martes, 15 de septiembre de 2015

20 DE SEPTIEMBRE: XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.



“Quien quiera ser el primero, que sea el último
de todos y el servidor de todos...”
 20 DE SEPTIEMBRE
XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

1ª Lectura: Sabiduría 2,12.17-20
Lo condenaremos a muerte ignominiosa.
Salmo 53: “El Señor sostiene mi vida”
2ª Lectura: Santiago 3,16-4,3
Los que procuran la paz están sembrando paz, y su fruto es la justicia.
PALABRA DEL DÍA
Marcos 9,30-37
“En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no querían que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: -El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará. Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaúm, y, una vez en casa, les preguntó: -¿De qué discutíais por el camino? Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los doce y les dijo: -Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: -El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”.
Versión para América Latina, extraída de la biblia del Pueblo de Dios.
“Al salir de allí atravesaron la Galilea; Jesús no quería que nadie lo supiera,
porque enseñaba y les decía: "El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará".
Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas.
Llegaron a Cafarnaún y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: "¿De qué hablaban en el camino?".
Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande.
Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: "El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos".
Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo:
"El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado".
REFLEXIÓN
            Por segunda vez, Jesús explica a sus discípulos cómo, de acuerdo con lo anunciado por los profetas, conforme leemos en la primera lectura del libro de la sabiduría, tiene que ser entregado en manos de los hombres y morir y resucitar al tercer día. Quiere salir al paso, de una vez, de las falsas expectativas mesiánicas que se habían ido creando interesadamente entre el pueblo y entre sus dirigentes, incluso entre sus discípulos.
            Los discípulos no prestan atención, no escuchan; ellos a lo suyo, a lo que les preocupa más que nada. Desde el principio han ido forjándose una idea demasiado interesada del futuro de Jesús y, viendo sus milagros y escuchando sus palabras y disfrutando de la general buena aceptación del pueblo, ya se veían compartiendo el éxito popular de Jesús. Lo que les importaba era su papel en el triunfo, sacar el mejor partido posible, ocupar los primeros puestos. Algunos parecían ya estar adjudicados como el de Pedro, pero quedaban muchos más. Y de eso discutían, distraídos, cuando Jesús los vuelve a la realidad con una pregunta: ¿de qué hablabais por el camino? Y se quedaron callados, avergonzados, sin saber qué decir. Pero Jesús sí que quiere aclarar las cosas: el que quiere ser el primero de todos, que sea el último de todos, el servidor de todos.
            Lo malo es que, dos mil años después, los nuevos discípulos de Jesús seguimos como los, primeros: sin enterarnos, sin tomar en serio el Evangelio, enfrascados en nuestras cosas, en nuestros intereses, en nuestras pequeñas guerras  y diferencias, en un discutible forcejeo por copar los primeros puestos, títulos, dignidades, prebendas. De nada sirve que Jesús recomiende acoger a los niños, o sea, los débiles; nosotros nos dedicamos a acoger y agasajar a los grandes, a los que mandan, a las altas jerarquías eclesiásticas, civiles, políticas y militares. Ellos representan a Dios. Pero Jesús ha dicho que Él está en los niños, en los débiles, en los que tienen hambre, en los pobres, en los enfermos.
ENTRA EN TU INTERIOR
NO CONFUNDIR A JESÚS CON NADIE
Según el evangelista, Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, los lleva aparte a una montaña, y allí «se transfigura delante de ellos». Son los tres discípulos que, al parecer, ofrecen mayor resistencia a Jesús cuando les habla de su destino doloroso de crucifixión.
Pedro ha intentado incluso quitarle de la cabeza esas ideas absurdas. Los hermanos Santiago y Juan le andan pidiendo los primeros puestos en el reino del Mesías. Ante ellos precisamente se transfigurará Jesús. Lo necesitan más que nadie.
La escena, recreada con diversos recursos simbólicos, es grandiosa. Jesús se les presenta «revestido» de la gloria del mismo Dios. Al mismo tiempo, Elías y Moisés, que según la tradición, han sido arrebatados a la muerte y viven junto a Dios, aparecen conversando con él. Todo invita a intuir la condición divina de Jesús, crucificado por sus adversarios, pero resucitado por Dios.
Pedro reacciona con toda espontaneidad: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» No ha entendido nada. Por una parte, pone a Jesús en el mismo plano y al mismo nivel que a Elías y Moisés: a cada uno su tienda. Por otra parte, se sigue resistiendo a la dureza del camino de Jesús; lo quiere retener en la gloria del Tabor, lejos de la pasión y la cruz del Calvario.

Dios mismo le va a corregir de manera solemne: «Éste es mi Hijo amado». No hay que confundirlo con nadie. «Escuchadle a él», incluso cuando os habla de un camino de cruz, que termina en resurrección.
Sólo Jesús irradia luz. Todos los demás, profetas y maestros, teólogos y jerarcas, doctores y predicadores, tenemos el rostro apagado. No hemos de confundir a nadie con Jesús. Sólo él es el Hijo amado. Su Palabra es la única que hemos de escuchar. Las demás nos han de llevar a él.
Y hemos de escucharla también hoy, cuando nos habla de «cargar la cruz» de estos tiempos. El éxito nos hace daño a los cristianos. Nos ha llevado incluso a pensar que era posible una Iglesia fiel a Jesús y a su proyecto del reino, sin conflictos, sin rechazo y sin cruz. Hoy se nos ofrecen más posibilidades de vivir como cristianos «crucificados». Nos hará bien. Nos ayudará a recuperar nuestra identidad cristiana.
José Antonio Pagola
 ORA EN TU INTERIOR
            Porque esa es la cuestión. Aceptar de una vez que mandar, reinar, gobernar, presidir, dirigir, trabajar… todo es servir. Vivir es servir, o sea, convivir, compartir, comunicar, consensuar, hacer todo y siempre con todos, entre todos, al servicio de todos, buscando el bien de todos, sin partidismos, sin nepotismos, sin discriminaciones, sin chantajes contra nadie, ni ventajas sobre los demás. Todos iguales, todos hermanos en Cristo que dio su vida para que tengamos vida y la tengamos sobrada y feliz.
ORACIÓN
A veces, Señor, la pequeñez de mi ser criatura me parece inadecuada e insuficiente para contener mis grandes deseos. Y hago de todo para acabar con aquellos a quienes advierto como límites a mi necesidad de expandirme, de “sentirme grande”: ser más que los otros, recibir más que los otros, contar más que los otros.
            Tú sales al encuentro de esta prepotente necesidad de sobresalir y me propones ponerla al servicio del amor, haciéndome el último de todos, el siervo de todos, el más pacífico, el más dócil, el más misericordioso, acogedor con todos.
            Envía de lo alto tu Espíritu de sabiduría, para que haga de mi vida una obra de paz.
            No me cansaré de repetir: “El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”.
Expliquemos el Evangelio a los niños.
Imágenes proporcionadas por Catholic.Net

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