios ni obstáculos insalvables, y bien puede hacer que los últimos sean los primeros, y los primeros los últimos.

            Tenemos que elegir la puerta estrecha que nos enfrenta con nuestra propia conciencia, desnudos de todo aparato mágico o estructuras que pretendan facilitarnos las cosas.

            La entrada al Reino no es más difícil para unos y más fácil para otros; es tan fácil o tan difícil –según se mire- como lo es la misma vida de cada uno, con sus continuas opciones, con sus tentaciones, con sus cambios, con sus choques y con sus crisis.

            La puerta del reino es la misma vida que se debe construir, paso a paso, creándola permanentemente, mejorándola, corrigiéndola, animada por el espíritu. Es la heroicidad del quehacer diario: la del obrero en su trabajo, la del ama de casa en su trajín diario, la del profesor con sus alumnos, la del enfermo con su dolor y la del anciano con su soledad.

            No hay gracia fácil y salvación fácil.

            Es mejor vivir fielmente cada día que preguntarnos por quiénes se salvarán.

            Es una puerta estrecha, muy estrecha.

            Porque una puerta estrecha es:

          Poner la otra mejilla.

          Perdonar setenta veces siete, perdonar siempre.

          Amar al enemigo.

          Buscar antes el interés de los del mal que el propio.

          Hacer nuestros los problemas, sufrimientos, alegrías y tristezas de los demás.

Es una puerta estrecha, pero la única posible.

Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Y la verdad que tenemos que creer, la vida que tenemos que vivir y el camino que tenemos que recorrer, es Jesús, Camino, Verdad y Vida.

Tenemos que empezar hoy a tomarnos a Dios en serio  si no lo hemos hecho ya.

 


ENTRA EN TU INTERIOR

NO TODO VALE        

Jesús va caminando hacia Jerusalén. Su marcha no es la de un peregrino que sube al templo para cumplir sus deberes religiosos. Según Lucas, Jesús recorre ciudades y aldeas “enseñando”. Hay algo que necesita comunicar a aquellas gentes: Dios es un Padre bueno que ofrece a todos su salvación. Todos son invitados a acoger su perdón.

Su mensaje sorprende a todos. Los pecadores se llenan de alegría al oírle hablar de la bondad insondable de Dios: también ellos pueden esperar la salvación. En los sectores fariseos, sin embargo, critican su mensaje y también su acogida a recaudadores, prostitutas y pecadores: ¿no está Jesús abriendo el camino hacia una relajación religiosa y moral inaceptable?

Según Lucas, un desconocido interrumpe su marcha y le pregunta por el número de los que se salvarán: ¿serán pocos?, ¿serán muchos?, ¿se salvarán todos?, ¿sólo los justos? Jesús no responde directamente a su pregunta. Lo importante no es saber cuántos se salvarán. Lo decisivo es vivir con actitud lúcida y responsable para acoger la salvación de ese Dios Bueno. Jesús se lo recuerda a todos: «Esforzaos por entrar por la puerta estrecha».

De esta manera, corta de raíz la reacción de quienes entienden su mensaje como una invitación al laxismo. Sería burlarse del Padre. La salvación no es algo que se recibe de manera irresponsable de un Dios permisivo. No es tampoco el privilegio de algunos elegidos. No basta ser hijos de Abrahán. No es suficiente haber conocido al Mesías.

Para acoger la salvación de Dios es necesario esforzarnos, luchar, imitar al Padre, confiar en su perdón. Jesús no rebaja sus exigencias: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso»; «No juzguéis y no seréis juzgados»; «Perdonad setenta veces siete» como vuestro Padre; «Buscad el reino de Dios y su justicia».

Para entender correctamente la invitación a «entrar por la puerta estrecha», hemos de recordar las palabras de Jesús que podemos leer en el evangelio de Juan: «Yo soy la puerta; si uno entra por mí será salvo» (Juan 10,9). Entrar por la puerta estrecha es «seguir a Jesús»; aprender a vivir como él; tomar su cruz y confiar en el Padre que lo ha resucitado.

En este seguimiento a Jesús, no todo vale, no todo da igual; hemos de responder al amor de Padre con fidelidad. Lo que Jesús pide no es rigorismo legalista, sino amor radical a Dios y al hermano. Por eso, su llamada es fuente de exigencia, pero no de angustia. Jesucristo es una puerta siempre abierta. Nadie la puede cerrar. Sólo nosotros si nos cerramos a su perdón.

                        José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR


Ocurre a menudo en los evangelios. Jesús no responde (al menos, aparentemente) a lo que se le pregunta. El que se acerca a Él está preocupado por la salvación. Posiblemente también (o más) por la suya. Su  pregunta tiene que ver con la “cantidad” ¿serán muchos o pocos? Pero Jesús responde, no a esta cuestión de la cantidad, sino a la de la “cualidad” ¿quiénes serán? La imagen de la puerta estrecha no significa que los que se salven serán pocos sino que es difícil entender quiénes serán. Pasar por una puerta estrecha es posible cuan do se tiene paciencia, incluso en el caso de aglomeraciones, aunque indudablemente. Requiere esfuerzos. Este es el sentido de las palabras de Jesús. Los que se salven van a ser precisamente los que los judíos no pensaban que se iban a salvar. Los  extranjeros, “los últimos” /”oriente y Occidente. Norte y Sur”) se van a sentar en la mesa del reino, junto a los patriarcas, mientras que los que se creen ya salvados por formar parte del pueblo de la promesa, “los primeros”, se quedarán fuera.

ORACIÓN

            Oh Dios, que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo, inspira a tu pueblo el amor a tus preceptos y la esperanza en tus promesas, para que, en medio de las vicisitudes del mundo,  nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes proporcionadas por Catholic.net

 
 
 
 

           

miércoles, 14 de agosto de 2013

18 DE AGOSTO: XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (C).



“He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!”

18 DE AGOSTO

XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO ©

Primera Lectura: Jeremías 38,4-6.8-10

Salmo 39: Señor, date prisa en socorrerme.

Segunda Lectura: Hebreos 12,1-4

PALABRA DEL DÍA

Lucas 12,49-53

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ‘y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”.

Versión para América Latina extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!

Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente!

¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división.

De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres:

el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra".

REFLEXIÓN

            Los domingos anteriores, centrados en el tema de la vigilancia, pusieron de relieve la seriedad con que el hombre debe asumir su vida; seriedad que no se opone a la alegría sino a la pereza y a la inconsciencia.

            Hoy, continuando con esta tónica de reflexión, Jesús afirma la seriedad con que él mismo asume su papel en la salvación humana. A medida que camina, el sendero se vuelve cada vez más estrecho y la hora del fuego se acerca.

            “He venido a prender fuego en el mundo…”

            En la predicación de Jesús el fuego ha sido relacionado casi siempre -refiriéndose a los tiempos mesiánicos- con el espíritu y con el bautismo, como si los tres elementos “espirituales” de la naturaleza: el viento, el agua y el fuego representarán, por sus propias características, la destrucción del mundo viejo y pecador y la instauración de un mundo nuevo. Por ello mismo, los tres elementos se relacionan simbólicamente con la muerte y con la regeneración, con el nacimiento y con la muerte. Ya el Bautista había predicado que Jesús traería un bautismo de fuego y espíritu, y hoy nos encontramos con un texto que, aunque breve, recoge esta interesante simbología relacionada con la obra y misión de Jesús en el mundo.

            El fuego mesiánico de Cristo no es otro que el mismo Reino de Dios que conlleva en sí un elemento destructor, no de la obra del hombre, sino del pecado. No puede surgir una nueva estructura de vida sí, previa o simultáneamente, no se destruye la estructura que oprime al hombre por dentro y por fuera.

            Bien nos lo recuerda hoy la Carta a los Hebreos: “Quitemos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos el el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, sin miedo a la ignominia… Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra lucha contra el pecado.”

            También Jesús tiene que sufrir ese bautismo de fuego; es la muerte en la cruz, allí quedará crucificado el pecado del mundo para que se sepulte bajo las cenizas la estructura de la ignominia, del vicio, del odio y de la muerte.

            ¿Y qué sucede si no se enciende este fuego? ¿Cuándo no está encendido?

            Cuando el cristianismo no es vivido como novedad original sino como un  agregado más de la sociedad, cuando convive sin oponerse con las estructuras que crean en la humanidad un estado de injusticia, de hambre, de violación de los derechos humanos, de violencia sobre los débiles, de cercenamiento de las libertades… No hay fuego cuando la Iglesia comparte calladamente el poder que oprime, que divide o que aplasta las conciencias. No hay fuego cuando todo sigue igual: con bautismo o sin bautismo; cuando los sacramentos de la confirmación, de la eucaristía, del matrimonio no significa más que un acto social, un papel sellado, una fiesta mundana.

            Bien lo recordaba Pablo: “No extingáis el fuego del Espíritu… Jesús ha encendido el fuego y suspira porque arda intensamente.

            Jesús ha encendido el fuego y hoy se nos invita a mantenerlo encendido. Un fuego que si está prendido dentro de la Iglesia debiera quemar tantas cosas viejas, tantos trastos inútiles, tantos organismos estériles, tanas palabras vacías.

            No he venido a traer la paz, sino división…

            Como muchas otras expresiones de Jesús, también ésta puede ser vista desde el contexto histórico y desde una perspectiva más universal.

            En el segundo caso, de mayor interés para nosotros, la expresión semita de Jesús, atrevida como todas las paradojas, pone de relieve la radicalidad del reino de Dios, que se constituye en el único absoluto en la vida del creyente.

            En efecto, si hay algo que une a los seres humanos entre sí, son los lazos de la sangre y de la raza. Tan cierto es esto, que la estructura social de todos los pueblos se cimenta sobre la íntima relación entre los miembros de cada familia y de las familias que tienen un mismo destino histórico entre sí. Como se suele decir: Patria y familia.

ENTRA EN TU INTERIOR

SIN FUEGO NO ES POSIBLE

En un estilo claramente profético, Jesús resume su vida entera con unas palabras insólitas: “Yo he venido a prender fuego en el mundo, y ¡ojalá estuviera ya ardiendo!”. ¿De qué está hablando Jesús? El carácter enigmático de su lenguaje conduce a los exegetas a buscar la respuesta en diferentes direcciones. En cualquier caso, la imagen del “fuego” nos está invitando a acercarnos a su misterio de manera más ardiente y apasionada.

El fuego que arde en su interior es la pasión por Dios y la compasión por los que sufren. Jamás podrá ser desvelado ese amor insondable que anima su vida entera. Su misterio no quedará nunca encerrado en fórmulas dogmáticas ni en libros de sabios. Nadie escribirá un libro definitivo sobre él. Jesús atrae y quema, turba y purifica. Nadie podrá seguirlo con el corazón apagado o con piedad aburrida.

Su palabra hace arder los corazones. Se ofrece amistosamente a los más excluidos, despierta la esperanza en las prostitutas y la confianza en los pecadores más despreciados, lucha contra todo lo que hace daño al ser humano. Combate los formalismos religiosos, los rigorismos inhumanos y las interpretaciones estrechas de la ley. Nada ni nadie puede encadenar su libertad para hacer el bien. Nunca podremos seguirlo viviendo en la rutina religiosa o el convencionalismo de “lo correcto”.

Jesús enciende los conflictos, no los apaga. No ha venido a traer falsa tranquilidad, sino tensiones, enfrentamiento y divisiones. En realidad, introduce el conflicto en nuestro propio corazón. No es posible defenderse de su llamada tras el escudo de ritos religiosos o prácticas sociales. Ninguna religión nos protegerá de su mirada. Ningún agnosticismo nos librará de su desafío. Jesús nos está llamando a vivir en verdad y a amar sin egoísmos.

Su fuego no ha quedado apagado al sumergirse en las aguas profundas de la muerte. Resucitado a una vida nueva, su Espíritu sigue ardiendo a lo largo de la historia. Los primeros seguidores lo sienten arder en sus corazones cuando escuchan sus palabras mientras camina junto a ellos.

¿Dónde es posible sentir hoy ese fuego de Jesús? ¿Dónde podemos experimentar la fuerza  de su libertad creadora? ¿Cuándo arden nuestros corazones al acoger su Evangelio? ¿Dónde se vive de manera apasionada siguiendo sus pasos? Aunque la fe cristiana parece extinguirse hoy entre nosotros, el fuego traído por Jesús al mundo sigue ardiendo bajo las cenizas. No podemos dejar que se apague. Sin fuego en el corazón no es posible seguir a Jesús.

 
José Antonio Pagola

 


 

ORA EN TU INTERIOR

            Liberar a esos oprimidos, anunciar a esos pobres la buena Noticia, proclamar a un Dios de gracia, serán las señas mesiánicas de Jesús. A lo largo de la historia, han sido muchos los seguidores fieles de Jesús que, con su vida y palabras proféticas, han prolongado el deseo de su señor, y les ha ardido el corazón en la tarea de construir el reino. Hacen posible que el mundo arda en llamas de amor, libertad y solidaridad hacia los últimos, hacia la periferia del mundo.

            Con esos deseos Jesús, con su vida entera, queremos comulgar quienes participamos en la eucaristía.

ORACIÓN FINAL

            Oh Dios, que has preparado bienes inefables para los que te aman, infunde tu amor en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas consigamos alcanzar tus promesas, que superan todo deseo.

 Expliquemos el Evangelio a los niños
Imágenes proporcionadas por Catholic.net
 
 
 

lunes, 12 de agosto de 2013

15 DE AGOSTO: SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA


 
-“¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”

15 DE AGOSTO

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA
 
     Solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María, Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo, que, consumado el curso de su vida en la tierra, fue elevada en cuerpo y alma a la gloria de los cielos. Esta verdad de fe, recibida de la tradición de la Iglesia, fue definida solemnemente por el Papa Pio XII.
 

1ª Lectura: Apocalipsis 11;19ª; 12,1-6ª.10ab

Salmo 44: De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.

2ª Lectura: Corintios 15,20-26

PALABRA DEL DÍA

Lucas 1.39-56

“Unos días después, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuando Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: -“¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

-Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como lo había prometido a nuestros padres – a favor de Abrahán y su descendencia por siempre.”

María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa”.

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá.

Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.

Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo,

exclamó: "¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!

¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?

Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno.

Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor".

María dijo entonces: "Mi alma canta la grandeza del Señor,

y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador,

porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz,

porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo!

Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen.

Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón.

Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes.

Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías.

Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia,

como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre".

María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.”


REFLEXIÓN

Cuando María entró en casa de Isabel, lo primero que escuchó fueron palabras de felicitación, comprendió  el profundo significado de tales palabras, y sus labios se abrieron para magnificar la obra divina. Reconoció que se cumplía en ella la promesa hecha por Dios a Abrahán y, sobre todo, cantó lo que descubría en la historia de su pueblo: Dios está con nosotros, presente en la vida de los hombres en sus luchas: “Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”  

Una muchacha, convertida en madre por la fuerza del Espíritu, entona el canto de la revolución, y el hijo que lleva en sus entrañas será el profeta de semejante conmoción. El himno de los pobres toma cuerpo en María, y el Espíritu repite en ella la conmovedora fidelidad de Dios, que viene a exaltar a los despreciados de la tierra. Dios se inclina hacia su humilde sierva, en adelante todas las generaciones la proclamarán bienaventurada.

“A los hambrientos los colma de bienes” ¡Ah!, María conoce ese hambre, ese deseo, esa pasión de vivir. Sin embargo, no creo que dijera “sí” a Dios porque estaba cansada de luchar. Todo lo contrario, precisamente porque Dios sabía que iba a encontrar en ella un hambre y una sed suficientes, por eso le pidió que llevara en su seno a su Hijo.

Esta es la revolución de Dios. Y a mí me alegra que esta revolución haya empezado por una joven que dijo sí. Yo sé, Señor, que tu revolución va mucho más allá que mi pobre lucha de hombre sin aliento. “A los hambrientos los colma de bienes” “Dichosos los  pobres porque de ellos es el Reino de los cielos”.

Si la asunción es el triunfo de la vida sobre la muerte, no deja de ser interesante que hoy fijemos los ojos en el cántico que María eleva a Dios, al descubrir su plan redentor.

            Efectivamente, el Magníficat es un canto de esperanza, puesto en labios de María por Lucas, pero que en realidad es proclamado por toda la comunidad que se siente salvada por Dios.

            En el Magníficat podemos ya descubrir la mística de la resurrección y de la persona: Dios libera a su pueblo de las guerras de la esclavitud y de la muerte, y lo resucita por su misericordia, venciendo a los poderosos opresores y ensalzando al humilde oprimido.

            Podemos suponer que esta María que canta el Magníficat es la comunidad-madre que, reflexionando sobre toda la historia, descubre en ella los pasos del Dios de la vida.

Seguramente que en un instante se cruzaron por la imaginación de María las horas difíciles que había vivido y las que le tocará vivir; como asimismo la historia de su pueblo, cómo había emigrado a Egipto acosado por el hambre y cómo había  terminado siendo explorado por los faraones; recordó entonces la gesta liberadora del éxodo y la entrada del pueblo en la tierra prometida, anuncio de una vida nueva.

María es la humilde pobre y humilde, es el pueblo que descubre la fuerza de Dios en su propia debilidad; es el pueblo que hace surgir de su seno al salvador; que saca fuerzas de su debilidad, que no se achica frente al grande, que no se humilla delante del rico o del poderoso; que no vende sus derechos por misiles atómicos ni prostituye sus mujeres por crédito.

Esta es la María que canta el Magníficat, que se alegra en su Dios Salvador porque la mirado su pequeñez y ha hecho de ella el brazo poderoso que destruye la opresión.

ENTRA EN TU INTERIOR

SEGUIDORA FIEL DE JESÚS

 Los evangelistas presentan a la Virgen con rasgos que pueden reavivar nuestra devoción a María, la Madre de Jesús. Su visión nos ayuda a amarla, meditarla, imitarla, rezarla y confiar en ella con espíritu nuevo y más evangélico.

 María es la gran creyente. La primera seguidora de Jesús. La mujer que sabe meditar en su corazón los hechos y las palabras de su Hijo. La profetisa que canta al Dios, salvador de los pobres, anunciado por él. La madre fiel que permanece junto a su Hijo perseguido, condenado y ejecutado en la cruz. Testigo de Cristo resucitado, que acoge junto a los discípulos al Espíritu que acompañará siempre a la Iglesia de Jesús.

 Lucas, por su parte, nos invita a hacer nuestro el canto de María, para dejarnos guiar por su espíritu hacia Jesús, pues en el "Magníficat"    brilla en todo su esplendor la fe de María y su identificación maternal con su Hijo Jesús.

 María comienza proclamando la grandeza de Dios: «mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava». María es feliz porque Dios ha puesto su mirada en su pequeñez. Así es Dios con los sencillos. María lo canta con el mismo gozo con que bendice Jesús al Padre, porque se oculta a «sabios y entendidos» y se revela a «los sencillos». La fe de María en el Dios de los pequeños nos hace sintonizar con Jesús.

 María proclama al Dios «Poderoso» porque «su misericordia llega a sus fieles de generación en generación». Dios pone su poder al servicio de la compasión. Su misericordia acompaña a todas las generaciones. Lo mismo predica Jesús: Dios es misericordioso con todos. Por eso dice a sus discípulos de todos los tiempos: «sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso». Desde su corazón de madre, María capta como nadie la ternura de Dios Padre y Madre, y nos introduce en el núcleo del mensaje de Jesús: Dios es amor compasivo.

 María proclama también al Dios de los pobres porque «derriba del trono a los poderosos» y los deja sin poder para seguir oprimiendo; por el contrario, «enaltece a los humildes» para que recobren su dignidad. A los ricos les reclama lo robado a los pobres y «los despide vacíos»; por el contrario, a los hambrientos «los colma de bienes»  para que disfruten de una vida más humana. Lo mismo gritaba Jesús: «los últimos serán los primeros». María nos lleva a acoger la Buena Noticia de Jesús: Dios es de los pobres.

 María nos enseña como nadie a seguir a Jesús, anunciando al Dios de la compasión, trabajando por un mundo más fraterno y confiando en el Padre de los pequeños.

 José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

            La María resucitada de las cenizas de la muerte es, sin embargo, más un símbolo que una realidad; o, si se prefiere, es una realidad que se abre paso lentamente a medida que crece la fe del pueblo en el Dios liberador.

            Contemplar a María triunfante, más que un grito de victoria, es el descubrimiento de todo el alcance y el significado de la fe en el mundo. La victoria que el hombre debe lograr sobre su egoísmo es posible; y es esta posibilidad la que hoy nos alienta.

            La Asunción de María, al igual que la resurrección de Cristo, subraya el optimismo cristiano: la paz es posible, la justicia es posible, el amor es posible… Pero también subrayan la lucha que supone todo proceso de liberación: nada se nos dará gratuitamente a espaldas de nuestra pereza.

            Optimismo esperanzador y responsabilidad liberadora: he ahí la síntesis de esta festividad.

            La Asunción es el triunfo de la fe sobre la muerte. Y por ese triunfo lucha la Iglesia, porque “para Dios nada es imposible”.

ORACIÓN FINAL

            Dios todopoderoso y eterno, que has elevado en cuerpo y alma a los cielos a la inmaculada Virgen María, Madre de tu Hijo, concédenos, te rogamos, que aspirando siempre a las realidades divinas lleguemos a participar con ella de su misma gloria en el cielo.