sábado, 12 de enero de 2013

PRIMERA SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO (C)


14 de Enero
 Lunes de la Primera Semana del Tiempo Ordinario (C)
EVANGELIO DEL DÍA
Mc 1,14-20

”Convertíos y creed en el Evangelio”

“Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el evangelio de Dios. Decía: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio”. Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago. Jesús les dijo: “venid conmigo y os haré pescadores de hombres”. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él”.

REFLEXIÓN

            En el evangelio de hoy, distinguimos dos partes: 1ª Un resumen de la predicación inaugural de Jesús. 2ª Narración de las cuatro primeras vocaciones de discípulos por parte de Jesús. “Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el evangelio de Dios –Marcos es el único en emplear el término evangelio-; y decía: Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de dios: convertíos y creed la buena noticia”. He aquí un sumario o resumen de los muchos de Marcos. Hablar de cumplimiento supone una continuidad que enlaza las diversas etapas de la salvación.
            El motivo por el que Jesús urge a la conversión y a la fe en el evangelio es doble: 1º Porque se ha cumplido el tiempo; y para decir tiempo cumplido o, plazo vencido el texto original griego no emplea el término que designa el tiempo del calendario, sino Kairós (tiempo de gracia, de favor de Dios y de oportunidad de salvación). Como comentaba san Pablo “Ahora es el tiempo de la gracia, ahora es el día de la salvación” (2 Cor 6,2). 2º Porque está cerca el reino de Dios. Jesús mismo es la buena noticia del reino; en su persona, su mensaje y su obra está ya presente la salvación que el reino de Dios trae al hombre. Por eso, “convertíos y creed el evangelio”.
            La segunda parte del texto evangélico relata la vocación de los cuatro primeros discípulos de Jesús, que son dos parejas de hermanos y todos pescadores. Llama la atención tanto la autoridad de Jesús en la llamada, como la respuesta dada por Pedro y Andrés, Santiago y Juan.
            Jesús no quiere comenzar su misión en solitario, por eso comienza a llamar a un grupo de hombres a su seguimiento. El discipulado, recordará más tarde Jesús, incluye una renuncia y una ruptura con todo: familia y posesiones.

ENTRA EN TU INTERIOR
            Como creyentes, como discípulos de Jesús, necesitamos vivir en un perenne estado de conversión; porque ésta es una tarea siempre inacabada, de todo tiempo y para todos. Nunca estaremos suficientemente convertidos a los valores del Reino. Son demasiados los intereses que nos tientan constantemente a desvirtuar e incluso invalidar nuestra respuesta a la consigna del Señor: “Convertíos y creed la buena noticia”. Este imperativo es buena nueva de liberación, esperanza luminosa y transformante, empeño gozoso, don y tarea que hemos de asumir responsable y alegremente con un estilo nuevo de comportamiento personal y comunitario con Dios y con los hermanos.
            Esta radicalidad de la conversión continua al reino de Dios nos pide sensibilidad y una clara opción por los valores del evangelio y los criterios de las bienaventuranzas. Estos se oponen necesariamente a las prioridades del “hombre viejo” que llevamos dentro, en lucha con el “hombre nuevo”, liberado por Cristo.

ORA EN TU INTERIOR

            Te damos gracias, Padre, Señor de nuestras vidas, porque, llegada la plenitud de tu plan salvador, nos hablaste sin intermediarios por tu propio Hijo. Jesús es tu Palabra personal, el reflejo de tu gloria.
            El sonido de tu Palabra es buena nueva de tu amor, evangelio de la salvación universal de tu reino. Hoy nos llama Cristo a la conversión y a su seguimiento. Y el motivo no puede ser más feliz; Dios nos ama, y su Reino está entre nosotros, presente en su persona.
            Se ha cumplido el plazo de tu ternura y misericordia; convierte, Señor, nuestro corazón a tu llamada. (B Caballero).

ORACIÓN

            Señor, me recuerdas que ya se ha cumplido el plazo. Pero tu amor lo prorroga. Ya sé que la conversión ha de ser cada día, como el pan nuestro. Tu reino está cerca, creo en tu Evangelio. ¡Ayúdame cada día a convertirme a ti, a poner mi vida de cara a ti y dar la espalda a los falsos dioses que intentan arrebatarme mi tesoro. La fe!





15 de Enero

Martes de la Primera Semana del Tiempo Ordinario (C)

EVANGELIO DEL DÍA

Mc 1,21-28

“¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen”.

“Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaúm, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad. Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres; el santo de Dios”. Jesús lo increpó: “Cállate y sal de él. El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: “¿Qué es esto? Este hablar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos le manda y le obedecen”, Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea”.

REFLEXIÓN

            El evangelista Marcos, en la primera parte de su evangelio, muestra con frecuencia a Jesús enseñando al pueblo y a sus discípulos el secreto del reino a base de parábolas. Pero es sobre todo en la segunda parte de su relato donde detalla el contenido de esa enseñanza sobre el reino con temas como el mesías paciente, el mandamiento principal. El hijo de David, el matrimonio indisoluble, la levadura de los fariseos, la escatología, etc.
            En el Evangelio de hoy, a la enseñanza de Jesús sigue la curación de un poseso en la misma sinagoga de Cafarnaúm. Es el primero de los milagros de Cristo, según la tradición sinóptica (cf Lc 4,31ss). Era una manera fehaciente de mostrar su autoridad, incluso sobre los demonios, a quienes la mentalidad judía atribuía las enfermedades mentales, como la epilepsia y la esquizofrenia. Poner término a ese dominio diabólico es obra del poder de Dios que reside en Jesús de Nazaret.
            Jesús no hablaba como los rabinos, que comentaban la Escritura a base de citar autoridades y de casuística atomizada, cargando fardos pesados sobre los oyentes. No; el estilo de enseñar de Jesús era más bien liberador, era el anuncio de una buena noticia para los sencillos. Naturalmente, la gente captó la diferencia por eso le entusiasma “porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad”.
            Es la autoridad que viene del carisma y no del poder; es la autoridad por la que optó Jesús.

ENTRA EN TU INTERIOR

            Lo que demuestra Jesús en su enseñanza y sus obras, es que su autoridad es diferente, porque no se basa en la fuerza, sino en el carisma. Cuando en más de una ocasión sus enemigos lo increpaban: ¿Con qué autoridad haces esto?, él se remitía precisamente al testimonio de sus obras. Ellas probaban sobradamente su identidad mesiánica, que sus adversarios no querían reconocer, cegados por la idea de un mesías poderoso.
            Aquí radica la grandeza de quien vino a servir y a salvar lo perdido. Eso es lo que hace “profeta poderoso en obras y palabras”, como reconocen los discípulos de Emaús. Así lo entendieron los apóstoles a la luz de la fe pascual: “Hombre acreditado por Dios con milagros, signos y prodigios…, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios restaba con él”, como pregonaba el apóstol Pedro. Huelga decir que el estilo de Jesús debe ser nuestro modelo de acción.

ORA EN TU INTERIOR

            Te bendecimos, Padre, porque Cristo Jesús, tu Hijo, basó su autoridad en el amor y no en el poder, en el servicio liberador y no en la opresión.
            En él nos mostraste que es posible ser hombres libres, desposeídos del pecado, señores de nuestro destino, hermanos de los hombres y mujeres de nuestro mundo y solidarios del que sufre.
            Ayúdanos a continuar su misión liberadora del hombre, poseído por los demonios del tener, acaparar y consumir, del egoísmo y la soberbia, la insolidaridad y el desamor.
            Así el anuncio del reino llenará de luz nuestro mundo y viviremos en plenitud, libertad y esperanza segura…

ORACIÓN

            Señor, tú enseñas con autoridad y sanas con poder y con amor. Que jamás me deje seducir por Satanás. Mi único Dios y Señor eres tú, el santo de Diios, a quien estoy indisolublemente unido en el amor y la amistad por el bautismo que me dio la fe.



16 de Enero

Miércoles de la Primera Semana del Tiempo Ordinario (C)

EVANGELIO DEL DÍA

Mc 1,29-39

“Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron:

“Todo el mundo te busca”

“Al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la tomó de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y poseídos. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar, Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: “Todo el mundo te busca”. Él les respondió: “Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido”. Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios”.

REFLEXIÓN

            El evangelio de hoy describe la intensa actividad que Jesús desarrolló en Cafarnaúm en el plazo de dos días consecutivos. El evangelista deja constancia de 1º La curación de la suegra de Pedro. 2º. Sanación de multitud de enfermos y endemoniados. 3º. Oración y actividad misionera itinerante de Jesús.
            Las sanaciones milagrosas de Jesús evidencian el poder salvador del reino de Dios, inaugurado y presente en su persona. Pero como señala el evangelista a continuación, ese poder lo tiene Jesús debido a su comunión con el Padre, con quien se mantiene unido en la oración. Es el tercer momento del relato de hoy. “Se levantó de madrugada, se marcho al descampado y allí se puso a orar”. Es donde lo encuentra Pedro y sus compañeros a la mañana siguiente; y al encontrarlo le dijeron: “Todo el mundo te busca”. Era como decirle ¿Por qué no capitalizas el éxito popular?.
            Pero Jesús no se deja tentar, la respuesta de Jesús no deja lugar a dudas. Él lo tiene muy claro. “Vamos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido. Así recorrió toda galilea predicando en las sinagogas y expulsando demonios”. La salvación de Dios que él trae no tiene fronteras, es para todos sin excepción.

ENTRA EN TU INTERIOR

            Hoy vemos el corazón compasivo de Cristo, solidario con la humanidad doliente. Efectivamente, “él cargó con nuestras dolencias”, dice el evangelista Mateo comentando estas curaciones (8,17). “tenía que parecerse en todo a sus hermanos para ser compasivo… como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella” (Heb 2,27s)

ORA EN TU INTERIOR

            Siguiendo el ejemplo de Jesús, “los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (GS 1).

ORACIÓN

            Señor, también yo, como todo el mundo que busca la Verdad y la Vida, te busco a ti. Cura mi fiebre posesiva y ábrela al bien de mis hermanos; que, curado por ti, te sirva en ellos, en quienes te veo a ti con los ojos de la fe.



17 de Enero
Jueves de la Primera Semana de Tiempo Ordinario (C))
EVANGELIO DEL DÍA
Mc 1,40-45

“Si quieres, puedes limpiarme”

“Se acercó a Jesús un leproso suplicándole de rodillas: “si quieres, puedes limpiarme”. Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: “Quiero; queda limpio”. La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: “No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés”. Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado, y aun así acudían a él de todas partes”.

REFLEXIÓN

El texto evangélico dice que, antes de realizar la curación, Jesús sintió lástima del leproso. Cada curación nos dice más del corazón compasivo de Jesús que del mismo enfermo. Por algo Jesús había señalado tales curaciones como prueba de la venida del reino, es decir, del amor de Dios al hombre.
El amor no margina a nadie, sino que sale al encuentro del otro como en el caso de Jesús, y no regatea molestias y tiempo, comprensión y cariño. Aunque no hacen ruido, venturosamente no faltan hoy hombres y mujeres que viven para los demás, como hizo Cristo. Hay en el mundo mucha gente que apuesta por los marginados, que a fondo perdido gasta su vida por sus hermanos, saliendo continuamente de sí mismos en busca de los hambrientos y desamparados, emigrantes y parados, ancianos y enfermos, drogadictos y encarcelados, oprimidos y explotados, tristes y abandonados.
            Gracias al soplo y los carismas del Espíritu, hay en el mundo millones de corazones entregados a la apasionante tarea de amar al prójimo y millones de manos activas en la liberación de los pobres; organizaciones humanitarias, misioneros y misioneras del tercer mundo, religiosos y religiosas que sirven a enfermos y ancianos, cientos de miles de sacerdotes y laicos que optan por la pobreza y hacen efectiva la buena nueva de la salvación de Dios a los pobres de este mundo.

ENTRA EN TU INTERIOR

A través de tantos cristianos y en medio de nosotros sigue Cristo curando a los enfermos, abriendo los ojos a los ciegos, limpiando a los leprosos, resucitando a los muertos; en una palabra, haciendo presente en nuestro mundo el amor con que Dios ama al hombre y quiere que nos amemos unos a otros. Hay un Cristo ignorado y que solamente al fin de los tiempos descubriremos en tantos creyentes heroicos que, en situaciones muy duras para su fe, testimonian el evangelio del amor y viven comprometidos a fondo con la liberación humana de toda injusticia y marginación.
            Sumémonos a estos testigos del amor que no margina. Perdemos el tiempo si no amamos y servimos a los demás, porque no encontraremos al Señor más que en aquellos con quienes él quiso identificarse; víctimas del dolor, pobres, marginados y necesitados de la tierra.

ORA EN TU INTERIOR

            Gracias, Padre, porque Jesús, curando a los leprosos, nos mostró que el amor no margina a nadie, sino que regenera a la persona, restableciéndola en su dignidad. Cada sanación de Cristo nos habla de su corazón compasivo y nos confirma en la venida de tu amor y de tu Reino.
            Gracias también por tantos hombres y mujeres entregados a la fascinante tarea de amar a sus hermanos y liberar a los pobres y marginados de la sociedad.
            Sacia su hambre de justicia y sostenlos en su empeño; y a nosotros impúlsanos a seguir el ejemplo de Jesús, sirviendo a Cristo en nuestros hermanos más abandonados.

ORACIÓN

            Señor, si quieres puedes limpiarme; de la lepra de mi egoísmo, de mi orgullo, de mi apatía, de mi pereza, de mi sed insaciable de felicidad al margen de tu voluntad. Pongo oídos a tu Palabra: “Quiero, queda limpio”. Gracias, Señor, por la sanación de mis pecados y por la fe.

18 de Enero

Viernes de la Primera Semana del tiempo Ordinario (B)

Comienza el Octavario de oración por la unidad de los cristianos.

18 – 25 de Enero

EVANGELIO DEL DÍA

Mc 2,1-12

“El Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra

Para perdonar pecados”

“Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaúm, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la palabra. Llegaron cuatro llevando un paralítico y, como no podían meterlo, por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados quedan perdonados”. Unos escribas, que estaban sentados, pensaban para sus adentros: ¿Por qué habla este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?”. Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y dijo: “¿Por qué pensáis así? ¿Qué es más fácil decirle al paralítico “tus pecados quedan perdonados”, o decirle “levántate, toma la camilla y echa a andar”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados…” Entonces le dijo al paralítico: “Contigo hablo: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. Se levantó inmediatamente, tomó su camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios diciendo: “Nunca hemos visto una cosa igual”.

REFLEXIÓN

            La escena de hoy nos es bien conocida por los evangelios sinópticos. Un hombre paralítico es curado de su enfermedad por Jesús con estas palabras: “Tus pecados quedan perdonados”. Puesto que perdonar pecados es facultad divina, como acertadamente pensaban los entendidos de la ley mosaica allí presentes, Jesús se está manifestando como Dios. Ese poder de perdonar pecados que él tenía y que demuestra venciendo la enfermedad –efecto del pecado, según la mentalidad judía, se lo delegó a sus apóstoles y, en ellos, a la Iglesia, que continúa el perdón de Dios en el sacramento de la reconciliación.

            Este perdón que reconcilia con Dios y con los hermanos supone un proceso de conversión, por el que el hombre y la mujer se reconocen pecadores ante Dios y la comunidad eclesial, rehaciendo seriamente su opción bautismal. Por eso los santos padres llamaron “segundo bautismo” al sacramento de la reconciliación. Es una segunda oportunidad, continuamente ofrecida por Dios de renovarnos en nuestra identidad cristiana.

            Desde hace años se habla del Sacramento de la Reconciliación, como un Sacramento en crisis, al menos en su forma privada o individual, sobre todo entre los jóvenes. ¿Causas? Son múltiples: la rutina que demuestran algunos asiduos frecuentadores de la confesión; la pérdida de conciencia de pecado en muchos sectores de nuestra sociedad, que optan por otros valores diametralmente opuestos a los valores del Reino…

            La dimensión eclesial del perdón de Dios es una de sus características esenciales. Por eso decimos: “Yo confieso ante Dios y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión”. Dios nos reconcilia en Cristo, su Hijo, por medio del servicio pastoral de la iglesia. El apóstol Pablo escribía a los fieles de la comunidad de Corinto: “Dios por medio de Cristo nos reconcilió consigo, y nos encargó el servicio de reconciliar… A nosotros nos ha confiado el mensaje de la reconciliación… Nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como Si Dios mismo os exhortara por medio nuestro. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2 Cor 5,17ss). Son ideas que resalta la primera parte de la absolución sacramental.

 ENTRA EN TU INTERIOR

            A través de los siglos, la Iglesia, ha sido siempre fiel al anuncio del perdón y misericordia de Dios para el hombre pecador. Sublime herencia eclesial que nos viene de Cristo: haber institucionalizado el perdón de Dios mediante un sacramento, el de la reconciliación o penitencia. Frecuentémoslo.

            Pero hay algo que, después de la celebración sacramental del perdón, evidencia la calidad de nuestra conversión personal y delata su profundidad o su superficialidad. Es la vida corriente de cada día. La conversión se manifiesta en la virtud de la penitencia o proceso conversional, que verifica el cambio de actitudes y conducta que vamos operando en la dirección del reino de Dios. De ahí el sentido penitencial o conversional de toda la vida cristiana.

ORA EN TU INTERIOR

            Estamos rotos, Señor, bajo el peso de la culpa. Ayuda a los que paraliza y atenaza el miedo, la mezquindad, el error, la desesperanza y el desamor.

            No hemos vivido a cabalidad nuestra opción bautismal. Pero tú no nos rechazas, sino que nos invitas a levantarnos y caminar al ritmo de tu reino.

            Señor, reconcílianos contigo y con los hermanos para sentarnos de nuevo a tu mesa en la fiesta. Así caminaremos gozosos a la luz de tu rostro, porque tu amor y tu perdón son nuestra fuerza en el duro desierto hacia la patria definitiva.

ORACIÓN

            Señor, tú eres Dios, tú eres amor. Por eso quieres y puedes perdonar mis pecados. Por eso, me quieres y me dices: Tus pecados quedan perdonados, toma la camilla de tu cruz y echa a andar detrás de mí, guiado por la fe.


19 de Enero

Sábado de la Primera Semana del Tiempo Ordinario (C)

EVANGELIO DEL DÍA

Mc 2,13-17

“No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”

“Jesús salió de nuevo a la orilla del lago; la gente acudía a él y les enseñaba. Al pasar vio a Leví, el del Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos y le dijo: “Sígueme”. Se levantó y lo siguió. Estando Jesús a la mesa en su casa, de entre los muchos que lo seguían, un grupo de publicanos y pecadores se sentaron con Jesús y sus discípulos. Algunos escribas fariseos, al ver que comía con publicanos y pecadores, les dijeron a los discípulos: “¡De modo que come con publicanos y pecadores!”. Jesús lo oyó y les dijo: “No necesitan médicos los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

REFLEXIÓN

            Publicanos y pecadores, prostitutas y pastores, bandidos y leprosos eran lo peor de Israel. Precisamente los que contactó Jesús, quien vino a buscar lo que estaba perdido. Es comprensible, pues, la sorpresa de escribas y fariseos al ver a Jesús sentado a la mesa con Leví y sus colegas. El cuadro, es evidente, que les debió chocar y lo comentan con los discípulos de Jesús: ¿De modo que come con publicanos y pecadores?.

            Jesús, que lo había oído, tenía que dar una explicación de su conducta, y lo hizo con meridiana claridad: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar justos, sino pecadores”. Con lo que pone en evidencia a los “justos”.

            Necesitamos vivir la experiencia de la misericordia divina para entender la página evangélica de hoy. No hay descubrimiento más consolador que el comprobar el amor del Señor buscando al pecador incluso en su mismo pecado. Pero este interés de Dios por el pecador no lo exime de responsabilidades, y menos aún de connivencia con el pecado.

            En Jesucristo, el Dios santo vino en busca del hombre pecador para redimirlo. Por eso en el lugar paralelo de Lucas concluye Jesús: “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan” (Mc 5,32).

ENTRA EN TU INTERIOR

            Ésa es la respuesta de Jesús a quienes le acusaban de andar con gente de mala fama. La imagen de Dios que Cristo nos ofrece en el episodio de la vocación de Leví el publicano, el futuro apóstol Mateo, es la de un Dios que acepta al hombre en su fragilidad, tal cual es, lo comprende y lo perdona porque lo ama. La única condición es que el hombre y la mujer se reconozcan pecadores y quieran convertirse, abandonando el pecado.

            Así rehabilita Dios al que se convierte, restaurándolo a su dignidad de persona y de hijo suyo, sin interrogatorios ni reproches, sino abriéndolo a la confianza y a la alegría e invitándolo a llevar una vida nueva, propia de quien ha renacido del Espíritu por el perdón y la misericordia.

            Todos tendemos a pensar que el mundo será mejor cuando cambien los demás, de hecho, siempre tenemos la tentación de cambiar a las personas y si pudiéramos intentaríamos cambiar a los más cercanos para acomodarlos a nuestra forma de ser y pensar. Sin embargo, la raíz del mal está dentro de cada uno. Si no reconocemos esto, nada mejorará dentro ni fuera de nosotros, porque nada cambiará.

ORA EN TU INTERIOR

            Te bendecimos, Padre, porque en la vocación de Mateo diste pruebas de creer en el hombre, a pesar de todo. Gracias también porque Jesús permitió que lo acusaran de ser amigo de pecadores. Eso nos consuela y anima.

            Nosotros encasillamos fácilmente a los demás, pero tú brindas siempre la oportunidad de conversión.

            En este día tú nos llamas a cada uno de nosotros sin tener en cuenta nuestros pecados. Haz que la brisa de tu misericordia cree nuestro corazón con la esperanza y el gusto de tu banquete de fiesta, y concédenos un sitio en tu mesa al lado de Jesús.

ORACIÓN

            Señor, no has venido a llamar a los justos, sino a los pecadores; palabras que me llenan de gozo y de esperanza, porque soy un pecador. Por eso mismo te tengo a ti como salvador y como amigo. Esa amistad irá configurando mi vida con tu palabra y tu ejemplo. ¡Quiero seguirte en el camino de la fe!.

           

           

jueves, 3 de enero de 2013

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR



“Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”.


DOMINGO 13 DE ENERO
FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR

1ª Lectura: Isaías 42,1-7
Salmo 28: “El Señor bendice a su pueblo con la paz”
2ª Lectura: Hechos 10,34-38
PALABRA DEL DÍA
Lucas 3,15-22

“En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomo la palabra y dijo a todos: -Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el espíritu santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo; -Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”.




Versión para América Latina extraída de la Biblia del Pueblo de Dios

“Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías,
él tomó la palabra y les dijo: "Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego.
Todo el pueblo se hacía bautizar, y también fue bautizado Jesús. Y mientras estaba orando, se abrió el cielo
y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma. Se oyó entonces una voz del cielo: "Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección".



REFLEXIÓN

            El Bautista habla de manera muy clara: “Yo os bautizo con agua”, pero esto solo no basta. Hay que acoger en nuestra vida a otro “más fuerte”, lleno del Espíritu de Dios: “Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”.
            Son bastantes los “cristianos” que se han quedado en la religión del Bautista. Han sido bautizados con “agua”, pero no conocen el bautismo del “Espíritu”. Tal vez lo primero que necesitamos todos es dejarnos transformar por el Espíritu que desciende sobre Jesús. ¿Cómo es su vida después de recibir el Espíritu de Dios?
            Jesús se aleja del bautista y comienza a vivir desde un horizonte nuevo. No hemos de vivir preparándonos para el juicio inminente de Dios. Es el momento de acoger a un Dios Padre que busca hacer de la humanidad una familia más juta y fraterna. Quien no vive desde esta perspectiva no conoce todavía qué es ser cristiano.
            Movido por esta convicción, Jesús deja el desierto y marcha a galilea, a vivir de cerca los problemas y sufrimientos de la gente. Es ahí, en medio de la vida, donde hemos de sentir a Dios como un Padre que atrae a todos a buscar juntos una vida más humana. Quien no siente así a Dios no sabe cómo vivía Jesús.
            Jesús abandona también el lenguaje amenazador del Bautista y comienza a contar parábolas que jamás se le hubieran ocurrido a Juan.  El mundo  ha de saber lo bueno que  es este  Dios  que busca y acoge a sus hijos perdidos porque solo quiere salvar, nunca condenar. Quien no habla este lenguaje de Jesús no anuncia su buena noticia.
            Jesús deja la vida austera del desierto y se dedica a hacer “gestos de bondad” que el bautista nunca había hecho. Cura enfermos, defiende a los pobres, toca a los leprosos, acoge a su mesa a pecadores y prostitutas, abraza a niños de la calle. La gente tiene que sentir la bondad de Dios en su propia carne. Quien habla de un Dios bueno y no hace los gestos de bondad que hacía Jesús desacredita su mensaje.
            Jesús vivió en el Jordán una experiencia que marcó para siempre su vida. No se quedó con el Bautista. Tampoco volvió a su trabajo en la aldea de Nazaret. Movido por un impulso incontenible comenzó a recorrer los caminos de Galilea anunciando la buena Noticia de Dios.
            Como es natural, los evangelistas no pueden describir lo que ha vivido Jesús en su intimidad, pero han sido capaces de recrear una escena conmovedora para sugerirlo. Está construida con rasgos de hondo significado: “Los cielos se rasgan”: ya no hay distancias; Dios se comunica íntimamente con Jesús. Se oye “una voz venida del cielo: “Tú eres mi Hijo querido. En ti me complazco”.

ENTRA Y ORA EN TU INTERIOR

                Ya no hay distancias; Dios se comunica íntimamente con Jesús. Se oye “una voz venida del cielo”: “Tú eres mi Hijo querido. En ti me complazco”.
            Lo esencial está dicho. Esto es lo que Jesús escucha de Dios en su interior: “Tú eres mío. Eres mi Hijo. Tu ser está brotando de mí. Yo soy tu Padre. Te quiero entrañablemente; me llena de gozo que seas mi Hijo; me siento feliz”. En adelante, Jesús solo lo invocará con este nombre: Abbá, Padre.
            De esta experiencia brotan dos actitudes que Jesús vive y trata de contagiar a todos: confianza increíble en Dios y docilidad incondicional. Jesús confía en Dios de manera espontánea. Se abandona a él sin recelos ni cálculos. No vive nada de forma forzada o artificial. Confía en Dios. Se siente hijo querido.
            Por eso enseña a todos a llamar a Dios “Padre”. Le apena la “fe pequeña” de sus discípulos. Con esa fe raquítica no se puede vivir. Les repite una y otra vez: “No tengáis miedo. Confiad”. Toda su vida la pasó infundiendo confianza en Dios.


EL ESPÍRITU DE JESÚS

            En tiempos de crisis de fe no hay que perderse en lo accidental y secundario. Hemos de cuidar lo esencial: la confianza total en Dios y la docilidad humilde. Todo lo demás viene después.
Jesús apareció en Galilea cuando el pueblo judío vivía una profunda crisis religiosa. Llevaban mucho tiempo sintiendo la lejanía de Dios. Los cielos estaban “cerrados”. Una especie de muro invisible parecía impedir la comunicación de Dios con su pueblo. Nadie era capaz de escuchar su voz. Ya no había profetas. Nadie hablaba impulsado por su Espíritu.

Lo más duro era esa sensación de que Dios los había olvidado. Ya no le preocupaban los problemas de Israel. ¿Por qué permanecía oculto? ¿Por qué estaba tan lejos? Seguramente muchos recordaban la ardiente oración de un antiguo profeta que rezaba así a Dios: “Ojalá rasgaras el cielo y bajases”.

Los primeros que escucharon el evangelio de Marcos tuvieron que quedar sorprendidos. Según su relato, al salir de las aguas del Jordán, después de ser bautizado, Jesús «vio rasgarse el cielo» y experimentó que «el Espíritu de Dios bajaba sobre él». Por fin era posible el encuentro con Dios. Sobre la tierra caminaba un hombre lleno del Espíritu de Dios. Se llamaba Jesús y venía de Nazaret.

Ese Espíritu que desciende sobre él es el aliento de Dios que crea la vida, la fuerza que renueva y cura a los vivientes, el amor que lo transforma todo. Por eso Jesús se dedica a liberar la vida, a curarla y hacerla más humana. Los primeros cristianos no quisieron ser confundidos con los discípulos del Bautista. Ellos se sentían bautizados por Jesús con su Espíritu.

Sin ese Espíritu todo se apaga en el cristianismo. La confianza en Dios desaparece. La fe se debilita. Jesús queda reducido a un personaje del pasado, el Evangelio se convierte en letra muerta. El amor se enfría y la Iglesia no pasa de ser una institución religiosa más.

Sin el Espíritu de Jesús, la libertad se ahoga, la alegría se apaga, la celebración se convierte en costumbre, la comunión se resquebraja. Sin el Espíritu la misión se olvida, la esperanza muere, los miedos crecen, el seguimiento a Jesús termina en mediocridad religiosa.
 
Nuestro mayor problema es el olvido de Jesús y el descuido de su Espíritu. Es un error pretender lograr con organización, trabajo, devociones o estrategias diversas lo que solo puede nacer del Espíritu. Hemos de volver a la raíz, recuperar el Evangelio en toda su frescura y verdad, bautizarnos con el Espíritu de Jesús:
 
No nos hemos de engañar. Si no nos dejamos reavivar y recrear por ese Espíritu, los cristianos no tenemos nada importante que aportar a la sociedad actual tan vacía de interioridad, tan incapacitada para el amor solidario y tan necesitada de esperanza.

José Antonio Pagola

ORA EN TU INTERIOR

                Son bastantes los hombres y mujeres que un día fueron bautizados por sus padres y hoy no sabrían definir exactamente cuál es su posición ante la fe. Quizá la primera pregunta que surge en su interior es muy sencilla: ¿para qué creer? ¿Cambia algo la vida por creer o no creer? ¿Sirve la fe realmente para algo?
            Estas preguntas nacen de su propia experiencia. Son personas que poco a poco han arrinconado a Dios de su vida. Hoy Dios no cuenta en absoluto para ellas a la hora de orientar y dar sentido a su existencia.
            Dios no les dice nada. Se han acostumbrado a vivir sin él… No experimentan nostalgia o vacío alguno por su ausencia. Han abandonado la fe y todo marcha en su vida tan bien o mejor que antes. ¿Para qué creer?
            Esta pregunta solo es posible cuando uno “ha sido bautizado con agua”, pero no ha descubierto qué significa “ser bautizado con el Espíritu de Jesucristo”.
            ¿Para qué creer? Para vivir la vida con más plenitud; para situarlo todo en su verdadera perspectiva y dimensión; para vivir incluso los acontecimientos más triviales e insignificantes con más profundidad.
            ¿Para qué creer? Para atrevernos a ser humanos hasta el final; para no ahogar nuestro deseo de vida hasta el infinito; para defender nuestra libertad sin rendir nuestro ser a cualquier ídolo; para permanecer abiertos a todo el amor, la verdad, la ternura que hay en nosotros. Para no perder nunca la esperanza en el ser humano ni en la vida.

ORACIÓN

                Jesús, tú vas en la fila de los que acuden a bautizarse, como un pecador más que busca su purificación: estás asumiendo mi lugar, porque soy yo el pecador necesitado de perdón, y tú eres el único Justo. Gracias, Jesús, por tu Bautismo y por mi Bautismo, en el que recibí de tu generosidad mi mayor tesoro.

ANUNCIO DE LAS FIESTAS DEL AÑO

                La gloria del Señor se ha manifestado en Belén y seguirá manifestándose entre nosotros, hasta el día de su retorno glorioso.
            Por eso os anuncio con gozo, hermanas y hermanos, que así como nos hemos alegrado en estas fiestas de la Navidad de nuestro Señor Jesucristo, nos alegremos también en la gran celebración pascual de la Resurrección de nuestro Salvador.
            Así pues, recordemos que este año el ejercicio de la Cuaresma, que nos prepara para la Pascua, comenzará el día 13 de Febrero, Miércoles de Ceniza, y del 24 al 30 de Abril, celebraremos la Semana Santa.
            Del 28 al 30 de Abril celebraremos con fe el Triduo Pascual de la muerte, sepultura y resurrección del Señor Jesús.
            El día 31 de Marzo será la Pascua, la fiesta más grande del año, que la comenzaremos con la Solemne Vigilia Pascual.
            Y al cabo de cincuenta días, como culminación de la cincuentena pascual, el domingo 19 Mayo, celebraremos la Solemnidad de Pentecostés, el don que Jesús resucitado hace a su Iglesia: su Espíritu Santo.
 
 
 
 Expliquemos el Evangelio a los niños
Imágenes proporcionadas por Catholic.net


 

COMIENZA EL TIEMPO ORDINARIO


 



LUCAS, EL EVANGELISTA DEL CICLO (C)
José Antonio Pagola

                El evangelio de Lucas es sin duda el más atractivo. El primero que hemos de leer para descubrir con gozo a Jesús, el Salvador enviado por Dios “para buscar y salvar lo que estaba perdido”. Al mismo tiempo, el más accesible para captar el mensaje de Jesús como buena Noticia de un Dios compasivo, defensor de los pobres, curador de los enfermos y amigo de pecadores.
            No sabemos con certeza el nombre del autor. Se le atribuye tradicionalmente a un médico cristiano, compañero de Pablo, llamado Lucas. Ha sido escrito fuera de Palestina, probablemente en Roma, entre los años 80 y 90. El autor se dirige a lectores de cultura griega. Su escrito no parece destinado a una comunidad claramente identificable. El libro está dedicado a un cristiano llamado Teófilo, para que lo difundiera entre cristianos provenientes del paganismo.
            Lucas es el primer escritor cristiano que narra una especie de “historia de la salvación” siguiendo un cierto orden. Compone su obra en dos partes. La primera está constituida por el evangelio, y está centrada en Jesús; después de la infancia de Jesús se narra su trayectoria desde Galilea a Jerusalén, donde culmina con su crucifixión, su resurrección y la escena de la ascensión. La segunda parte se llama Hechos de los Apóstoles, y está centrada en la primera Iglesia. En este escrito se observa una dirección inversa al evangelio; comienza en Jerusalén con la ascensión y se narran luego los primeros pasos de los discípulos de Jesús, que serán sus testigos “en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra”.
EL EVANGELIO DE LA ALEGRÍA
                + El evangelio de Lucas es el “evangelio de la alegría”. A lo largo de sus páginas se nos invita a acoger a Jesús con gozo. No hemos de salir a su encuentro con miedo, preocupación o recelo, sino con alegría y confianza. La primera que escucha esta invitación es María: “alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo” (1,28). Ya antes de nacer, Lucas presenta a Jesús difundiendo alegría mesiánica desde el seno de su madre (1,44). Su nacimiento en Belén es motivo de alegría. Así lo anuncia el enviado de Dios: “No tengáis miedo. Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (2,11).
            Más tarde, Lucas presenta a Jesús irradiando alegría allí donde se hace presente. Las curaciones que lleva a cabo en las aldeas de Galilea despiertan la alegría y la alabanza a Dios. En sus parábolas, Jesús les habla de la alegría que experimenta Dios cuando un pecador se convierte (15,7.10.32). Al entrar en Jerusalén, “toda la multitud de los discípulos, llenos de alegría, se pusieron a alabar a Dios con grandes voces” (19,37). Al subir Jesús al cielo, sus discípulos vuelven a Jerusalén “con gran gozo” y “estaban siempre en el templo alabando a Dios” (24,53). Este evangelio de Lucas nos ayudará a descubrir a Jesús como algo nuevo y bueno, que puede llenar nuestra vida de gozo y agradecimiento a Dios.
            En el origen de esta alegría está la gran noticia de la salvación que Dios nos ofrece en Jesús. Por eso Lucas lo presenta como Salvador.
EL EVANGELIO DE LA SALVACIÓN
                + Lucas insiste en que Jesús es el “hoy de la salvación”. En Cristo, Dios nos está ofreciendo su salvación hoy, ahora mismo, que estás leyendo esto, siempre: “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador” (2,11). En casa de Zaqueo Jesús dice: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (19,10). En la cruz promete al buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (23,43). El evangelio de Lucas nos invita a acoger a Jesús, el Cristo, que viene a nuestras vidas a salvar lo que estaba perdido.
            Esta salvación que Lucas anuncia es fruto de la misericordia de Dios. En Jesús se nos revela la bondad, el perdón y la gracia de Dios. Ya en el canto de Zacarías se nos anuncia que “por las entrañas de misericordia de nuestro Dios nos visitará la luz que nace de lo alto, para iluminar a los que se hallan en tinieblas y en sombras de muerte, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (1,78-79). Toda la actuación salvadora de Jesús revela la misericordia de Dios y se manifiesta de formas diversas.
            En primer lugar, en el perdón que ofrece a los pecadores. Jesús es como el “padre” de la parábola, que acoge a los hijos perdidos y celebra con ellos comidas festivas; como el “pastor” que busca a las ovejas perdidas y, al encontrarlas, hace fiesta con sus amigos; como “la pobre mujer” que busca y encuentra su pequeña moneda perdida y lo celebra con sus vecinas (15,1-32). En Lucas encontramos dos inolvidables escenas en las que Jesús ofrece el perdón de Dios a una prostituta (7,36-50) y a Zaqueo, el publicano (19,1-10). Y lo veremos morir pidiendo perdón (23,34).
            La misericordia de Dios se revela también en las curaciones de Jesús, que Lucas presenta como gestos de misericordia más que como manifestación de su poder (17,11-19).
EL EVANGELIO DEL ESPÍRITU
                Según el evangelio de Lucas, la salvación de Dios nos llega por la fuerza del Espíritu. Jesús es el “portador del Espíritu de Dios”. En él se hace presente en el mundo el Espíritu Santo, dador de vida. El Bautista (1,15). Incluso él es concebido por obra del Espíritu Santo (1,35), y es este mismo Espíritu el que desciende sobre él cuando estaba en oración después del bautismo (3,22).
            Este Espíritu “lo conduce al desierto” (4,1) y lo guía “con su fuerza” por los caminos de Galilea (4,14). Ungido por ese mismo Espíritu, vive anunciando a los pobres, oprimidos y desgraciados la buena Noticia de su liberación (4,7-20).
EL EVANGELIO DE LOS POBRES
                + Lucas es el “evangelio de los pobres”. Su relato de Jesús viene preparado por dos textos programáticos de gran importancia. En primer lugar, el canto de María proclama un Dios revolucionario, el Dios del reino que anuncia Jesús: un Dios “que derriba de sus tronos a los poderosos y exalta a los humildes; colma de bienes a los pobres y despide a los ricos si n nada” (1,52-53). En segundo lugar, el programa trazado por un texto de Isaías, que Jesús se aplica a sí mismo en la sinagoga de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Noticia” (4,18).
            Por eso Jesús es el Profeta pobre que “no tiene donde reclinar la cabeza” (9,58). El profeta indignado que advierte a los ricos: “No podéis servir a Dios y al dinero” (16,13). Y podríamos multiplicar los textos.
            Recorriendo el evangelio de Lucas aprenderemos a vivir de manera sana en la sociedad del consumo sin vivir esclavos del dinero, sin caer en la obsesión del bienestar, aprendiendo a convivir de manera más solidaria, compartiendo los nuestro con los más necesitados.
EL EVANGELIO DE LA ORACIÓN
            + Lucas es “el evangelio de la oración”. Nos presenta a Jesús como alguien que vive todo desde dentro, invocando al Padre, abriéndose al espíritu, dando gracias y alabando a dios. En los momentos más importantes y decisivos, Jesús aparece en oración, comunicándose con el Padre en el bautismo en el Jordán (3,21), al elegir a los Doce (6,12); antes de preguntar a sus discípulos “¿Quién decís que soy yo?” (9,18); antes de enseñarles la oración del Padrenuestro (11,1); en el episodio de la transfiguración (9,28-29). Jesús bendice a Dios porque se revela a los pequeños (10,21-22); intercede por Pedro para que su fe no desfallezca (22,31-32); ora en Getsemaní para acoger la voluntad del Padre y muere perdonando a los que le ajusticiaban.
EL EVANGELIO DE LA MUJER
                + El Evangelio de Lucas presta una atención especial a la mujer. En su relato aparecen personajes femeninos de una fuerza extraordinaria: María, la madre de Jesús; Isabel, Ana, la viuda de Naín, la pecadora de la casa de Simón, sus amigas Marta y María, María de Magdala, la muer anónima que alaba a su madre… Lucas tiene un interés especial en presentar a Jesús curando a mujeres enfermas (la suegra de Simón, la mujer que padecía pérdidas de sangre, la anciana encorvada, María de Magdala. También subraya su compasión y su ternura con la mujer pecadora y con las mujeres que salen llorando a su encuentro camino de la cruz.
EL VERDADERO PROTAGONISTA DEL EVANGELIO DE LUCAS.
                + El protagonista del evangelio de Lucas no es sólo un personaje histórico. Es el Señor resucitado, que sigue vivo en la comunidad de sus seguidores. Así es presentado desde el comienzo.
            De esta manera Lucas nos recuerda que estamos leyendo la Buena Noticia de alguien que sigue vivo, pues ha sido resucitado por Dios. Sus palabras no son el testamento de un maestro difunto; son palabras vivas de alguien que nos sigue hablando ahora con palabras de vida eterna. Los hechos que se nos narran no son la biografía de alguien que ya pasó; son los gestos salvadores de alguien que está sanando y salvando nuestras vidas. Hemos de leer el evangelio de Lucas no como algo de ayer, sino como algo de hoy y para nosotros.