martes, 4 de febrero de 2014

9 DE FEBRERO: V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (A).



“Vosotros sois la luz del mundo…”

9 DE FEBRERO

V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (A)

1ª Lectura: Isaías 58,7-10

Romperá tu luz como la aurora.

Salmo 111

El justo brilla en las tinieblas como una luz.

2ª Lectura: 1 Corintios 2,1-5

Os anuncié el misterio de Cristo crucificado.

PALABRA DEL DÍA

Mateo 5,13-16

“En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla afuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo”.

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.

Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña.

Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.

Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo”.

REFLEXIÓN

            El evangelio de este V Domingo Ordinario, nos da una respuesta a través de dos símbolos sobre cuyo significado no hará falta hacer grandes especulaciones.

            El cristiano está llamado, en primer lugar, a ser sal de la tierra. Con la sal damos sabor a las comidas. De lo que se desprende que el cristiano está llamado a dar sabor a la vida.

La etimología de las palabras nos puede ayudar a comprender mejor lo que esto pueda significar. Las palabras sabor y sabiduría tienen la misma raíz lingüística: así como existe el sabor de los alimentos, existe el sabor de la vida. Lo que le da gusto o sentido a la vida, la sabiduría; es decir: aprender a vivir como personas. El arte no sólo de hacer las cosas, sino de hacerlas con espíritu, con alegría, con dignidad, con conciencia, con responsabilidad.

También hemos dicho que Jesús es presentado en los evangelios, antes que nada, como el verdadero sabio que nos ayuda a descubrir la honda raíz de la vida y hacia donde dirige sus fuerzas la energía del árbol para que trascienda al oscuro seno que le dio origen.

Desde esta perspectiva, el Evangelio es la sabiduría del hombre nuevo en Cristo; es el arte de vivir gozando y disfrutando de la vida, como se goza y se disfruta al comer un alimento bien preparado.

Basta poca sal para que la comida tenga sabor; el exceso de la misma es perjudicial, pues lo importante no es comer sal sino comida con sabor… ¿Qué nos dice esto? Pues que no nos abarrotemos de religión (en el sentido común de la palabra) sino de vida impregnada de sabor evangélico. El evangelio mismo se orienta hacia la vida del hombre, verdadero objetivo a conseguir.

La crisis del cristianismo occidental tiene entre otros motivos éste: una verdadera inflación religiosa… Según el evangelio de hoy, parece que es a la inversa: la religión (sal) debe estar para que el hombre viva. Si sirve para eso, sirve para algo. De lo contrario, según Jesús, “no sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente”.

También nos llama la atención que la sal, al ser desparramada en el alimento, se pierde en él, se diluye humildemente obrando en forma imperceptible y poco espectacular.

Ya sabemos que así obra el Reino de Dios, como semilla, como levadura; verdadera energía que presiona desde dentro para que la masa sea grande y fructifique. La sal, como la levadura, son dos productos esencialmente humildes.

Fácil es extraer la consecuencia: cristianos, no busquemos nuestro éxito ni el triunfo. Busquemos el crecimiento del hombre y de la sociedad. Procuremos que la historia se desarrolle sin que se nos aplauda o se nos haga reverencias. Si tenemos fe, sirvamos a la energía del Reino que ya está dentro del mundo y que, en último caso, ni siquiera nos necesita a nosotros para desplegar su fuerza.

El símbolo de la luz es más conocido por nosotros. Todo el evangelio de Juan gira a su alrededor, y con no menos fuerza lo hace Mateo. La luz es un símbolo más rico y complejo que la sal, más difícil de definir.

Cuando Jesús habla de la luz, lo hace según el espíritu de los grandes profetas que no habían sido ajenos a este simbolismo, especialmente Isaías, el gran modelo de los evangelistas.

El texto de Isaías, primera lectura de hoy, nos ayuda a aterrizar en esto de la luz.

¿Cuándo brillará tu luz en las tinieblas?, pregunta el profeta. ¿Cuándo romperá tu luz como la aurora?

Y He aquí su insólita respuesta: cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia; cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente; cuando hospedes al pobre sin techo y vistas al que va desnudo…

A esto se refiere Jesús cuando concluye: “Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.”

En la medida en que los hombres vean que los que se dicen creyentes proyectan la luz de la liberación total, sin restricciones de ninguna especie, en esa misma medida darán gloria al Padre. La liberación es el signo de la presencia de Dios que reina entre los hombres; es la manifestación de que su Reino no sólo está cerca, sino que está “dentro de nosotros”.

ENTRA EN TU INTERIOR

CARA Y CRUZ DE LA SAL Y DE LA LUZ

 Si los discípulos viven las bienaventuranzas, su vida tendrá una proyección social. Es Jesús mismo quien se lo dice empleando dos metáforas inolvidables. Aunque parecen un grupo insignificante en medio de aquel poderoso imperio controlado por Roma, serán «sal de la tierra» y «luz del mundo».

¿No es una pretensión ridícula? Jesús les explica cómo será posible. La sal no parece gran cosa, pero comienza a producir sus efectos, precisamente, cuando se mezcla con los alimentos y parece que ha desaparecido. Lo mismo sucede cuando se enciende una luz: sólo puede iluminar cuando la ponemos en medio de las tinieblas.

 Jesús no está pensando en una Iglesia separada del mundo, escondida tras sus ritos y doctrinas, encerrada en sí misma y en sus problemas. Jesús quiere introducir en la historia humana un grupo de seguidores, capaces de transformar la vida viviendo las bienaventuranzas.

 Todos sabemos para qué sirve la sal. Por una parte, no deja que los alimentos se corrompan. Por otra, les da sabor y permite que los podamos saborear mejor. Los alimentos son buenos, pero se pueden corromper; tienen sabor, pero nos pueden resultar insípidos. Es necesaria la sal.

 El mundo no es malo, pero lo podemos echar a perder. La vida tiene sabor, pero nos puede resultar insulsa y desabrida. Una Iglesia que vive las bienaventuranzas contribuye a que la sociedad no se corrompa y deshumanice más. Unos discípulos de Jesús que viven su evangelio ayudan a descubrir el verdadero sentido de la vida.

 Hay un problema y Jesús se lo advierte a sus seguidores. Si la sal se vuelve sosa, ya no sirve para nada. Si los discípulos pierden su identidad evangélica, ya no producen los efectos queridos por Jesús. El cristianismo se echa a perder. La Iglesia queda anulada. Los cristianos están de sobra en la sociedad.

 Lo mismo sucede con la luz. Todos sabemos que sirve para dar claridad. Los discípulos iluminan el sentido más hondo de la vida, si la gente puede ver en ellos «las obras» de las bienaventuranzas. Por eso, no han de esconderse. Tampoco han de actuar para ser vistos. Con su vida han de aportar claridad para que en la sociedad se pueda descubrir el verdadero rostro del Padre del cielo.

 No nos está permitido servirnos de la Iglesia para satisfacer nuestros gustos y preferencias. Jesús la ha querido para ser sal y luz. Evangelizar no es combatir la secularización moderna con estrategias mundanas. Menos aún hacer de la Iglesia una "contra-sociedad". Sólo una Iglesia que vive el Evangelio puede responder al deseo original de Jesús.

 José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

            Dios viene no para ser servido por los hombres sino para servirlos con humildad y entrega incondicional.

            El Reino busca al hombre, donde esté y como esté, para levantarlo, aliviarlo, concienciarlo y liberarlo: como individuo y como grupo humano.

            El Reino no tiene fronteras ni muros ni discriminaciones de ninguna especie; en su bandera hay una sola palabra: Hombre. Está donde menos lo imaginamos y desaparece de allí donde pretendemos implantarlo o aferrarlo.

            El Reino es viento, agua, fuego y luz; semilla, sal y levadura.

            Los cristianos restamos para servirlo; servir al Reino es lo mismo que servir a los homb.res.

            La primera preocupación de la Iglesia es dejarse invadir por el Reino; la segunda, ser su testigo en el mundo.

ORACIÓN

 
S A L M O   4 0

 Yo pongo en Dios toda mi esperanza.

 El se inclina hacia mí y escucha mi oración.

 El salva mi vida de la oscuridad,

 afirma mis pies sobre roca

 y asegura mis pasos.

 Mi boca entona un cántico nuevo

 de alabanza al Señor.

 Dichoso el que pone en Dios su confianza.

 No quieres sacrificios ni oblaciones

 pero me has abierto los ojos,

 no exiges cultos ni holocaustos,

 y yo te digo : aquí me tienes,

 para hacer, Señor, tu voluntad.

 Tú, Señor, hazme sentir tu cariño,

 que tu amor y tu verdad me guarden siempre.

 Porque mis errores recaen sobre mí

 y no me dejan ver.

 ¡Socórreme, Señor, ven en mi ayuda!

 Que sientan tu alegría los que te buscan.

 Yo soy pobre, Señor, socórreme,

 Tú, mi Salvador, mi Dios, no tardes.
Expliquemos el Evangelio a los niños.
Imagen: Fano.
 

domingo, 26 de enero de 2014

2 DE FEBRERO: CUARTO DOMINGO ORDINARIO - FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR.




“Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis mojos han visto a tu Salvador…”

2 DE FEFRERO

FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

JORNADA DE LA VIDA CONSAGRADA

1ª Lectura: Malaquías 3,1-4

Entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis.

Salmo 23

El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria.

2ª Lectura Hebreos 2,14-18

Tenía que parecerse en todo a sus hermanos.

PALABRA DEL DÍA

Lucas 2,22-40

“Cuando llegó el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será presentado al Señor”; y para entregar la oblación, como dice la ley: “un par de tórtolas o dos pichones”. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, varón honrado y piadoso, que aguardaba la salvación de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías. Impulsado por el Espíritu fue al templo. Cuando entraban con el Niño Jesús sus padres, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto a su salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos; luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo Israel.” José y María, la madre de Jesús, estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María: -Mira: Este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten: será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti una espada te traspasará el alma… Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba”.

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor,

como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor.

También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él

y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor.

Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley,

Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:

"Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido,

porque mis ojos han visto la salvación

que preparaste delante de todos los pueblos:

luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel".

Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él.

Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: "Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción,

y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos".

Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido.

Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones.

Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea.

El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.”

REFLEXIÓN

Jesús se hace solidario de nuestras debilidades, dolores y angustias; él es de nuestra “carne y sangre”, hermano nuestro, y por eso su muerte y sus dolores nos salvan y liberan.

El proyecto salvador de Dios se encarna en una historia concreta. Toda madre, al tener un hijo, quedaba legalmente “impura”, y tenía que ser declarada “pura” en el templo por un sacerdote María, como hacían todas las mujeres israelitas, va a cumplir los ritos de la purificación, obligatorios para las que acababan de dar a luz.

Además, todo primogénito pertenecía a Dios. Los primeros nacidos de los animales eran sacrificados; el primer hijo de cada familia era rescatado por medio de una ofrenda. La ofrenda que presentan los padres de Jesús para rescatarlo es la de los pobres: “un par de tórtolas o dos pichones”. Los ricos presentaban animales más grandes y más caros.

Para María, la presentación y ofrenda de su hijo fue un acto de ofrecimiento verdadero y consciente. Significaba que ella ofrecía a su hijo para la obra de la redención con la que Él estaba comprometido desde un principio. Ella renunciaba a sus derechos maternales y a toda pretensión sobre Él; y lo ofrecía a la voluntad del Padre.

También, al poner María a su hijo en los brazos de Simeón queda simbolizado que ella no lo ofrece exclusivamente al Padre, sino también al mundo, representado por aquel anciano.

Simeón es un profeta; el Espíritu Santo actúa y abre los ojos de este anciano, que descubre en el hijo de María “el consuelo de Israel”. Iluminado por el mismo Espíritu intuye, a través de los signos de pobreza, la gran realidad presente en Jesús: la salvación y liberación de Israel.

También está allí la anciana Ana: la profetisa Ana, que supo esperar la hora de Dios y vio cumplida al fin su esperanza y premiado su constante servicio al Señor mediante ayunos y oraciones. Ana y Simeón tienen mucho en común. Ambos eran laicos, es decir, no pertenecían al estamento sacerdotal, pero sí al grupo de los sencillos a quienes el Padre revela el misterio de Cristo y del reino, y que saben leer bajo signos tan corrientes la presencia de Dios en la humanidad de su Hijo, Cristo Jesús. Por eso lo descubren y lo comunican a los demás, al igual que los pastores de Belén o los astrólogos de Oriente, mientras el misterio sigue oculto para los sabios, los engreídos y los autosuficientes.

El cántico que se coloca en boca de Simeón habla de Jesús como el “Salvador” para “todos los pueblos”, “luz” de “las naciones” y “gloria de Israel”. El pequeño hijo de María llegará a ser el salvador del mundo, el mensajero de la buena noticia para todos, el hacedor de la paz mesiánica que procede de Dios.            

Solamente que el camino no será fácil; las palabras de Simeón dirigidas a María anticipan el rechazo que sufrirá Jesús por parte de las autoridades de su pueblo, la contradicción de su mensaje con los poderes de la ambición, el orgullo y la guerra. La espada que atravesará el alma de María simboliza su participación en el destino de su Hijo. Destino de salvación para los pueblos, pasando por el dolor y la muerte a la gloria de la resurrección.

El amor de Dios es, sobre todo, liberador: hace personas libres, por eso Jesús es la “luz” que no sólo ayuda a caminar, sino la luz que salva, que guía por un camino que conduce a la vida. Por eso se llama “Salvador”.

Es “gloria”. En lenguaje bíblico significa la manifestación del mismo Dios. Jesús es la “gloria de Israel”, porque es la máxima manifestación del amor de Dios por su pueblo. El Niño provocará la caída de unos y la elevación de otros; unos avanzarán con El hacia la plena liberación, otros se hundirán en egoísmos y conformismos estériles. La vida de Jesús dará fe de ello. Y la historia, hasta hoy, también.

Dios ha dicho su última palabra en Jesús; y el Hijo de Dios dará su respuesta en la cruz. La victoria del Mesías nacerá de su derrota. La vida llega por la muerte y en ese camino quedan al descubierto los pensamientos y los intereses de muchos corazones. La decisión que se tome ante la señal que es Jesús, descubre las profundidades ocultas de los sentimientos humanos, lo que hay dentro de cada corazón.

Ser creyente es ser peregrino, caminar en la incertidumbre y en la inseguridad, caminar de sorpresa en sorpresa. El amor de Dios es exigente, siempre está empujando para que los hombres crezcamos y maduremos. Pero también es luz, se hace claridad en el andar.

Los cristianos, que celebramos la fiesta de la presentación de Jesús en el Templo, tenemos una llamada a asumir nuestro compromiso de fe: recibir a Jesús en nuestras vidas con la alegría y la esperanza con que lo recibieron Simeón y Ana, aunque esto signifique dejar de lado el orgullo, vencer el egoísmo para poder abrirnos al amor y a la misericordia que Jesús nos trae. Y habiendo sido iluminados por Jesús, presentarlo a los demás, como María y José, sabiendo que Él es salvación, luz y paz para todos.

ENTRA EN TU INTERIOR

BANDERA DISCUTIDA

 Simeón es un personaje entrañable. Lo imaginamos casi siempre como un sacerdote anciano del Templo, pero nada de esto se nos dice en el texto. Simeón es un hombre bueno del pueblo que guarda en su corazón la esperanza de ver un día «el consuelo» que tanto necesitan. «Impulsado por el Espíritu de Dios», sube al templo en el momento en que están entrando María, José y su niño Jesús.

 El encuentro es conmovedor. Simeón reconoce en el niño que trae consigo aquella pareja pobre de judíos piadosos al Salvador que lleva tantos años esperando. El hombre se siente feliz. En un gesto atrevido y maternal, «toma al niño en sus brazos» con amor y cariño grande. Bendice a Dios y bendice a los padres. Sin duda, el evangelista lo presenta como modelo. Así hemos de acoger al Salvador.

 Pero, de pronto, se dirige a María y su rostro cambia. Sus palabras no presagian nada tranquilizador: «Una espada te traspasara el alma». Este niño que tiene en sus brazos será una «bandera discutida»: fuente de conflictos y enfrentamientos. Jesús hará que «unos caigan y otros se levanten». Unos lo acogerán y su vida adquirirá una dignidad nueva: su existencia se llenará de luz y de esperanza. Otros lo rechazarán y su vida se echará a perder. El rechazo a Jesús será su ruina.

 Al tomar postura ante Jesús, «quedará clara la actitud de muchos corazones» El pondrá al descubierto lo que hay en lo más profundo de las personas. La acogida de este niño pide un cambio profundo. Jesús no viene a traer tranquilidad, sino a generar un proceso doloroso y conflictivo de conversión radical.

 Siempre es así. También hoy Una Iglesia que tome en serio su conversión a Jesucristo, no será nunca un espacio de tranquilidad sino de conflicto. No es posible una relación más vital con Jesús sin dar pasos hacia mayores niveles de verdad. Y esto es siempre doloroso para todos.

 Cuanto más nos acerquemos a Jesús, mejor veremos nuestras incoherencias y desviaciones; lo que hay de verdad o de mentira en nuestro cristianismo; lo que hay de pecado en nuestros corazones y nuestras estructuras, en nuestras vidas y nuestras teologías.

 José Antonio Pagola

 
ORA EN TU INTERIOR

El niño iba creciendo y robusteciéndose y se llenaba de sabiduría.

 Éste es el Jesús que nos interesa de verdad.

 Un ser humano que recorre nuestro propio camino,

 y de esa manera, nos puede indicar la dirección a nosotros.

…………………….

No nos debe asustar que no hayamos llegado a la meta.

 Siempre nos quedará un gran trecho para llegar.

 Como el horizonte, la meta se verá más lejos,

 aunque nos estemos acercando a ella.

…………………..

En nuestra vida espiritual

 lo importante es no instalarse ni apoltronarse.

 Paso a paso debemos avanzar, aunque sea en la oscuridad.

 Mientras sigas dando pasos, estás en el buen camino.

ORACIÓN

Señor, en la celebración de la Presentación en el templo concurren personas y circunstancias. María y José cumplen lo que mandaba la Ley: a María le anuncia Simeón que tu misión no será aceptada por todos, y a ella le espera una espada que atravesará su alma. Simeón ve colmados sus deseos: ¡Ver al Mesías! Y Ana habla de ti a todos los que encuentra. ¿Y yo? Quiero estar entre ellos: no querer ser más que mi Maestro; aceptar la cruz de cada día, como tu Madre; querer que mi mayor deseo sea estar contigo; proclamar las maravillas de tu amor. Hoy, además, te pido por todos los que han consagrado su vida a tu servicio. Religiosos, religiosas y consagrados en medio del mundo.

 

 

martes, 21 de enero de 2014

26 DE ENERO: TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (A)



“Se estableció en Cafarnaúm. Así se cumplió lo que había dicho Isaías”

26 DE ENERO

III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (A)

1ª Lectura: Isaías 8,23b-9,3

En la Galilea de los gentiles, el pueblo vio una luz grande.

Salmo 26: El Señor es mi luz y mi salvación.

2ª Lectura: 1 Corintios 1,10-13.17

Poneos de acuerdo y no andéis divididos.

PALABRA DEL DÍA

Mateo 4,12-23

“Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaúm, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías: “País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que andaba en tinieblas vio una luz grande: a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló”. Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo; -Convertíos, porque está cerca el reino de Dios. Paseando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: -venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron. Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo”.

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea.

Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí,

para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías:

¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones!

El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte, se levantó una luz.

A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: "Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca".

Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores.

Entonces les dijo: "Síganme, y yo los haré pescadores de hombres".

Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron.

Continuando su camino, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó.

Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron.

Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente”

REFLEXIÓN.

            Jesús interpreta su misión, antes que nada, como la de un profeta que anuncia la llegada del Dios que salva. Otras preocupaciones tan típicas de los hombres que hacen de la religión una profesión, quedan relegadas a un plano muy secundario. El mismo Pablo sigue en esta línea, pues se siente enviado por Cristo “no para bautizar sino para anunciar el Evangelio” (segunda lectura).

            No le preocupan a Jesús en primer lugar las estructuras de la institución religiosa, siempre secundarias y relativas, sino la esencia de la actitud religiosa: descubrir en el mundo la epifanía de un Dios que está en medio de nosotros como guiando este devenir histórico, aunque en forma tan imperceptible que su presencia nos puede pasar totalmente desapercibida.

            Una pregunta que sintetiza todo: ¿No estamos haciendo a la inversa, relegando el anuncio del Reino ante otras preocupaciones de los hombres?

            Nadie puede dudar de que en la Iglesia no se hagan cosas ni se reflexione ni se planifique bien.  Pero, ¿están encaminadas a hacer presente el Reino de Dios o a sostener nuestras estructuras eclesiásticas, pretendiendo convencernos de que es definitivo lo que sabemos que es transitorio y relativo; más aún, que deben estar al servicio de ese actuar interior de Dios en los acontecimientos humanos?

            Es increíble el tiempo que dedicamos a cosas de sacristía, transformando en graves problemas lo que es más un juego de niños o de hombres aniñados. Discusiones sobre la jerarquía, sobre la forma de vivir de sacerdotes y religiosos, disquisiciones sobre la manera de llevar a cabo un rito o cómo construir un templo, etc. Etc., ¿se justifican ante la exigencia del anuncio del Evangelio de puertas abiertas al mundo entero?

            Quitemos de nuestro camino esos arbolitos que impiden ver el bosque. Este “no ver” el bosque puede ser muy peligroso. Es el inicio de la ceguera y de las tinieblas a las que alude el evangelio de Mateo. Su alerta hoy nos toca muy de cerca: el Evangelio busca a la Galilea de los gentiles, se acerca a las fronteras de las instituciones religiosas y cruza la frontera con nosotros o a pesar de nosotros.
            Sin duda Jesús atraía y seducía a la gente. Pero él quería algo más, no quería meros admiradores, él necesitaba seguidores, por eso fue llamando a los que constituiría el grupo de sus discípulos, como también los tenía el bautista. No los buscó en las instituciones, en la sinagoga, en el templo. Sino en los caminos, serían galileos, gente sencilla, gente del pueblo.
            Estos pescadores galileos, gente sencilla, no dudaron al escuchar la llamada de Jesús, en dejarlo todo y seguirlo y este es el auténtico secreto del seguimiento, que exige desapego de todo y de todos.
 

ENTRA EN TU INTERIOR

SEGUIDORES

 Cuando Jesús se entera de que el Bautista ha sido encarcelado, abandona su aldea de Nazaret y marcha a la ribera del lago de Galilea para comenzar su misión. Su primera intervención no tiene nada de espectacular. No realiza un prodigio. Sencillamente, llama a unos pescadores que responden inmediatamente a su voz: "Seguidme".

 Así comienza el movimiento de seguidores de Jesús. Aquí está el germen humilde de lo que un día será su Iglesia. Aquí se nos manifiesta por vez primera la relación que ha de mantenerse siempre viva entre Jesús y quienes creen en él. El cristianismo es, antes que nada, seguimiento a Jesucristo.

 Esto significa que la fe cristiana no es sólo adhesión doctrinal, sino conducta y vida marcada por nuestra vinculación a Jesús. Creer en Jesucristo es vivir su estilo de vida, animados por su Espíritu, colaborando en su proyecto del reino de Dios y cargando con su cruz para compartir su resurrección.

            Nuestra tentación es siempre querer ser cristianos sin seguir a Jesús, reduciendo nuestra fe a una afirmación dogmática o a un culto a Jesús como Señor e Hijo de Dios. Sin embargo, el criterio para verificar si creemos en Jesús como Hijo encarnado de Dios es comprobar si le seguimos sólo a él.

 La adhesión a Jesús no consiste sólo en admirarlo como hombre ni en adorarlo como Dios. Quien lo admira o lo adora, quedándose personalmente fuera, sin descubrir en él la exigencia a seguirle de cerca, no vive la fe cristiana de manera integral. Sólo el que sigue a Jesús se coloca en la verdadera perspectiva para entender y vivir la experiencia cristiana de forma auténtica.

En el cristianismo actual vivimos una situación paradójica. A la Iglesia no sólo pertenecen los que siguen o intentan seguir a Jesús, sino, además, los que no se preocupan en absoluto de caminar tras sus pasos. Basta estar bautizado y no romper la comunión con la institución, para pertenecer oficialmente a la Iglesia de Jesús, aunque jamás se haya propuesto seguirle.

Lo primero que hemos de escuchar de Jesús en esta Iglesia es su llamada a seguirle sin reservas, liberándonos de ataduras, cobardías y desviaciones que nos impiden caminar tras él. Estos tiempos de crisis pueden ser la mejor oportunidad para corregir el cristianismo y mover a la Iglesia en dirección hacia Jesús.

 Hemos de aprender a vivir en nuestras comunidades y grupos cristianos de manera dinámica, con los ojos fijos en él, siguiendo sus pasos y colaborando con él en humanizar la vida. Disfrutaremos de nuestra fe de manera nueva.

 José Antonio Pagola

 
ORA EN TU INTERIOR

Las palabras eran las mismas que repetía Juan: preparaos para recibir el Reino de Dios. La letra era la misma, pero Jesús ponía otro acento y otra música… Jesús llamaba, comprometía al seguimiento… Jesús hablaba desde la experiencia viva y desde la misericordia. Juan hablaba más de las exigencias y la esperanza. Pero la esperanza de Jesús era más cercana y alegre.

Convertíos. Cambiad vuestras vidas, salid de la rutina y la tristeza, no miréis sólo a la tierra, mirad más a Dios. Tened más fe, más confianza en Él. Sed también menos violentos y egoístas. Consideraos hermanos unos de otros, porque Dios es Padre de todos. Que Dios es Padre de todos. Que Dios es Padre, no le tengáis miedo. No lo veáis como juez, y responded a su llamada: “Síganme, y os haré pescadores de hombres”.

ORACIÓN

            Señor Jesús, que comenzaste tu predicación anunciando el Reino de Dios y el cambio de mentalidad, y que nos llamaste a ser pescadores de hombres. Haz que tus palabras no caigan en el vacío, sino que encuentren en cada uno de nosotros a los humildes servidores del Reino liberador del Padre en el Espíritu Santo.