miércoles, 10 de julio de 2013

14 DE JULIO: XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO



“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda

tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser.

Y al prójimo como a ti mismo”

14 DE JULIO

XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO ©

1ª Lectura: Deuteronomio 30,10-14

Salmo 68; “Humildes, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón”

2ª Lectura: Colosenses 1,15-20

PALABRA DEL DÍA

Lucas 10,25-37

“En aquel tiempo, se presentó un letrado y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: -Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? Él le dijo: -¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella? El letrado contestó: -“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”. Él le dijo: -Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida. Pero el letrado, queriendo aparecer como justo, preguntó a Jesús: -¿Y quién es mi prójimo? Jesús dijo: -Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba él, y al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: -Cuida de él, y lo que gastes de más ya te lo pagaré a la vuelta. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos? El letrado contesto: -El que practicó la misericordia con él. Díjole Jesús: -Anda, haz tú lo mismo”.

Versión para América Latina extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Y entonces, un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?".

Jesús le preguntó a su vez: "¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?".

Él le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo".

"Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y alcanzarás la vida".

Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: "¿Y quién es mi prójimo?".

Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: "Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto.

Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo.

También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino.

Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió.

Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo.

Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: 'Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver'.

¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?".

"El que tuvo compasión de él", le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: "Ve, y procede tú de la misma manera".

REFLEXIÓN

            El hombre es un peregrino; viajero que no conoce el inmovilismo. Aunque las apariencias le den la sensación de reposo o quietud, jamás respira el mismo aire. Camina por el desierto buscando siempre, aun cuando encuentre, como si avanzara de espejismo en espejismo hacia una meta que no sabe si está dentro o fuera de sí mismo.

            Pero, ¿qué busca?... O mejor: ¿qué buscamos?

            Se lo preguntó para ponerlo a prueba, porque quien sepa responder es un sabio y profeta; de lo contrario de nada sirve su filosofía o su religión. Sin darse cuenta, aquel hombre había puesto el dedo en la llaga. Vivía inmerso en una aparatosa estructura religiosa, tenía toda la experiencia y sabiduría de la ley de los profetas, pero, ¿servía eso para vivir?

            En efecto, ¿de qué nos sirve todo lo que tenemos y somos, si en ese todo no está incluida la vida, una vida con sentido, una vida que trascienda el espejismo de hoy y el de mañana?

            Por extraño que parezca, pocas veces la teología cristiana ha hecho una pregunta tan concreta. Y si recordamos los años de nuestra formación religiosa, comenzando ya desde el primer catecismo, qué poco se nos dijo de la vida y cuán pocas veces se enfocaron los problemas desde la perspectiva de esto tan urgente y tan universal: vivir.

            Jesús, como auténtico sabio, no dio una respuesta nueva ni original. Simplemente apeló a la vieja sabiduría humana, a veces corriente vital que recorre a menudo subterráneamente la historia, que a veces desborda y otras se sumerge, permitiendo una y otra vez encontrar sentido al largo caminar. Por eso le preguntó: ¿Qué hay escrito por allí? ¿Qué dice la experiencia de tu pueblo?

            La originalidad de Jesús no está en la respuesta que dio al letrado, sino en la conclusión final: “Anda, haz tú lo mismo.” Como si le dijera: Nadie puede hacerte vivir, ni siquiera la religión o la Biblia. Si quieres vivir, camina, construye, recrea. Sé tú mismo. Lo demás son palabras. Y eso lo explico mejor después con esa preciosa parábola “del buen samaritano”.

            Jesús no le dijo nada “nuevo”, sino que cumpliera aquello del amor. Que ame a Dios y que ame al prójimo. Eso es vida. Lo demás es muerte, aunque parezca vida.

 

 
ENTRA EN TU INTERIOR

Para no salir malparado de una  conversación con Jesús, un maestro de la ley termina preguntándole: «Y ¿quién  es mi prójimo?». Es la pregunta de quien sólo se preocupa de cumplir la ley.  Le interesa saber a quién debe amar y a quién puede excluir de su amor. No  piensa en los sufrimientos de la gente. Jesús, que vive aliviando el  sufrimiento de quienes encuentra en su camino, rompiendo si hace falta la ley  del sábado o las normas de pureza, le responde con un relato que denuncia de  manera provocativa todo legalismo religioso que ignore el amor al  necesitado.

En el camino que baja de Jerusalén a  Jericó, un hombre ha sido asaltado por unos bandidos. Agredido y despojado de  todo, queda en la cuneta medio muerto, abandonado a su suerte. No sabemos quién  es. Sólo que es un «hombre». Podría ser cualquiera de nosotros. Cualquier  ser humano abatido por la violencia, la enfermedad, la desgracia o la  desesperanza. «Por casualidad» aparece por el camino un sacerdote.

 El texto indica que es por azar, como si nada tuviera que ver allí un hombre  dedicado al culto. Lo suyo no es bajar hasta los heridos que están en las  cunetas. Su lugar es el templo. Su ocupación, las celebraciones sagradas. Cuando  llega a la altura del herido, «lo ve, da un rodeo y pasa de  largo». Su falta de compasión no es sólo una  reacción personal, pues también un levita del templo que pasa junto al herido  «hace lo mismo».

 Es más bien una actitud y un peligro que acecha a  quienes se dedican al mundo de lo sagrado: vivir lejos del mundo real donde la  gente lucha, trabaja y sufre. Cuando la religión no está centrada  en un Dios, Amigo de la vida y Padre de los que sufren, el culto sagrado puede  convertirse en una experiencia que distancia de la vida profana, preserva del  contacto directo con el sufrimiento de las gentes y nos hace caminar sin  reaccionar ante los heridos que vemos en las cunetas.

 Según Jesús, no son los  hombres del culto los que mejor nos pueden indicar cómo hemos de tratar a los  que sufren, sino las personas que tienen corazón.

 Por el camino llega un samaritano.  No viene del templo. No pertenece siquiera al pueblo elegido de Israel. Vive  dedicado a algo tan poco sagrado como su pequeño negocio de comerciante. Pero,  cuando ve al herido, no se pregunta si es prójimo o no. Se conmueve y hace por  él todo lo que puede. Es a éste a quien hemos de imitar. Así dice Jesús al  legista: «Vete y haz tú lo  mismo». ¿A quién imitaremos  al encontrarnos en nuestro camino con las víctimas más golpeadas por la crisis  económica de nuestros días?

José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

            La parábola nos dice que el amor al Dios que no vemos debe hacerse realidad en el prójimo a quien vemos. Hoy diríamos que es una parábola de “denuncia” porque pone al descubierto la falsedad de una religión que se contenta con adorar a Dios en el templo, rezar y ofrecerle lo que la ley manda.

            En efecto, la ley judía no inculcaba el amor entre judíos y samaritanos; al contrario, preconizaba el desprecio de los heréticos y odiados hermanastros de raza y fe. Pero para amar hace falta hacerse prójimo del otro, sin mirarle la cara, sin preguntarle por sus opiniones. Y esto es más duro que amar a Dios. Por eso aquel letrado tuvo que escudarse en la pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?”

            Como cristianos estamos llamados a tomar la iniciativa en esto: hacernos prójimo del otro; crear proximidad afectiva allí donde no la hay.

            Al fin y al cabo, cualquiera ama al prójimo. Eso lo cumplen hasta los paganos, decía Jesús. El cristiano es invitado a crear proximidad, a romper barreras, a destruir el odio y la indiferencia.

            Es el camino de la vida. Lo demás es muerte.

ORACIÓN

            Señor, que has puesto en nuestra boca y en nuestro corazón el gran mandamiento del amor que nos da la vida eterna, haz que caminemos cada día en la luz de tu palabra.

Expliquemos el Evangelio a los niños

Imágenes proporcionadas por Catholic.net

           


 


martes, 2 de julio de 2013

7 DE JULIO: XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (C)



“La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño

de la mies que mande obreros a su mies!

7 DE JULIO

XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO ©

Primera Lectura: Isaías 66,10-14c

Salmlo 65: “Aclamad al Señor, tierra entera”

Segunda Lectura: Gálatas 6,14-18

PALABRA DEL DÍA

Lucas 10,1-12.17-20

“En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: -La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa” Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: “está cerca de vosotros el Reino de Dios”. Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: “Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros” “De todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios” Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo. Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: -Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre. El les contestó: -Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo”.

Versión para América Latina, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Después de esto, el Señor eligió a otros setenta y dos discípulos y los envió de dos en dos, delante de él, a todas las ciudades y lugares adonde debía ir.
Les dijo: «La cosecha es abundante, pero los obreros son pocos. Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que envíe obreros a su cosecha.
Vayan, pero sepan que los envío como corderos en medio de lobos.
No lleven monedero, ni bolsón, ni sandalias, ni se detengan a visitar a conocidos.
Al entrar en cualquier casa, bendíganla antes diciendo: La paz sea en esta casa.
Si en ella vive un hombre de paz, recibirá la paz que ustedes le traen; de lo contrario, la bendición volverá a ustedes.
Mientras se queden en esa casa, coman y beban lo que les ofrezcan, porque el obrero merece su salario.
No vayan de casa en casa. Cuan do entren en una ciudad y sean bien recibidos, coman lo que les sirvan,
sanen a los enfermos y digan a su gente: El Reino de Dios ha venido a ustedes.
Pero si entran en una ciudad y no quieren recibirles, vayan a sus plazas y digan:
Nos sacudimos y les dejamos hasta el polvo de su ciudad que se ha pegado a nuestros pies. Con todo, sépanlo bien: el Reino de Dios ha venido a ustedes.
Yo les aseguro que, en el día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad.
Los setenta y dos discípulos volvieron muy contentos, diciendo: «Señor, hasta los demonios nos obedecen al invocar tu nombre.»
Jesús les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo.
Miren que les he dado autoridad para pisotear serpientes y escorpiones y poder sobre toda fuerza enemiga: no habrá arma que les haga daño a ustedes.
Sin embargo, alégrense no porque los espíritus se someten a ustedes, sino más bien porque sus nombres están escritos en los cielos.»

REFLEXIÓN

            En los domingos anteriores hemos reflexionado acerca de las exigencias del discipulado. Si Jesús no establece divisiones ni discriminaciones entre él y los suyos, también es cierto que les propone el mismo camino de fidelidad al Padre que él ha adoptado para sí mismo.

            Hoy cerramos este ciclo de meditaciones sobre el seguimiento de Cristo preguntándonos cuál pueda ser la misión del discípulo de Jesús en el mundo. Este tema que Lucas desarrolla tan ampliamente en los Hechos de los apóstoles, nos es propuesto hoy a raíz de la elección y misión de los “Setenta y dos discípulos”, que, si parecen tener una categoría inferior con respecto a los Doce en cuanto a organización interna de la comunidad cristiana, no parecen tener una misión distinta en cuanto a la evangelización.

            Estos setenta y do laicos que formaron con las mujeres y los Doce la primera comunidad cristiana, forman lo que hoy llamaríamos un laicado comprometido que interpretó su vocación cristiana como un servicio al Reino de Dios. Su elección a cargo directo de Jesús, su misión y la forma de desarrollarla son como la “regla fundamental” de toda comunidad cristiana que se precie de tal, sea ésta laica o religiosa, ya que las exigencias cristianas son iguales para todos por el simple hecho de ser llamados por Cristo, sin que la diferencia de estructuras o formas de vida sea motivo para que supongamos que existen dos formas de cristianismo. Por ello, el texto evangélico de hoy tiene una importancia particular.

            Lo que nos llama la atención es el encuadre general del relato. En efecto, todo él tiene como prospectiva general la cercanía del Reino de Dios, cercanía y presencia que constituyeron no sólo el contenido de la predicación de los Doce y de los Setenta y dos, sino que son el horizonte que jamás hemos de perder de vista cuando queremos referirnos a la acción de la Iglesia en el mundo y a la misión concreta de los cristianos.

            Jesús, ante la visión de un mundo maduro para la acción del Reino de Dios, parece tomar conciencia de lo exigua que podrá ser su acción y la de los Doce si no incorpora otros obreros para la siega mesiánica. A menudo la presencia definitiva de Dios en el mundo es comparada, tanto en el Antiguo como el Nuevo Testamento, con la obra de un segador que junta en gavillas a los hombres buenos y malos.

ENTRA EN TU INTERIOR

Lucas recoge en su evangelio un importante discurso de Jesús, dirigido no a los Doce sino a otro grupo numeroso de discípulos a los que envía para que colaboren con él en su proyecto del reino de Dios. Las palabras de Jesús constituyen una especie de carta fundacional donde sus seguidores han de alimentar su tarea evangelizadora. Subrayo algunas líneas maestras.

                        «Poneos en camino». Aunque lo olvidamos una y otra vez, la Iglesia está marcada por el envío de Jesús. Por eso es peligroso concebirla como una institución fundada para cuidar y desarrollar su propia religión. Responde mejor al deseo original de Jesús la imagen de un movimiento profético que camina por la historia según la lógica del envío: saliendo de sí misma, pensando en los demás, sirviendo al mundo la Buena Noticia de Dios. "La Iglesia no está ahí para ella misma, sino para la humanidad" (Benedicto XVI).

                        Por eso es hoy tan peligrosa la tentación de replegarnos sobre nuestros propios intereses, nuestro pasado, nuestras adquisiciones doctrinales, nuestras prácticas y costumbres. Más todavía, si lo hacemos endureciendo nuestra relación con el mundo. ¿Qué es una Iglesia rígida, anquilosada, encerrada en sí misma, sin profetas de Jesús ni portadores del Evangelio.

                        «Cuando entréis en un pueblo... curad a los enfermos y decid: está cerca de vosotros el reino de Dios». Ésta es la gran noticia: Dios está cerca de nosotros animándonos a hacer más humana la vida. Pero no basta afirmar una verdad para que sea atractiva y deseable. Es necesario            revisar nuestra actuación: ¿qué es lo que puede llevar hoy a las personas hacia el Evangelio? ¿cómo pueden captar a Dios como algo nuevo y bueno?

                        Seguramente, nos falta amor al mundo actual y no sabemos llegar al corazón del hombre y la mujer de hoy. No basta predicar sermones desde el altar. Hemos de aprender a escuchar más, acoger, curar la vida de los que sufren... Sólo así encontraremos palabras humildes y buenas que acerquen a ese Jesús cuya ternura insondable nos pone en contacto con Dios, el Padre Bueno de todos.

                        «Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa». La Buena Noticia de Jesús se comunica con respeto total, desde una actitud amistosa y fraterna, contagiando paz. Es un error pretender imponerla desde la superioridad, la amenaza o el resentimiento. Es antievangélico tratar sin amor a las personas sólo porque no aceptan nuestro mensaje. Pero, ¿cómo lo aceptarán si no se sienten comprendidos por quienes nos presentamos en nombre de Jesús?

            José Antonio Pagola

 
ORA EN TU INTERIOR
 
Señor, quiero seguirte, quiero seguirte como peregrino, ligero de equipaje, sé que tengo que despojarme de muchas cosas, sobre todo de aquello que puede obstaculizarme el anuncio del evangelio hoy. Soy consciente que el peregrino en camino tiene que ser un peregrino pobre, que pone en ti una confianza absoluta. ¿De qué cosas puedo pedir a tu Espíritu Santo que me libere porque son obstáculos para anunciar tu Reino?.
Explíquenos el Evangelio a los niños.
Imágenes proporcionadas por Catholic.net

 
 




 

 

 

 

 

  

 

lunes, 24 de junio de 2013

30 DE JUNIO: XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 
“Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nido,

pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza”

30 DE JUNIO

XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO ©

1ª Lectura: Libro primero de los Reyes 19,16b.19-21

Salmo 15: “Tú, Señor, eres el lote de mi heredad”

2ª Lectura: Carta de San Pablo a los Gálatas 4,31b-5,1.13-18

PALABRA DEL DÍA

Lucas 9,51-62

“Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante. De camino entraron en una aldea de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: -Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos? El se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea. Mientras iban de camino, le dijo uno: -Te seguiré adonde vayas. Jesús le respondió: -Las zorras tienen madriguera y los pájaros, nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza. A otro le dijo: -Sígueme. El respondió: -Déjame primero ir a enterrar a m padre. Le contestó: -Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios. Otro le dijo: -Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia. Jesús le contestó: -El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios”.

Versión para Latinoamérica, extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

Como ya se acercaba el tiempo en que sería llevado al cielo, Jesús emprendió resueltamente el camino a Jerusalén. Envió mensajeros delante de él, que fueron y entraron en un pueblo samaritano para prepararle alojamiento. Pero los samaritanos no lo quisieron recibir porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto sus discípulos Santiago y Juan, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que los consuma?»Pero Jesús se volvió y los reprendió. Y continuaron el camino hacia otra aldea. Mientras iban de camino, alguien le dijo: «Maestro, te seguiré adondequiera que vayas.»Jesús le contestó: «Los zorros tienen cuevas y las aves tienen nidos, pero el Hijo del Hombre ni siquiera tiene donde recostar la cabeza.»Jesús dijo a otro: «Sígueme». El contestó: «Señor, deja que me vaya y pueda primero enterrar a mi padre.»Jesús le dijo: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve a anunciar el Reino de Dios.»Otro le dijo: «Te seguiré, Señor, pero antes déjame despedirme de mi familia.»Jesús le contestó: «El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios.»             

REFLEXIÓN

            El centro del evangelio de hoy está en las tres perícopas finales, que giran en realidad sobre un mismo eje y una misma idea central.

            Lucas nos trae tres casos de posibles candidatos al discipulado, candidatos que fueron tratados con cierta dureza por Jesús, pero que, dentro de su contexto literario, representan posturas no suficientemente purificadas en aquellos que quieren seguir a Jesucristo.

            El primer caso. Entusiasmado por la fama de Jesús, “uno” se decide a seguir a Jesús a cualquier parte. Jesús, en una respuesta un tanto ambigua acerca de la intención que animaba a ese hombre, le respondió tajantemente. “Nada tengo para ofrecerte”, pareció decirle “al menos, nada que a ti te interese”. “En todo caso, solamente puedes compartir mi pobreza, ya que si tengo una casa para alojarte”.

            En la respuesta de Jesús, está, una vez más, juna invitación a interiorizar nuestra fe, a buscar los motivos sociológicos o políticos que impide descubrir la desnudez de la cruz.

            El segundo caso. El segundo candidato fue llamado por Jesús con el característico “Sígueme”. El hombre acepta pero pone una condición sumamente razonable y lógica: que antes pueda enterrar a su padre recientemente fallecido. Pero Jesús se muestra intransigente y responde con una frase desconcertante: que los muertos se encarguen del muerto. En cambio, “tú, vete a anunciar el Reino de Dios”.

            Seguir a Jesús no solamente cuesta; también cuesta entenderlo…

            En este caso Jesús apela a la paradoja, expresión literaria desusada en occidente pero muy del gusto de la filosofía y literatura oriental.

            ¿Qué fue lo que fastidió a Jesús? Que mientras le hablaba a aquel hombre de seguirlo a él, la Vida nueva, se encuentra con que quiere enterrar a un muerto.

            Aquí puede estar la clave del pensamiento de Jesús: detrás de ese “enterrar al padre muerto”, Jesús parece descubrir el espíritu de ese posible candidato al discipulado: su apego al pasado, a un pasado que está definitivamente muerto porque ha llegado el Reino de Dios, reino de vida y de cambio.

            “Que los muertos entierren a sus muertos” puede significar: que el pasado se ocupe del pasado, pues no se puede colocar vino nuevo en odres viejos ni un remiendo nuevo en un vestido gastado.

            Ser cristiano es cortar con lo viejo. No se puede perder el tiempo en enterrar a tantos muertos que nos ligan con el pasado; muertos que están dentro de uno mismo y que nos aprisionan sutilmente.

            El tercer caso. Tampoco el tercer candidato recibió la llamada de Jesús, pero tiene pensado seguirlo siempre que pueda antes despedirse de los suyos. Jesús no acepta dicha condición, pues es incompatible con la entrada al Reino de Dios.

            Se trata de un caso similar al anterior: a aquel hombre le faltaba decisión para romper con su pasado, sobre todo con su pasado afectivo. Jesús no se opone al cuarto mandamiento, que exige honrar a los padres, pero nos hace descubrir que toda la antigua ley debe ser reinterpretada desde Jesús mismo. De aquí en adelante toda la ley antigua caduca y, para el discípulo, Jesús es la única ley, como también es el centro de la nueva familia del creyente.

            Jesús no anula lo que tiene de valedero nuestro pasado, pero nos exige que aprendamos a mirar la vida desde un criterio absoluto.

            La fe cristiana cambia radicalmente la vida del hombre. Es un punto de vista totalmente nuevo y original a la luz del cual debemos replantear toda nuestra existencia, aun en aquellos elementos que nos sean más queridos e íntimos.

            Sólo así la fe, es cambio de vida y, en consecuencia, entrada al Reino de Dios, cuyos criterios el hombre acepta para interpretar la vida y para encontrarle sentido.
 
ENTRA EN TU INTERIOR

El seguimiento de Jesús exige  decisión, mirada clara y hacia adelante y estar en camino.

Seguir a Jesús es el corazón de la vida cristiana. Lo esencial. Nada hay más importante o decisivo. Precisamente por eso, Lucas describe tres pequeñas escenas para que las comunidades que lean su evangelio, tomen conciencia de que, a los ojos de Jesús, nada puede haber más urgente e inaplazable.

Jesús emplea imágenes duras y escandalosas. Se ve que quiere sacudir las conciencias. No busca más seguidores, sino seguidores más comprometidos, que le sigan sin reservas, renunciando a falsas seguridades y asumiendo las rupturas necesarias. Sus palabras plantean en el fondo una sola cuestión: ¿qué relación queremos establecer con él quienes nos decimos seguidores suyos?

Primera escena. Uno de los que le acompañan se siente tan atraído por Jesús que, antes de que lo llame, él mismo toma la iniciativa: “Te seguiré adonde vayas”. Jesús le hace tomar conciencia de lo que está diciendo: “Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros nido”, pero él “no tiene dónde reclinar su cabeza”.

Seguir a Jesús es toda una aventura. Él no ofrece a los suyos seguridad o bienestar. No ayuda a ganar dinero o adquirir poder. Seguir a Jesús es “vivir de camino”, sin instalarnos en el bienestar y sin buscar un falso refugio en la religión. Una Iglesia menos poderosa y más vulnerable no es una desgracia. Es lo mejor que nos puede suceder para purificar nuestra fe y confiar más en Jesús.

Segunda escena. Otro está dispuesto a seguirle, pero le pide cumplir primero con la obligación sagrada de “enterrar a su padre”. A ningún judío puede extrañar, pues se trata de una de las obligaciones religiosas más importantes. La respuesta de Jesús es desconcertante: “Deja que los muertos entierren a sus muertos: tú vete a anunciar el reino de Dios”.

Abrir caminos al reino de Dios trabajando por una vida más humana es siempre la tarea más urgente. Nada ha de retrasar nuestra decisión. Nadie nos ha de retener o frenar. Los “muertos”, que no viven al servicio del reino de la vida, ya se dedicarán a otras obligaciones religiosas menos apremiantes que el reino de Dios y su justicia.

Tercera escena. A un tercero que quiere despedir a su familia antes de seguirlo, Jesús le dice: “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios”. No es posible seguir a Jesús mirando hacia atrás. No es posible abrir caminos al reino de Dios quedándonos en el pasado. Trabajar en el proyecto del Padre pide dedicación total, confianza en el futuro de Dios y audacia para caminar tras los pasos de Jesús.

José Antonio Pagola
 

ORA EN TU INTERIOR

            “Sígueme”, nos dice Jesús. Sin condiciones, sin trampas, sin mentiras.

            Al comulgar, nos encontramos con ese Jesús que hoy nos ha trazado un camino claro y decidido. Comulgar es aceptar al Cristo de la fe, rubricando nuestro compromiso bautismal.

            “Vete a anunciar el Reino de Dios”… Esta es la orden de Jesús. No perdamos el tiempo en largas despedidas con un pasado que está muerto ni en cuestiones que no interesan al hombre de hoy. El tiempo urge y el evangelio debe ser anunciado con hechos claros y concretos.

ORACIÓN

            Purifica, señor, nuestra fe para que, abandonando toda forma de egoísmo, vivamos en la libertad y en el amor en constante servicio del Reino de Dios.

Expliquemos el Evangelio a los niños.

Imágenes proporcionadas por Catholic.net