viernes, 22 de marzo de 2013

LOS DÍAS QUE ANTECEDEN AL TRIDUO PASCUAL


DEL LUNES AL MIÉRCOLES DE LA SEMANA SANTA
LOS DÍAS QUE ANTECEDEN AL
TRIDUO PASCUAL
Antes de morir, Jesús quiere celebrar la Pascua con sus discípulos: sabe que la Hora ha llegado, y sus palabras están impregnadas de esta certeza. Todo está cumplido, y María puede verter el perfume sobre el cuerpo del condenado.


 Por el comportamiento de Judas, Jesús comprenderá que el fin está próximo. ¿No es el momento de instaurar el Reino? El discípulo provocará al Maestro y le pondrá en trance de manifestarse.


            Mientras sigue siendo dueño de sus gestos, Jesús da sentido a la muerte que le va a ser impuesta. En la cena de la Pascua entrega él mismo su cuerpo y su sangre, bajo el signo de compartir el pan y el vino, así, sabiendo que va a ser ofrecido a la muerte para que el Reino de Dios llegue, anticipa la hora en la que él mismo va a ser lo que se ventile en el proceso de los hombres.


 Gesto profético que contiene ya una eficacia real, para aquellos que lo acogen en la fe. “esto es mi cuerpo”. El cuerpo de Jesús es ese trozo de pan compartido y distribuido; el cuerpo de Jesús no es entregado sino una vez que ha sido prometido a la muerte, como signo de la palabra mantenida hasta el final: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”.


            Desde entonces se puede sopesar la importancia del encuentro, a la misma mesa, entre el que entrega y el que es entregado. Ahí está el sentido del relato de los acontecimientos que se le imponen a Jesús. La palabra y el gesto son proféticos: anuncian lo que debe cumplirse, mañana, sobre la cruz, la palabra dada en la Cena se cumplirá.


Y después de esa tarde del Viernes Santo, sigue siendo efectiva. Cuando dos o tres, reunidos en nombre de Cristo, comparten el pan en la alabanza, esperando el día en que el Señor vuelva, pasan con él de la muerte a la vida.



25 de Marzo
Lunes Santo
PALABRA DEL DÍA
Jn 12,1-11
“Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?”. Esto lo dijo, no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa llevaba lo que iban echando. Jesús dijo: “Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis”. Una muchedumbre de judíos se enteró de que estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús”.
REFLEXIÓN
La hora del amortajamiento ha llegado. Seis días antes de la Pascua, Jesús llega a Betania para hacer una última visita a los amigos de toda la vida. Y allí se anticipa ya el desenlace de la crisis; era preciso que María guardase el perfume para el día del enterramiento del Señor, pero ella acaba de derramarlo sobre los pies del Maestro.
            Jesús ha quedado marcado ya para la muerte, del mismo modo que el cordero es marcado para ser llevado al matadero. El juicio ha sido ya ejecutado: ya sólo es cuestión de días, Jesús es un condenado. Ya no habrá recurso de apelación: ya está muerto: “Déjala” El que se dirige al sepulcro no grita. Su voz no se oye en la plaza pública. Ante sus acusadores guarda silencio. Es el tiempo de la semilla hundida en la tierra. La hora del grano es la del silencio.
Es la hora del anonadamiento. Es la hora de Betania, donde vive Lázaro, a quien Jesús resucitó de entre los muertos. Marcado ya por la muerte inminente. Jesús se remite a quien ha de librarle del sepulcro: salido con vida de la morada de los muertos, Lázaro testifica que el Maestro de la vida no podrá quedar preso del sepulcro sellado. Es la hora de la esperanza: se abrirá la tierra y crecerá el grano. El cordero sacrificado será el Cordero pascual que quita el pecado del mundo. “Sobre él he puesto mi espíritu, dice Dios, para que haga ver ante las naciones el juicio que yo he pronunciado”. Aquel a quien los hombres ya han condenado anunciará el decreto de perdón del Padre de la misericordia. Es la hora del amortajamiento, pero el que ya ha sido embalsamado habrá de ser ungido por el espíritu. El camino del Calvario queda iluminado con los fulgores de la Pascua.
            Vosotros, hermanos, habéis sido marcado por vuestro bautismo. Dios ha pronunciado sobre vosotros su juicio y os ha llamado según su justicia. Indudablemente, la hora presente es para nosotros muchas veces la hora de la condena. Sin embargo, siguiendo a Jesús que se encamina hacia Jerusalén, confesamos que por el bautismo hemos accedido ya al mundo libre de toda servidumbre. Consagrados por el Espíritu, somos ya –defectuosamente, sin duda, pero lo somos- los artífices del mundo puesto bajo el signo de la resurrección. La hora de Betania es la hora donde flota ya en el aire el perfume de la Pascua.
ENTRA Y ORA EN TU INTERIOR
                Como Cristo, también nosotros fuimos ungidos en el bautismo, que nos incorpora a su muerte y resurrección. La pascua se acerca, y en la vigilia pascual renovaremos nuestra fe y promesas bautismales, pues en la fe del bautismo radica lo más nuclear de nuestra identidad cristiana. Ahí está el punto de partida y el comienzo de toda nuestra existencia de creyentes.
            En el bautismo fuimos sumergidos y sepultados con Cristo para morir al pecado, y también con él renacimos a la vida nueva de Dios, como hijos suyos, miembros de Cristo y de la Iglesia y hermanos de todos los hombres. La renovada fragancia pascual del bautismo debe llenar toda nuestra vida.
            Hoy te bendecimos, Padre, por muchos motivos: Porque Cristo es tu servidor fiel y compasivo, que no vino a quebrar la caña cascada ni a apagar la mecha que todavía humea, sino a liberar al oprimido. Porque él es el grano de trigo que muere en el surco en siembra fecunda que da mucho fruto para ti; porque él estableció tu reino no por la fuerza, sino por la cruz. Amén.

26 DE MARZO
MARTES SANTO
PALABRA DEL DÍA
Jn 13,21-33.36-38
“En aquel tiempo, Jesús, profundamente conmovido, dijo: “Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar”. Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía. Uno de ellos, el que Jesús tanto amaba, estaba reclinado a la mesa junto a su pecho. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía. Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: “Señor, ¿quién es?”. Le contestó Jesús: “Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado”. Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote. Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo: “Lo que tienes que hacer hazlo enseguida”. Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche. Cuando salió, dijo Jesús: “Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros: “Donde yo voy, vosotros no podéis ir”. Simón Pedro le dijo: “Señor ¿adónde vas?”. Jesús le respondió: “Adonde yo voy no me puedes acompañar ahora, me acompañarás más tarde”. Pedro replicó: “Señor, ¿por qué no puedo acompañarte ahora? Daré mi vida por ti”. Jesús le contestó: “¿Con qué darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces”.
REFLEXIÓN
                “Era necesario que se cumpliese la Escritura”. El desenlace está próximo. Jesús sabe que va a la muerte, y da sentido a lo que va a suceder. Si le quitan la vida, es porque, desde el comienzo, él la ha entregado libremente. Jesús va a partir el pan, gesto secular de la comida que celebraba la liberación de la esclavitud. “Es mi carne entregada por vosotros”. Jesús está decidido a llegar hasta el final, y en ese gesto se entrega por entero en manos de los hombres.
            Durante tres días, la liturgia nos hace entrar en el misterio de la Pascua iluminándola con tres pasajes del profeta Isaías que ponen ante nuestros ojos la imagen del Siervo, cuya misión es restablecer la alianza entre Dios y la humanidad. Más aún, él es esa alianza, como lo indica el primer poema. Elegido por Dios, el Siervo vive en la humildad al servicio de los pobres. El segundo canto lo muestra  predestinado para esta misión. Por medio de su palabra, no sólo reunirá a Israel, sino que será luz para las naciones. Así, la liturgia muestra las dos caras del drama que se está desatando. Cuando la liturgia habla ya de traición y negación, revela, como contrapunto, la cara oculta de los acontecimientos. El que se va, olvidado de todos, incluso abandonado por sus amigos, es también el que anunciaba el profeta.
            “Era necesario que se cumpliese la Escritura”. Jesús realiza el mensaje de los profetas, y no tarda en topar con la oposición a sus gestos proféticos. Los escribas le acusaron de blasfemo cuando le vieron perdonar los pecados al paralítico, y desde entonces su actividad se desarrolló en un clima de creciente tensión. Muchas de sus palabras y gestos caían bajo el peso de la ley judía, y sabía que se exponía a la muerte. Pero ¿no es la muerte algo inherente al ministerio profético? Sí, Jesús dio sentido a todo lo que iba a suceder. Se presentó como el Esposo que sería arrebatado a sus amigos; anunció que debería beber el cáliz amargo y se presentó como el hijo del dueño de la viña al que cogen y matan para conseguir la herencia. Con una impresionante libertad, Jesús dio nueva juventud a las Escrituras. Mezclando su destino al del Siervo. Su certeza de estar en la cumbre de las Escrituras le aseguraba de que su muerte próxima constituía la cima de la obra divina. El camino de la cruz es también el de la vida; el hombre al que las tinieblas han de aniquilar es también luz de las naciones.
ENTRA EN TU INTERIOR
                Los apóstoles no entendieron del todo a qué se refería Jesús con su glorificación, pero algo sobrecogedor sospechaban cuando Pedro le pregunta: “Señor, ¿a dónde vas?... Daré mi vida por ti. Jesús le contestó: ¿Con que darás tu vida por mí? Te aseguro Que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces”. Los discípulos no pueden seguir a Jesús en su camino hacia la muerte; no están preparados todavía. El silencio se espesa. Cristo puede ya comenzar su discurso de despedida.
ORA EN TU INTERIOR
                Dos hombres que fallan: Judas y Pedro. Pero su pecado tiene origen diverso: en uno es la avaricia que odia, en otro la debilidad que ama. Y su final es muy distinto: Judas desespera, Pedro se arrepiente. Naturalmente, el que amaba conocía a Jesús mejor que el que odiaba.
            Ni el plan traidor de Judas ni la generosidad impetuosa y fallida de Pedro influirán en el designio que está ya marcado por el Padre y aceptado por Jesús. Él había dicho: “Por eso me ama mi Padre: porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente” (Jn 10,17). Y en la cena comentó: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Ésa es la misión de Jesús y del cristiano: amor que da vida a los demás.
ORACIÓN FINAL
                Te alabamos, Padre, y acatamos tus designios porque se acerca la hora final de Cristo en su pasión, la hora del cáliz en Getsemaní, la gloria de su cruz.
            Se echa encima la noche tenebrosa de la traición. Jesús se entrega; el amor es traicionado y negado.
            Concédenos, Señor, responder a tu amor fielmente, a pesar de nuestra innata y manifiesta debilidad. Queremos demostrar con nuestra vida que el amor es amado, porque si grande es nuestro pecado, mayor es tu bondad.
            Haz brillar pronto sobre nosotros el día de tu gloria, la pascua esplendorosa de la nueva alianza en Cristo. Amén

27 de Marzo
MIÉRCOLES SANTO
PALABRA DEL DÍA
Mt 26,14-25
“En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso: “¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?”. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo. El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: “¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?”. Él contestó: “Id a la ciudad, a casa de fulano, y decidle: “El Maestro dice: Mi momento está cerca: deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo: “Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar”. Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro: “¿Soy yo acaso, Señor?” Él respondió: “El que ha mojado en la misma fuente que yo, ese me va a entregar. El Hijo del Hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del Hombre!; más le valdría no haber nacido. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: “¿Soy yo acaso, Maestro?”. Él respondió: “Tú lo has dicho”.
REFLEXIÓN
                A medida que nos aproximamos a la pasión de Jesús, va cobrando relieve la siniestra figura del hombre que será útil a los planes homicidas de los judíos. Es Judas Iscariote. Todo sucede en un clima de amistad traicionada y en el contexto de la cena pascual de Jesús con sus discípulos, es decir, en la primera eucaristía de la historia. Judas aceptó el papel de delator, llegó a un arreglo con los sacerdotes y buscó la ocasión propicia para entregar a Jesús. Lo hizo durante las fiestas de Pascua, cuando la afluencia de peregrinos a la ciudad favorecía cualquier golpe de mano. “Por treinta monedas de plata”, añade Mateo. Era el precio de un esclavo, el salario irrisorio que antiguamente había pagado Israel para desembarazarse de Dios (Zac 11,12).
            Durante la comida, Jesús desvela que el traidor estaba entre los comensales. Su dolor era grande ante la traición del amigo: “¡Ay del que va a entregar al Hijo del Hombre!”. El Justo es entregado a manos de los impíos; le harán todo cuanto quieran. Es la hora del Príncipe de las tinieblas… Pero Dios no dejará ver la corrupción a su amigo (Sal 15).
ENTRA Y ORA EN TU INTERIOR
                En cada Eucaristía “bebemos el cáliz del Señor”, comulgando así en su muerte y resurrección gloriosa por la redención del mundo y el servicio de los hombres. Pero no realizaremos dignamente esa comunión si no participamos en su destino. ¿Seremos capaces? Nosotros no somos más fuertes que Jesús, que conoció el miedo a la muerte y gimió en Getsemaní. Lo que a nosotros toca es ahogarnos en el torrente del amor de Cristo que renueva todas las cosas. El resto lo hará Dios.
ORACIÓN FINAL
 Te bendecimos, Señor, por Jesucristo, tu Hijo, que vino a  servir y no a ser servido, estableciendo un orden y universo nuevos, donde ser el último sirviendo a los demás, es ser el primero. Haznos comprender que hemos nacido a un mundo nuevo, el mundo de Cristo, el mundo de tu Reino, gracias al amor y la sangre de Cristo, servidor de los hombres. Amén.


TRIDUO PASCUAL
UN POCO DE HISTORIA
                A finales del siglo IV  san Ambrosio y san Agustín orientan a sus fieles sobre “el triduo sacro…, durante el cual Cristo murió, fue sepultado y resucitó”. En palabras del primero, o “el triduo sacratísimo del Salvador crucificado, sepultado y resucitado”, según el obispo de Hipona, San Agustín.
            La preparación de la Pascua se había extendido, por tanto, a los días anteriores formando un todo unido, muerte y resurrección, a través de la sepultura. El triduo lo formaban, pues, viernes, sábado y domingo. El jueves seguía siendo el último día de cuaresma dedicado a la reconciliación de los penitentes. La Iglesia romana mantendrá este esquema hasta el siglo VII, en el que el que va tomando auge la celebración de la cena del Señor en la tarde del jueves, viernes y sábado –vigilia pascual y mañana de resurrección incluidas-
            Oriente siguió otro planteamiento, y ya a mediados del siglo V hallamos en Jerusalén el rito del lavatorio de los pies, que posteriormente se extendió al resto de Oriente y Occidente.
            A partir del siglo VII, encontramos en la liturgia romana tres misas para el jueves: mañana, mediodía –la de la consagración de los óleos- y la de la tarde. Habrá que esperar hasta el siglo X para que el Pontifical romano-germánico recoja el esquema conocido de la misa crismal por la mañana y la vespertina. Y tendrá que llegar el siglo XIII, para que se introduzca el detalle del “traslado” de la reserva a la urna, para la comunión del viernes.
Conforme se vaya perdiendo la perspectiva pascual que une estrechamente a estos tres días y cada celebración vaya independizándose, esta se va recargando de aspectos secundarios que adquieren una exagerada dimensión: adorno del monumento, adoración al Santísimo, procesiones, etc.
            Tendrá que llegar la reforma de Pio XII de 1955, y sobre todo la llevada a cabo sobre las líneas maestras del Vaticano II, para que el triduo sacro recobre su significado profundo como celebración conjuntada del misterio pascual.


           
POR LA CRUZ
A LA LUZ,
POR LA MUERTE A LA VIDA,
POR LA ESCLAVITUD A LA LIBERTAD.



martes, 19 de marzo de 2013

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

24 de Marzo
DOMINGO DE RAMOS
EN LA PASIÓN DEL SEÑOR
PALABRA PARA LA PROCESIÓN DE LOS RAMOS
Lc 19,28-40
“Jesús iba hacia Jerusalén, marchando a la cabeza. Al acercarse a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, mandó a dos discípulos diciéndoles: “Id a la aldea de enfrente: al entrar encontraréis un borrico atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta: “¿Por qué lo desatáis?”, contestadle: “El Señor lo necesita”. Ellos fueron y lo encontraron como les había dicho. Mientras desataban el borrico, los dueños les preguntaron: “¿Por qué desatáis el borrico?” Ellos contestaron: “El Señor lo necesita”. Se lo llevaron a Jesús, lo aparejaron con sus mantos, y le ayudaron a montar. Según iba avanzando, la gente alfombraba el camino con los mantos. Y cuando se acercaba ya la bajada del monte de los Olivos, la masa de los discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos por todos los milagros que habían visto, diciendo: “¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto”. Algunos fariseos de entre la gente le dijeron: “Maestro, reprende a tus discípulos”. Él replicó: “Os digo, que si estos callan, gritarían las piedras”.

MISA DEL DÍA


1ª Lectura: Isaías 50,4-7

Salmo 21: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

2ª Lectura: Filipenses 2,6-11

PALABRA DEL DÍA
PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO
Lc 23,1-49

“El senado del pueblo, o sea, sumos sacerdotes y letrados, se levantaron y llevaron a Jesús a presencia de Pilato. Y se pusieron a acusarlo diciendo: “Hemos comprobado que este anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que él es el Mesías rey”. Pilato preguntó a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. Él le contestó: “Tú lo dices”. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la turba: “No encuentro ninguna culpa en este hombre. Ellos insistían con más fuerza diciendo: “Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí”. Pilato, al oírlo, preguntó si era galileo; y al enterarse que era de la jurisdicción de Herodes, se lo remitió. Herodes estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días. Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento; pues hacía bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de él y esperaba verlo hacer algún milagro. Le hizo un interrogatorio bastante largo; pero él no le contestó ni palabra. Estaban allí los sumos sacerdotes y los letrados acusándolo con ahínco. Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de él; y, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes se llevaban muy mal. Pilato, convocando a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, les dijo: “Me habéis traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; y resulta que yo lo he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas que le imputáis; ni Herodes tampoco, porque nos lo ha remitido: ya veis que nada digno de muerte se le ha probado. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré. Por la fiesta tenía que soltarles a uno. Ellos vociferaron en masa diciendo: “¡Fuera ese! Suéltanos a Barrabás”. (A este lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio). Pilato volvió a dirigirle la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”. Él les dijo por tercera vez: “Pues, ¿qué mal ha hecho este? No he encontrado en él ningún delito que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré”. Ellos se le echaban encima pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo el griterío. Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que le pedían (al que habían metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su arbitrio. Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevase detrás de Jesús. Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotros y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: “Dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado”. Entonces empezarán a decirles a los montes: “Desplomaos sobre mostros”! y a las colinas: “Sepultadnos”; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?. Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él. Y cuando llegaron al lugar llamado “La Calavera”, lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Y se repartieron sus ropas echándolas a suerte. El pueblo estaba mirando. Las autoridades le hacían muecas diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el elegido”. Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: “si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro le increpaba: “¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha faltado en nada”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Jesús le respondió: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Era ya eso de mediodía y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde; porque se escureció el sol. El velo del templo se rasgó  por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu””. Y dicho esto, expiró. El centurión, al ver lo que pasaba, daba gloria a Dios diciendo: “realmente, este hombre era justo”. Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, habiendo visto lo que ocurría, se volvían dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando”.

 
Versión para Latinoamérica extraída de la Biblia del Pueblo de Dios
“Dejó en libertad al que ellos pedían, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos.
Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús.
Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él.
Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: "¡Hijas de Jerusalén!, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos.
Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron!
Entonces se dirá a las montañas: ¡Caigan sobre nosotros!, y a los cerros: ¡Sepúltennos!
Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?".
Con él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados.
Cuando llegaron al lugar llamado "del Cráneo", lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Jesús decía: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos.
El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: "Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!".
También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre,
le decían: "Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!".
Sobre su cabeza había una inscripción: "Este es el rey de los judíos".
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: "¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros".
Pero el otro lo increpaba, diciéndole: "¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él?
Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo".
Y decía: "Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino".
El le respondió: "Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso".
Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde.
El velo del Templo se rasgó por el medio.
Jesús, con un grito, exclamó: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Y diciendo esto, expiró.
Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando: "Realmente este hombre era un justo".
Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho.
Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido.
Llegó entonces un miembro del Consejo, llamado José, hombre recto y justo,
que había disentido con las decisiones y actitudes de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios.
Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús.
Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado.
Era el día de la Preparación, y ya comenzaba el sábado.
Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús siguieron a José, observaron el sepulcro y vieron cómo había sido sepultado.
Después regresaron y prepararon los bálsamos y perfumes, pero el sábado observaron el descanso que prescribía la Ley”.
 

REFLEXIÓN

LA PASIÓN SEGÚN LUCAS: EL EVANGELISTA DEL CICLO C.

Silencio ante Herodes (Lc 23,9)

            Sólo Lucas nos recoge esta escena de la Pasión. Jesús fue llevado de Pilato a Herodes y de Herodes a Pilato. Era un juego de intereses y cobardías. Y resulta que, en el camino del uno y del otro, Jesús les reconcilió, “se hicieron amigos, pues antes estaban enemistados” (23,12).

            Lo que más nos impresiona es el silencio de Jesús. Es un silencio muy elocuente, que se repite a lo largo de la Pasión, pero aquí es aún más significativo. Contrasta con “la palabrería” de Herodes. El rey es vano y superficial, Jesús es digno, auténtico. No quiere ser un bufón de la corte o una estrella para el espectáculo.

            Un silencio lleno de dignidad y profundidad, no sólo en cuanto a palabras, sino en cuanto a signos. Podía haber hablado con señales, pero no quiso comprar su libertad ni con palabras ni con milagros. Hubiera sido como una broma al Espíritu que había recibido.

Consuelo de los que lloran (Lc 23,27-31)

            Lucas recoge las lágrimas de estas buenas mujeres, que son la flor de la ternura, uno de los aspectos más luminosos de la Pasión. Son lágrimas de desconsuelo, lágrimas nada más, lágrimas de mujeres compasivas, pero son un reflejo de la parte sana del pueblo, una manifestación de los pequeños, de los pobres de Yahveh, de los que no tienen fuerza contra el poder, pero que agradan extraordinariamente a Dios. Estas lágrimas son muy valiosas, como las dos monedas de la viuda en el templo, como las lágrimas de todos los pobres y todas las víctimas.

            Para Jesús no pasan inadvertidas. Olvidándose de su situación desesperada, agradece su compasión y las consuela. No lloréis por mí…

Palabras de perdón (Lc 23,34)

                De la cruz otros evangelistas recogen el grito desgarrado del abandono. Lucas tres hermosas palabras, la primera de perdón. Mientras le crucificaban. Cristo está rezando al Padre y suplicando el perdón para sus verdugos, que “no saben lo que hacen”.

            Necesitábamos esta palabra viva. Muchas veces nos había enseñado Jesús que perdonáramos y que amáramos a los enemigos. Nos parecía imposible. Ahora sabemos que sí, que se puede perdonar siempre, que se puede perdonar todo. Jesús es un maestro en el arte del perdón.

Promesas y esperanzas (Lc 23,42-43)

                La segunda palabra recogida por Lucas en la cruz es una gran promesa a una buena persona y a un “buen ladrón”.

            Este hombre tiene una vista extraordinaria, porque es capaz de ver en ese compañero de suplicios al verdadero Rey y Señor. Una fe muy hermosa. Este va a ser la última oveja perdida que Jesús recupera; con ella de la mano, o quizá sobre el hombro, se presentará al Padre.

            El ladrón no se atrevía a pedir más que un recuerdo cuando llegue a su Reino. Jesús le promete eterna compañía y pronta liberación: ya, hoy mismo, cuando el día está acabando, estarás conmigo en el Paraíso, y allí ya no tendrás que robar, te bañarás en la abundancia de Dios.

El grito de la confianza (Lc 23,46)

                Lucas nos explica el sentido del grito de Jesús al expirar. Era un grito de entrega total al Padre: “A tus manos encomiendo mi espíritu”, toda mi vida, en tus manos, Padre. En el momento decisivo de la muerte, un grito de confianza absoluta. La última palabra: Padre. Fue la primera: aquí estoy. Padre. Y es la última: A ti voy. Padre.

            En algún momento de la Pasión y la cruz, Jesús sintió la duda y el abandono total y lo gritó. ¿Dónde estás, Dios mío? ¿Tiene algún sentido todo esto? Ahora al final, vuelve la luz, la paz, la presencia. Ahora sabe que no caerá en el vacío, que la muerte es fecunda. La victoria de la fe, del amor.

ENTRA EN TU INTERIOR

Escándalo y locura.

                Los primeros cristianos lo sabían. Su fe en un Dios crucificado solo podía ser vista como un escándalo y una locura. ¿A quién se le ha ocurrido decir algo tan absurdo y horrendo de Dios? Nunca religión alguna se ha atrevido a confesar algo semejante.

            Ciertamente, lo primero que todos descubrimos en el Crucificado del Gólgota, torturado injustamente hasta la muerte por las autoridades religiosas y el poder político, es la fuerza destructora del mal, la crueldad del odio y el fanatismo de la justicia. Pero ahí precisamente, en esa víctima inocente, los seguidores de Jesús vemos a Dios identificado con todas las víctimas de todos los tiempos.

            Despojado de todo poder dominador, de toda belleza estética, de todo éxito político y toda aureola religiosa, Dios se nos revela, en lo más puro e insondable de su misterio, como amor y solo amor. Por eso padece con nosotros, sufre nuestros sufrimientos y muere nuestra muerte.

            Este Dios crucificado no es el Dios poderoso y controlador, que trata de someter a sus hijos e hijas buscando siempre su gloria y honor. Es un Dios humilde y paciente, que respeta hasta el final nuestra libertad, aunque nosotros abusemos una y otra vez de su amor. Prefiere ser víctima de sus criaturas que verdugo suyo.

            Este Dios crucificado no es tampoco el Dios justiciero, resentido y vengativo que todavía sigue turbando la conciencia de no pocos creyentes. Dios no responde al mal con mal. “En Cristo está Dios, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino reconciliando al mundo consigo” (2 Cor 5,19). Mientras nosotros hablamos de méritos, culpas o derechos adquiridos, Dios nos está acogiendo a todos con su amor insondable y su perdón.

            Este Dios crucificado se revela hoy en todas las víctimas inocentes. Está en la cruz del Calvario y está en todas las cruces donde sufren y mueren los más inocentes: los niños hambrientos y no nacidos, las mujeres maltratadas, los torturados por los verdugos del poder, los explotados por nuestro bienestar, los olvidados por nuestra religión.

            Los cristianos seguimos celebrando al Dios crucificado, para no olvidar nunca el recuerdo de todos los crucificados. Es un escándalo y una locura. Sin embargo, para quienes seguimos a Jesús y creemos en el misterio redentor que se encierra en su muerte, es la fuerza que sostiene nuestra esperanza y nuestra lucha por un mundo más humano.

José Antonio Pagola


ORA EN TU INTERIOR
                Estas realidades no son cosa del pasado. La Pasión y la Pascua se prolongan. Miramos al Cristo del siglo I y al Cristo del siglo XXI. La historia se repite, pero multiplicada por millones. “Masas dolientes y hambrientas a causa de la injusticia humana reclaman la victoria de la vida, la resurrección, la exaltación en el Reino de Dios, que está en marcha”.
            Está en marcha. El triunfo se ha anticipado en Jesucristo, pero no se ha completado. Seguimos, no recordando, sino celebrando y viviendo el drama. Porque sí, “en esperanza fuimos salvados” (Rom 8,24).
 
Expliquemos el Evangelio a los Niños
(La Pasión según San Lucas)
Imágenes proporcionadas por Catholic. net