miércoles, 14 de agosto de 2013

18 DE AGOSTO: XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (C).



“He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!”

18 DE AGOSTO

XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO ©

Primera Lectura: Jeremías 38,4-6.8-10

Salmo 39: Señor, date prisa en socorrerme.

Segunda Lectura: Hebreos 12,1-4

PALABRA DEL DÍA

Lucas 12,49-53

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ‘y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”.

Versión para América Latina extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!

Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente!

¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división.

De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres:

el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra".

REFLEXIÓN

            Los domingos anteriores, centrados en el tema de la vigilancia, pusieron de relieve la seriedad con que el hombre debe asumir su vida; seriedad que no se opone a la alegría sino a la pereza y a la inconsciencia.

            Hoy, continuando con esta tónica de reflexión, Jesús afirma la seriedad con que él mismo asume su papel en la salvación humana. A medida que camina, el sendero se vuelve cada vez más estrecho y la hora del fuego se acerca.

            “He venido a prender fuego en el mundo…”

            En la predicación de Jesús el fuego ha sido relacionado casi siempre -refiriéndose a los tiempos mesiánicos- con el espíritu y con el bautismo, como si los tres elementos “espirituales” de la naturaleza: el viento, el agua y el fuego representarán, por sus propias características, la destrucción del mundo viejo y pecador y la instauración de un mundo nuevo. Por ello mismo, los tres elementos se relacionan simbólicamente con la muerte y con la regeneración, con el nacimiento y con la muerte. Ya el Bautista había predicado que Jesús traería un bautismo de fuego y espíritu, y hoy nos encontramos con un texto que, aunque breve, recoge esta interesante simbología relacionada con la obra y misión de Jesús en el mundo.

            El fuego mesiánico de Cristo no es otro que el mismo Reino de Dios que conlleva en sí un elemento destructor, no de la obra del hombre, sino del pecado. No puede surgir una nueva estructura de vida sí, previa o simultáneamente, no se destruye la estructura que oprime al hombre por dentro y por fuera.

            Bien nos lo recuerda hoy la Carta a los Hebreos: “Quitemos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos el el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, sin miedo a la ignominia… Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra lucha contra el pecado.”

            También Jesús tiene que sufrir ese bautismo de fuego; es la muerte en la cruz, allí quedará crucificado el pecado del mundo para que se sepulte bajo las cenizas la estructura de la ignominia, del vicio, del odio y de la muerte.

            ¿Y qué sucede si no se enciende este fuego? ¿Cuándo no está encendido?

            Cuando el cristianismo no es vivido como novedad original sino como un  agregado más de la sociedad, cuando convive sin oponerse con las estructuras que crean en la humanidad un estado de injusticia, de hambre, de violación de los derechos humanos, de violencia sobre los débiles, de cercenamiento de las libertades… No hay fuego cuando la Iglesia comparte calladamente el poder que oprime, que divide o que aplasta las conciencias. No hay fuego cuando todo sigue igual: con bautismo o sin bautismo; cuando los sacramentos de la confirmación, de la eucaristía, del matrimonio no significa más que un acto social, un papel sellado, una fiesta mundana.

            Bien lo recordaba Pablo: “No extingáis el fuego del Espíritu… Jesús ha encendido el fuego y suspira porque arda intensamente.

            Jesús ha encendido el fuego y hoy se nos invita a mantenerlo encendido. Un fuego que si está prendido dentro de la Iglesia debiera quemar tantas cosas viejas, tantos trastos inútiles, tantos organismos estériles, tanas palabras vacías.

            No he venido a traer la paz, sino división…

            Como muchas otras expresiones de Jesús, también ésta puede ser vista desde el contexto histórico y desde una perspectiva más universal.

            En el segundo caso, de mayor interés para nosotros, la expresión semita de Jesús, atrevida como todas las paradojas, pone de relieve la radicalidad del reino de Dios, que se constituye en el único absoluto en la vida del creyente.

            En efecto, si hay algo que une a los seres humanos entre sí, son los lazos de la sangre y de la raza. Tan cierto es esto, que la estructura social de todos los pueblos se cimenta sobre la íntima relación entre los miembros de cada familia y de las familias que tienen un mismo destino histórico entre sí. Como se suele decir: Patria y familia.

ENTRA EN TU INTERIOR

SIN FUEGO NO ES POSIBLE

En un estilo claramente profético, Jesús resume su vida entera con unas palabras insólitas: “Yo he venido a prender fuego en el mundo, y ¡ojalá estuviera ya ardiendo!”. ¿De qué está hablando Jesús? El carácter enigmático de su lenguaje conduce a los exegetas a buscar la respuesta en diferentes direcciones. En cualquier caso, la imagen del “fuego” nos está invitando a acercarnos a su misterio de manera más ardiente y apasionada.

El fuego que arde en su interior es la pasión por Dios y la compasión por los que sufren. Jamás podrá ser desvelado ese amor insondable que anima su vida entera. Su misterio no quedará nunca encerrado en fórmulas dogmáticas ni en libros de sabios. Nadie escribirá un libro definitivo sobre él. Jesús atrae y quema, turba y purifica. Nadie podrá seguirlo con el corazón apagado o con piedad aburrida.

Su palabra hace arder los corazones. Se ofrece amistosamente a los más excluidos, despierta la esperanza en las prostitutas y la confianza en los pecadores más despreciados, lucha contra todo lo que hace daño al ser humano. Combate los formalismos religiosos, los rigorismos inhumanos y las interpretaciones estrechas de la ley. Nada ni nadie puede encadenar su libertad para hacer el bien. Nunca podremos seguirlo viviendo en la rutina religiosa o el convencionalismo de “lo correcto”.

Jesús enciende los conflictos, no los apaga. No ha venido a traer falsa tranquilidad, sino tensiones, enfrentamiento y divisiones. En realidad, introduce el conflicto en nuestro propio corazón. No es posible defenderse de su llamada tras el escudo de ritos religiosos o prácticas sociales. Ninguna religión nos protegerá de su mirada. Ningún agnosticismo nos librará de su desafío. Jesús nos está llamando a vivir en verdad y a amar sin egoísmos.

Su fuego no ha quedado apagado al sumergirse en las aguas profundas de la muerte. Resucitado a una vida nueva, su Espíritu sigue ardiendo a lo largo de la historia. Los primeros seguidores lo sienten arder en sus corazones cuando escuchan sus palabras mientras camina junto a ellos.

¿Dónde es posible sentir hoy ese fuego de Jesús? ¿Dónde podemos experimentar la fuerza  de su libertad creadora? ¿Cuándo arden nuestros corazones al acoger su Evangelio? ¿Dónde se vive de manera apasionada siguiendo sus pasos? Aunque la fe cristiana parece extinguirse hoy entre nosotros, el fuego traído por Jesús al mundo sigue ardiendo bajo las cenizas. No podemos dejar que se apague. Sin fuego en el corazón no es posible seguir a Jesús.

 
José Antonio Pagola

 


 

ORA EN TU INTERIOR

            Liberar a esos oprimidos, anunciar a esos pobres la buena Noticia, proclamar a un Dios de gracia, serán las señas mesiánicas de Jesús. A lo largo de la historia, han sido muchos los seguidores fieles de Jesús que, con su vida y palabras proféticas, han prolongado el deseo de su señor, y les ha ardido el corazón en la tarea de construir el reino. Hacen posible que el mundo arda en llamas de amor, libertad y solidaridad hacia los últimos, hacia la periferia del mundo.

            Con esos deseos Jesús, con su vida entera, queremos comulgar quienes participamos en la eucaristía.

ORACIÓN FINAL

            Oh Dios, que has preparado bienes inefables para los que te aman, infunde tu amor en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas consigamos alcanzar tus promesas, que superan todo deseo.

 Expliquemos el Evangelio a los niños
Imágenes proporcionadas por Catholic.net
 
 
 

lunes, 12 de agosto de 2013

15 DE AGOSTO: SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA


 
-“¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”

15 DE AGOSTO

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA
 
     Solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María, Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo, que, consumado el curso de su vida en la tierra, fue elevada en cuerpo y alma a la gloria de los cielos. Esta verdad de fe, recibida de la tradición de la Iglesia, fue definida solemnemente por el Papa Pio XII.
 

1ª Lectura: Apocalipsis 11;19ª; 12,1-6ª.10ab

Salmo 44: De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.

2ª Lectura: Corintios 15,20-26

PALABRA DEL DÍA

Lucas 1.39-56

“Unos días después, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuando Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: -“¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

-Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como lo había prometido a nuestros padres – a favor de Abrahán y su descendencia por siempre.”

María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa”.

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá.

Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.

Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo,

exclamó: "¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!

¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?

Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno.

Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor".

María dijo entonces: "Mi alma canta la grandeza del Señor,

y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador,

porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz,

porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo!

Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen.

Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón.

Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes.

Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías.

Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia,

como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre".

María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.”


REFLEXIÓN

Cuando María entró en casa de Isabel, lo primero que escuchó fueron palabras de felicitación, comprendió  el profundo significado de tales palabras, y sus labios se abrieron para magnificar la obra divina. Reconoció que se cumplía en ella la promesa hecha por Dios a Abrahán y, sobre todo, cantó lo que descubría en la historia de su pueblo: Dios está con nosotros, presente en la vida de los hombres en sus luchas: “Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”  

Una muchacha, convertida en madre por la fuerza del Espíritu, entona el canto de la revolución, y el hijo que lleva en sus entrañas será el profeta de semejante conmoción. El himno de los pobres toma cuerpo en María, y el Espíritu repite en ella la conmovedora fidelidad de Dios, que viene a exaltar a los despreciados de la tierra. Dios se inclina hacia su humilde sierva, en adelante todas las generaciones la proclamarán bienaventurada.

“A los hambrientos los colma de bienes” ¡Ah!, María conoce ese hambre, ese deseo, esa pasión de vivir. Sin embargo, no creo que dijera “sí” a Dios porque estaba cansada de luchar. Todo lo contrario, precisamente porque Dios sabía que iba a encontrar en ella un hambre y una sed suficientes, por eso le pidió que llevara en su seno a su Hijo.

Esta es la revolución de Dios. Y a mí me alegra que esta revolución haya empezado por una joven que dijo sí. Yo sé, Señor, que tu revolución va mucho más allá que mi pobre lucha de hombre sin aliento. “A los hambrientos los colma de bienes” “Dichosos los  pobres porque de ellos es el Reino de los cielos”.

Si la asunción es el triunfo de la vida sobre la muerte, no deja de ser interesante que hoy fijemos los ojos en el cántico que María eleva a Dios, al descubrir su plan redentor.

            Efectivamente, el Magníficat es un canto de esperanza, puesto en labios de María por Lucas, pero que en realidad es proclamado por toda la comunidad que se siente salvada por Dios.

            En el Magníficat podemos ya descubrir la mística de la resurrección y de la persona: Dios libera a su pueblo de las guerras de la esclavitud y de la muerte, y lo resucita por su misericordia, venciendo a los poderosos opresores y ensalzando al humilde oprimido.

            Podemos suponer que esta María que canta el Magníficat es la comunidad-madre que, reflexionando sobre toda la historia, descubre en ella los pasos del Dios de la vida.

Seguramente que en un instante se cruzaron por la imaginación de María las horas difíciles que había vivido y las que le tocará vivir; como asimismo la historia de su pueblo, cómo había emigrado a Egipto acosado por el hambre y cómo había  terminado siendo explorado por los faraones; recordó entonces la gesta liberadora del éxodo y la entrada del pueblo en la tierra prometida, anuncio de una vida nueva.

María es la humilde pobre y humilde, es el pueblo que descubre la fuerza de Dios en su propia debilidad; es el pueblo que hace surgir de su seno al salvador; que saca fuerzas de su debilidad, que no se achica frente al grande, que no se humilla delante del rico o del poderoso; que no vende sus derechos por misiles atómicos ni prostituye sus mujeres por crédito.

Esta es la María que canta el Magníficat, que se alegra en su Dios Salvador porque la mirado su pequeñez y ha hecho de ella el brazo poderoso que destruye la opresión.

ENTRA EN TU INTERIOR

SEGUIDORA FIEL DE JESÚS

 Los evangelistas presentan a la Virgen con rasgos que pueden reavivar nuestra devoción a María, la Madre de Jesús. Su visión nos ayuda a amarla, meditarla, imitarla, rezarla y confiar en ella con espíritu nuevo y más evangélico.

 María es la gran creyente. La primera seguidora de Jesús. La mujer que sabe meditar en su corazón los hechos y las palabras de su Hijo. La profetisa que canta al Dios, salvador de los pobres, anunciado por él. La madre fiel que permanece junto a su Hijo perseguido, condenado y ejecutado en la cruz. Testigo de Cristo resucitado, que acoge junto a los discípulos al Espíritu que acompañará siempre a la Iglesia de Jesús.

 Lucas, por su parte, nos invita a hacer nuestro el canto de María, para dejarnos guiar por su espíritu hacia Jesús, pues en el "Magníficat"    brilla en todo su esplendor la fe de María y su identificación maternal con su Hijo Jesús.

 María comienza proclamando la grandeza de Dios: «mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava». María es feliz porque Dios ha puesto su mirada en su pequeñez. Así es Dios con los sencillos. María lo canta con el mismo gozo con que bendice Jesús al Padre, porque se oculta a «sabios y entendidos» y se revela a «los sencillos». La fe de María en el Dios de los pequeños nos hace sintonizar con Jesús.

 María proclama al Dios «Poderoso» porque «su misericordia llega a sus fieles de generación en generación». Dios pone su poder al servicio de la compasión. Su misericordia acompaña a todas las generaciones. Lo mismo predica Jesús: Dios es misericordioso con todos. Por eso dice a sus discípulos de todos los tiempos: «sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso». Desde su corazón de madre, María capta como nadie la ternura de Dios Padre y Madre, y nos introduce en el núcleo del mensaje de Jesús: Dios es amor compasivo.

 María proclama también al Dios de los pobres porque «derriba del trono a los poderosos» y los deja sin poder para seguir oprimiendo; por el contrario, «enaltece a los humildes» para que recobren su dignidad. A los ricos les reclama lo robado a los pobres y «los despide vacíos»; por el contrario, a los hambrientos «los colma de bienes»  para que disfruten de una vida más humana. Lo mismo gritaba Jesús: «los últimos serán los primeros». María nos lleva a acoger la Buena Noticia de Jesús: Dios es de los pobres.

 María nos enseña como nadie a seguir a Jesús, anunciando al Dios de la compasión, trabajando por un mundo más fraterno y confiando en el Padre de los pequeños.

 José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

            La María resucitada de las cenizas de la muerte es, sin embargo, más un símbolo que una realidad; o, si se prefiere, es una realidad que se abre paso lentamente a medida que crece la fe del pueblo en el Dios liberador.

            Contemplar a María triunfante, más que un grito de victoria, es el descubrimiento de todo el alcance y el significado de la fe en el mundo. La victoria que el hombre debe lograr sobre su egoísmo es posible; y es esta posibilidad la que hoy nos alienta.

            La Asunción de María, al igual que la resurrección de Cristo, subraya el optimismo cristiano: la paz es posible, la justicia es posible, el amor es posible… Pero también subrayan la lucha que supone todo proceso de liberación: nada se nos dará gratuitamente a espaldas de nuestra pereza.

            Optimismo esperanzador y responsabilidad liberadora: he ahí la síntesis de esta festividad.

            La Asunción es el triunfo de la fe sobre la muerte. Y por ese triunfo lucha la Iglesia, porque “para Dios nada es imposible”.

ORACIÓN FINAL

            Dios todopoderoso y eterno, que has elevado en cuerpo y alma a los cielos a la inmaculada Virgen María, Madre de tu Hijo, concédenos, te rogamos, que aspirando siempre a las realidades divinas lleguemos a participar con ella de su misma gloria en el cielo.

           

 

viernes, 9 de agosto de 2013

11 DE AGOSTO: XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (C)



“No temas, pequeño rebaño; porque vuestro Padre

Ha tenido a bien daros el reino.”

11 DE AGOSTO

XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO ©

1ª Lectura: Sabiduría 18,6-9

Salmo 32: “Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad”

2ª Lectura: Hebreos 11,1-2-8-19

PALABRA DEL DÍA

Lucas 12,32-48

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: No temas, pequeño rebaño; porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes, y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acercan los ladrones ni la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas: Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle, apenas venga y llame. Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela: os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y si llega entrada la noche o de madrugada, y los encuentra así, dichosos ellos. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis, viene el Hijo del Hombre. Pedro le  preguntó: -Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos? El Señor le respondió: -¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas? Dichoso el criado a quién su amo al llegar lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si el empleado piensa.: “Mi amo tarda en llegar, y empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y emborracharse; llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles. El criado que sabe lo que su amo quiere y está dispuesto a ponerlo por obra, recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos. Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá”.

Versión para América Latina extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino.

Vendan sus bienes y denlos como limosna. Háganse bolsas que no se desgasten y acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acerca el ladrón ni destruye la polilla.

Porque allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón.

Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas.

Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta.

¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlo.

¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!

Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa.

Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada".

Pedro preguntó entonces: "Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?".

El Señor le dijo: "¿Cuál es el administrador fiel y previsor, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno?

¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentre ocupado en este trabajo!

Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes.

Pero si este servidor piensa: 'Mi señor tardará en llegar', y se dedica a golpear a los servidores y a las sirvientas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse,

su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles.

El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo.

Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente. Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más.”

REFLEXIÓN

            Dos breves comparaciones de Jesús aluden a la necesidad de vigilar constantemente, sobre todo en los momentos más críticos de la vida. Cuando el joven dueño de la finca vuelva, avanzada la noche, después de haber celebrado su boda, los criados han de estar atentos para recibirle con los honores que corresponda. La misma vigilancia ha de mantener toda persona que sospeche que puede ser asaltada de noche por un ladrón.

            De la misma manera sucederá con el Hijo del Hombre; llegará como el novio o el ladrón en cualquier momento, en el más crítico, cuando uno menos se lo imagine. Entonces, no queda más remedio que estar preparados. Feliz el hombre que nunca baja su guardia.

            La parábola alude a que el hombre no es el dueño absoluto de su vida, sino tan sólo un administrador. En efecto, hemos recibido la vida de Dios, una vida que se relaciona con los demás miembros de la comunidad humana. Por lo tanto, ni cabe la pereza ni el derroche. Estamos en el mundo cumpliendo un servicio, que si es servicio al Reino de Dios, es por eso mismo, servicio a la humanidad. De ahí la responsabilidad histórica de cada hombre.

            La pereza es el pecado “profesional” del hombre: es negarse a ser más hombre, a crecer interiormente, a dar más, a soportar más a la comunidad. También es negarse o limitarse en la propia capacitación, tanto en el plano individual como en el familiar, profesional, cultural, etc.

            La bondad del hombre no radica en el slogan “no hacer mal a nadie”, sino en vivir intensamente la vida como un servicio positivo a la comunidad, de la misma forma que nosotros somos alguien porque otros hicieron algo positivo por nosotros.

            Ante la pregunta de los apóstoles, Jesús subraya que cada hombre debe administrar su existencia de tal modo que pueda sentirse responsable de su vida. Y no puede haber responsabilidad cuando otros organizan nuestra vida, o cuando hacemos algo sin saber por qué ni para qué. Entonces caemos en la postura de Marta, ahogada bajo el yugo de las cosas o de las circunstancias o de la estructuras.

            Por eso, el juicio del Señor no se dará solamente al final de la vida, sino que se va realizando en la medida en que el hombre se enfrenta consigo mismo y juzga sus actos según su proyecto, proyecto fundamental que justifica su paso por la tierra. No somos niños pequeños que esperan el último día de clase para saber si hemos aprobado o nos han suspendido. Un cristiano maduro tiene que adquirir la capacidad para sentirse aprobado o reprobado por su propia conciencia en la medida que se siente bien o mal consigo mismo. En esta fidelidad a uno mismo está el secreto de la vigilancia cristiana. El que no es capaz de asumirla, debe ser vigilado por otros que asumen su responsabilidad y deciden por él. Es hora de que los cristianos nos liberemos de la tutela y de la vigilancia “de nuestros padres y mayores” –en un sentido amplio- para asumir la plena responsabilidad de nuestra vida.

            Esta es la gran tarea de la educación cristiana, educación liberadora, y es, por lo mismo, tarea de nuestras celebraciones litúrgicas que también tienen que ser liberadoras.

ORA EN TU INTERIOR

LOS NECESITAMOS MÁS QUE NUNCA

Las primeras generaciones cristianas se vieron muy pronto obligadas a plantearse una cuestión decisiva. La venida de Cristo resucitado se retrasaba más de lo que habían pensado en un comienzo. La espera se les hacía larga. ¿Cómo mantener viva la esperanza? ¿Cómo no caer en la frustración, el cansancio o el desaliento?

 En los evangelios encontramos diversas exhortaciones, parábolas y llamadas que sólo tienen un objetivo: mantener viva la responsabilidad de las comunidades cristianas. Una de las llamadas más conocidas dice así: «Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas». ¿Qué sentido pueden tener estas palabras para nosotros, después de veinte siglos de cristianismo?

 Las dos imágenes son muy expresivas. Indican la actitud que han de tener los criados que están esperando de noche a que regrese su señor, para abrirle el portón de la casa en cuanto llame. Han de estar con «la cintura ceñida», es decir, con la túnica arremangada para poder moverse y actuar con agilidad. Han de estar con «las lámparas encendidas» para tener la casa iluminada y mantenerse despiertos.

 Estas palabras de Jesús son también hoy una llamada a vivir con lucidez y responsabilidad, sin caer en la pasividad o el letargo. En la historia de la Iglesia hay momentos en que se hace de noche. Sin embargo, no es la hora de apagar las luces y echarnos a dormir. Es la hora de reaccionar, despertar nuestra fe y seguir caminando hacia el futuro, incluso en una Iglesia vieja y cansada.

 Uno de los obstáculos más importantes para impulsar la transformación que necesita hoy la Iglesia es la pasividad generalizada de los cristianos. Desgraciadamente, durante muchos siglos los hemos educado, sobre todo, para la sumisión y la pasividad. Todavía hoy, a veces parece que no los necesitamos para pensar, proyectar y promover caminos nuevos de fidelidad hacia Jesucristo.

 Por eso, hemos de valorar, cuidar y agradecer el despertar de una nueva conciencia en muchos laicos y laicas que viven hoy su adhesión a Cristo y su pertenencia a la Iglesia de un modo lúcido y responsable. Es, sin duda, uno de los frutos más valiosos del Vaticano II, primer concilio que se ha ocupado directa y explícitamente de ellos.

 Estos creyentes pueden ser hoy el fermento de unas parroquias y comunidades renovadas en torno al seguimiento fiel a Jesús. Son el mayor potencial del cristianismo. Los necesitamos más que nunca para construir una Iglesia abierta a los problemas del mundo actual, y cercana a los hombres y mujeres de hoy.

 José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

            Como creyentes, nuestra forma de estar en el mundo es la de ser testigos de una experiencia de encuentro con el crucificado resucitado: Jesús está vivo. Y los que nos miran nos han de ver como, los buscadores de una vida coherente con esa experiencia, que la explicitamos en los ambientes que vivimos y en las tareas que realizamos y que algunos de los que están a nuestro lado acogen esa buena Noticia y se disponen a vivirla.

            Esto supone hoy, en el contexto de una nueva ciudad cada día más anónima, secularizada e indiferente ante las grandes preguntas de sentido y aplastada por los medios de comunicación manipuladores y aplastantes del protagonismo de las personas, la creación de un nuevo marco de comunidades creyentes.

ORACIÓN FINAL

            Dios todopoderoso y eterno, a quien podemos llamar Padre, aumenta en nuestros corazones el espíritu filial, para que merezcamos alcanzar la herencia prometida.

Expliquemos el Evangelio a los niños

Imágenes proporcionadas por Catholic.net